Deadpool y Wolverine: un movimiento desesperado para salvar lo perdido
«La historia funciona mejor cuando se enfoca en la relación entre Deadpool y Wolverine, la redención del mutante y el comeback de algunos personajes».
Para evitar que Paradox (Matthew Macfadyen) de la TVA destruya la Tierra-10005, Deadpool (Ryan Reynolds) viaja por el multiverso para encontrar un nuevo Wolverine (Hugh Jackman) que sustituya al fallecido en Logan (2017); sin embargo, termina topándose con “la peor versión” del mutante. Como castigo por la insurrección, Paradox los envía a El Vacío, donde se enfrentarán a Cassandra Nova (Emma Corrin), la psicópata y vengativa mummudrai del Profesor X.
Con la adquisición de Fox, Marvel ya no tenía excusas para explotar sus cartas fuertes. ¿Por qué debemos seguir consumiendo producciones con Miss Marvel como única mutante? La tercera entrega de Deadpool es en realidad un movimiento desesperado para frenar la desilusión del público post-Endgame; crisis corporativa que es referenciada hasta el cansancio desde el inicio, como si el estudio intentara expiar las malas decisiones creativas mediante un auto-roast bastante naif. Disfrazado de “homenaje” a la era-Singer, Deadpool y Wolverine (2024) busca retornar a los momentos más rentables del cine de superhéroes moderno; ya ni siquiera para explotar la nostalgia del público, sino con el objetivo de darle algún sentido al desastre ocasionado por una cadena de producciones intrascendentes.
Si bien algunos críticos la han calificado como simple fanservice, Deadpool y Wolverine tiene una “mesura” notable en el uso de referencias, comenzando por la inteligente decisión de dejar bien muerto al Wolverine de Logan, salvaguardando lo heroico del sacrificio final en la película de James Mangold. A diferencia de otros desafortunados cruces entre universos, como Wanda reventándole patéticamente la cabeza al Black Bolt de Inhumans, la tercera Deadpool evita que las “reapariciones” y cameos se conviertan en chistes grotescos que decepcionen las expectativas de la audiencia. Volvemos al desgastado multiverso de Feige, pero al menos en esta ocasión la clasificación R permite a los guionistas de Zombieland (2009) y al director de Free Guy (2021) jugar con un humor ácido adulto, alejado de la ñoñez inmadura del Waititi-style.
Como colofón de los X-Men de Fox, Deadpool & Wolverine no alcanza lo brillante de Días del futuro pasado (X-Men: Days of Future Past, 2014) o Logan, por poner ejemplos, aunque tampoco es otra desechable bisagra en los planes corporativos de Marvel. La película tiene su propio encanto e ingenio, pese a que la mayor parte se debe a la continuidad de aciertos en las entregas precedentes. La nueva aventura del antihéroe lleva al siguiente nivel la irreverencia de Deadpool 1 y 2, las cuales no eran tan rudas y espectaculares como se esperaba —jamás sucedió el formal cruce con los X-Men principales—, pero al menos lograban mezclar de forma orgánica el humor negro de los cómics con un arco dramático más convencional. Ahora la película de Shawn Levy (director) se desarrolla en un universo más robusto, donde el rol del protagonista llega a tener mayor fuerza y potencial de líder Avenger que las últimas incorporaciones al UCM.
No obstante, Deadpool y Wolverine también arrastra el mismo problema visual que las películas anteriores del estudio: sí, el fallido CGI en momentos climáticos, donde el diseño de los efectos especiales no deberían distraerte de la acción, sobre todo si se trata de una producción multimillonaria. Hay buenas ideas y apreciable visión del cine de superhéroes, pero cuando la trama parece dirigirse hacia algo inesperado, la producción remata con otro de sus lugares comunes: villanos con muerte anticipada, conflictos sin justificación racional y alteraciones radicales a “la biblia” de la franquicia, aunque es más probable que sean “soluciones” de último momento.

La historia funciona mejor cuando se enfoca en la relación entre Deadpool y Wolverine, la redención del mutante y el comeback de algunos personajes; elementos que compensan lo insulso y genérico de la “aventura” en El Vacío de Loki y la innecesaria aparición de Cassandra Nova como “villana de ocasión”, siendo un cascarón argumental que pudo ser protagonizado por cualquier “vengador” en nómina. La pelea en el Honda Odyssey o la secuencia con “los Deadpools” son destacables, básicamente porque reparan el error imperdonable de X-Men Origins: Wolverine (2009) y convierten a las interacciones entre Jackman y Reynolds en el atractivo central de la historia, dejando de lado a la trama multiversal que ya a nadie le interesa.
A pesar de que la huelga del SAG-AFTRA fue la razón que llevó a acortar conexiones con el UCM (había otros planes para la escena postcréditos), es satisfactorio tener un ameno final sin cabos sueltos que anticipen secuelas o preparen el terreno de la próxima Avengers. Aunque se trata de otro engranaje en la máquina, el exitoso crossover nos ofrece algo “diferente”: la posibilidad de tener historias marvelitas menos infantiles, porque la falta de riesgos está llevando a la compañía hacia una nueva debacle. En otras palabras, Deadpool y Wolverine está lejos de ser “la carta de amor” al cine de superhéroes, pero sí es un producto que supera (por mucho) al resto de películas monótonas y prescindibles de las últimas fases.
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