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Todos somos extraños: catártico retorno al hogar perdido

Todos somos extraños: catártico retorno al hogar perdido

A diferencia de las películas previas de Andrew Haigh, con narrativas más convencionales, Todos somos extraños es una sugestiva experiencia que entremezcla realidad y fantasía, donde es imposible diferenciar las pesadillas de un dulce sueño.

Durante un viaje a su natal Dorking para escribir un guion televisivo, el solitario Adam (Andrew Scott) se reencuentra con sus padres (Claire Foy y Jamie Bell), quienes fallecieron cuando él tenía 11 años; experiencia sobrenatural que le permitirá tener algunas  pláticas que quedaron pendientes. Al mismo tiempo, el personaje comienza un romance con su melancólico vecino Harry (Paul Mescal), quien le hará compañía en este viaje metafísico hacia los lugares más nostálgicos de su memoria. 

El cineasta Andrew Haigh vuelve a abordar su visión sobre el poder de los amores pasajeros —ya sean románticos, parentales o fraternales—, cuyo recuerdo suele ser más fantasía y añoranza que realidad. Su díptico Weekend (2011) y 45 años (2015) ya planteaba ese interés autoral por la “relatividad” de los sentimientos, puesto que un flirteo de dos días o un malogrado romance sucedido hace cuatro décadas podían ser más trascendentales que un longevo compromiso matrimonial. A partir de recuerdos imprecisos y un casual encuentro en la puerta de su departamento, el protagonista de Todos somos extraños (All of Us Strangers, 2023) reconstruye dos relaciones que serían imposibles si no fuera por la magia del cine

El filme resulta devastador porque gira en torno a las conversaciones que jamás pudimos tener, debido a una abrupta separación o simple pudor. Obsesionado con una infancia desdibujada por su vacía vida adulta, el personaje de Andrew Scott (alter ego del director) no busca respuestas ni sosiego en el fantasmagórico reencuentro con sus padres: sólo confirmar que alguna vez fue amado por alguien y recuperar la esperanza de encontrar ese mismo afecto en otras personas. 

Todos somos extraños: catártico retorno al hogar perdido
Todos somos extraños (2024)

Haigh adapta una novela de terror japonesa (Strangers, Taichi Yamada), explorando otro escenario más siniestro que lo sobrenatural: la soledad. El realizador británico convierte al protagonista en la representación metafórica de toda una generación de adultos queer, aislados por brechas ideológicas y físicas entre sus padres y los jóvenes como Harry (Mescal); eternos adolescentes que nunca han podido reconciliarse con un pasado marcado por la discriminación, la sombra del VIH y el abandono, incluso cuando eran “aceptados” por sus propias familias. Por tal motivo, Todos somos extraños parece estar suspendida en un indeterminado tiempo de synth pop  y luces neón, abriéndose un portal mágico que le permitió al director filmar en la casa de su infancia (donde vivió antes del divorcio de sus padres), para sanar mediante la ficción algunas heridas emocionales ocasionadas por una niñez complicada, como la de toda persona no heterosexual.

A diferencia de las películas previas del realizador, con narrativas más convencionales, Todos somos extraños es una sugestiva experiencia que entremezcla realidad y fantasía, donde es imposible diferenciar las pesadillas de un dulce sueño. El “viaje de ketamina” al ritmo de Death Of A Party (Blur) es directamente el momento cumbre en la filmografía de Andrew Haigh, porque introduce con un montaje creativo al último momento feliz en la vida de Adam, pero retorcido por la fiebre y la droga. Constantemente, la producción nos adentra a un evocador estado alterado de la realidad, pues todo es intencionalmente difuso, como esa una noche de cruising en la que Adam se reencuentra con su padre o la ambigua presencia de Harry en el edificio.

Dicha opacidad del tiempo y la realidad es un ingenioso juego para explorar la abatida personalidad del protagonista. Parecido a otros cineastas queer contemporáneos que dialogan con sus infancias —como Ira Sachs (Little Men, 2016), Céline Sciamma (Petite maman, 2021) o la misma Charlotte Wells (Aftersun, 2022)—, Andrew Haigh construye para Adam un puente al pasado que lo ayuda a encontrar en papá y mamá parte de su propia identidad, la cual parece estar emborronada y en crisis por las adversidades de una vida adulta muy diferente a las expectativas que sus padres tuvieron; una mirada introspectiva tan catártica para el realizador como para la audiencia. El extraordinario trabajo del elenco hace verosímil la inmersión del espectador en una película donde siempre encontrará conexiones con algún momento del ayer.

Este drama romántico tiene bastantes paralelismos con Weekend, debido a que el personaje de Andrew Scott podría ser una simbólica versión madura de Russell (Tom Cullen), claramente deconstruido por todos los cambios sociales ocurridos durante la última década, como se puede ver en la comparación del uso de la palabra “queer” en ambas películas o la persistente timidez en su sexualidad. Además, nos encontramos con un Haigh más atrevido y grandilocuente en su estilo cinematográfico, el cual viene precedido por la brutal The North Water, serie con algunos momentos de delirio metafísico que conectan con la historia sobrenatural de Adam. Todos somos extraños es una obra brillante y conmovedora por lo auténtico de su narrativa visual y argumental, otra historia de fantasmas que toca fibras sensibles en el espectador, sin siquiera proponérselo.

Todos somos extraños está en cines de México 

Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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