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Yūrei: japoneses en México en búsqueda de su identidad

Yūrei: la historia de japoneses en México que buscan su identidad

Por: Karina Feliciano López

En los últimos meses, la presencia de migrantes latinoamericanos se ha vuelto parte de nuestra cotidianidad. Se estima que más de 100,000 migrantes de origen haitiano viven en México, de los cuales al menos 45,000 están en la Ciudad de México; la mayoría de paso y detenidos por trámites que les impiden llegar a Estados Unidos. En su espera intentan habituarse a un espacio donde se mezcla la relativa tranquilidad, el racismo y la violencia institucional que desaloja sus campamentos sin aportar una solución alternativa. Todo esto mientras improvisan un trabajo informal que les permita sobrevivir. 

Si nos vamos más atrás en el tiempo encontramos que los migrantes han acompañado a México desde hace mucho tiempo. Nuestro país ha sido testigo del tránsito de personas de distintas nacionalidades que, por razones diversas, dejan su hogar y se ven obligadas a crear nuevos referentes. En Yūrei (Fantasmas) (2023), el primer largometraje de la directora Sumie García Hirata, se aborda un ejemplo que poco se ha mirado: los migrantes japoneses que se establecieron en el país a principios de los años noventa y cómo sus descendientes continúan en la búsqueda de su identidad desde el silencio de su historia.

Yūrei: cómo sanar una herida invisible

El documental comienza por presentar un término fundamental: “Nikkei”, designado a migrantes japoneses y a sus descendientes, así como su proceso para asumirse como parte de este grupo. También se menciona que pocos japoneses han contado la cómo llegaron y cómo se establecieron en México, por lo que, en su mayoría, la historia de las familias es un misterio al que se accede por medio de personas ajenas, un misterio que duele.

A través de retazos gráficos, como fotografías, grabados japoneses, animaciones y collages, Yūrei gira en torno a la construcción de identidad, tema recurrente en el trabajo de la directora en sus dos anteriores cortometrajes, Relato familiar, (2017) y Los años, (2018). En entrevistas, García Hirata ha contado que el documental arrancó como una extensión de Relato familiar, donde exploró parte de su identidad japonesa y la construcción colectiva de un grupo que, a pesar de haberse establecido hace más de dos décadas en México, considera que sigue siendo invisibilizado. 

Relato familiar nació cuando el abuelo de la directora, Yukio Saeki —quien tiene una tienda de fotografía en la Ciudad de México— le contó historias sobre su llegada a México y de cómo fue sobreviviente de la bomba atómica de Hiroshima. Ese desconocimiento del pasado de su propia familia está presente en los testimonios incluidos en Yūrei, donde la directora se refiere a sus familiares como personas que no pudieron decir la verdad en vida, ya sea para protegerse o porque fueron obligados a guardar silencio. Esto hace al largometraje un trabajo más complejo y logrado, porque extrapola con éxito una anécdota familiar al sentir colectivo de las y los descendientes de migrantes japoneses.

A través de capítulos que dividen lo simbólico, la nostalgia, el quiebre, el secreto y el fantasma, García Hirata nos sumerge en la atmósfera del silencio. Nos acercamos a la historia de la migración japonesa a través de suposiciones e interpretaciones de fotografías, como las denominadas picture bride, grabados que ilustran la guerra y, sobre todo, con los espacios físicos, espacios antes habitados y que ahora permanecen como un cascarón que, aunque dan algunas ideas de lo que pasó ahí, siguen siendo crípticos.

Es así como la estructura del documental nos acerca lentamente a ese misterio mientras nos envuelve en imágenes estéticamente asociadas al arte y a las tradiciones japonesas, imágenes que se mezclan con prácticas mexicanas: una catrina con kimono o un grupo de personas bailando el payaso de rodeo mientras suena ‘Matsumoto Bon Bon’, canción del festival de la ciudad japonesa de Matsumoto. La directora comenta que retratar esta mezcla de elementos fue algo que salió naturalmente, pues es algo con lo que crece la comunidad nikkei. Por ejemplo, comparte que ella vivió en una casa de estética muy japonesa, pero que se encontraba al lado del Mercado de Jamaica, cerca del metro La Viga.

En cuanto a la propuesta en cámara vemos la influencia del cine de Yasujirō Ozu. En Yūrei se sitúa la cámara cerca del piso para mantenernos con una perspectiva teatral con respecto a lo que pasa en pantalla, y utilizando sólo luz natural como propiedad del espacio. Con esta decisión la directora refuerza la idea de la identidad como una puesta en escena y nos recuerda que somos espectadores de esa búsqueda.

Yurei fantasmas documental sumie garcia

Mención aparte merece el elemento de la danza, interpretada en su totalidad por Irene Akiko Iida, bailarina y creadora escénica cuya obra está enfocada en el teatro nikkei. Como elemento que acompaña la narrativa, la danza es el componente con más relevancia, porque ejemplifica la teatralidad de la identidad de la que hablan las y los entrevistados; a medida que el dolor aumenta, también lo hace en ritmo de quien baila. La danza también intenta darnos las respuestas que hacen falta para completar el rompecabezas de la identidad, a través del movimiento y de la construcción colectiva de los símbolos que se transmiten, y que permiten la integración de las prácticas mexicanas a las japonesas. 

Además de la danza, el diseño sonoro y la música, a cargo de Odín Acosta y Josué Collado Frgoso, consolidan la atmósfera de desarraigo. De pertenecer a un lugar que ya no existe y al que tampoco se desea volver. García Hirata explica que la decisión de utilizar sintetizadores responde a evitar clichés con respecto a la música japonesa. Al contrario, se quiso partir de desarmar una pieza para transmitir el paso del tiempo en la película y en el aspecto histórico. El logro es evidente en la atmósfera que rodea a Yūrei, especialmente en las partes que aluden a la guerra, una guerra que no se enuncia más que en la urgencia del sonido y el empate de grabados japoneses de fuegos artificiales.  

Regresando al título, la palabra Yūrei hace referencia a los fantasmas que, según la historia japonesa, tienen un pendiente que no han logrado resolver y, por lo tanto, vagan sin descanso. “Nosotros somos los fantasmas”, expresa Sumie García en un encuentro con medios, además, comparte que hacer esta película significó darse cuenta de que formaba parte de algo más grande que la historia singular de su familia y sorprenderse de las semejanzas de su experiencia con las de descendientes de migrantes japoneses que crecieron en otro punto geográfico, en la frontera sur o norte de México. Es conmovedor aventurar que esa podría ser la respuesta a una de las preguntas con las que cierra el documental: cómo sanar una herida invisible. 

Yūrei termina siendo un documental conmovedor en donde Sumie García expone el secreto de la comunidad nikkei a través de elementos visuales y sonoros que continúan la línea que como artista visual ha explorado a lo largo de su trayectoria: el paisaje, el tiempo y la memoria. La forma en que la directora nos presenta la historia de la migración japonesa permite conectar fácilmente con las experiencias de las voces entrevistadas: trasladarse a un sitio para construir un hogar y perderlo por una decisión tomada por terceras personas; secretos familiares que recaen en lo inhumano; abuelas elegidas de un catálogo, sin decisión sobre su destino, y la búsqueda eterna por completar el panorama del que somos parte por haber nacido ahí, sin elección del pasado.

Al mismo tiempo, es inevitable situarse en el presente y reflexionar qué pasa con las y los migrantes que hemos conocido en los últimos meses, de qué forma está siendo moldeada su identidad y si el paso por México también los está obligando a guardar secretos. Sobre todo, es necesario preguntarse si la historia nacional asumirá la responsabilidad de esas heridas que no se ven, pero se heredan.

Yūrei ya está en cines:

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