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La sociedad de la nieve: vivir es un asunto humano 

La sociedad de la nieve: vivir es un asunto humano 

La sociedad de la nieve conduce a una lectura sobre la unión en la desgracia y lo valioso de los afectos humanos y fraternos que se despiertan cuando un grupo humano lucha por algo tan básico, pero tan duro, como sobrevivir.

Por: Carlos Carrizales 

Cuando un suceso real pasa por el filtro de la ficción, los momentos de tragedia se convierten en incidentes incitadores que detonan una historia; los días monótonos se convierten en trama y los momentos de luz u oscuridad se transforman en puntos de transición entre actos. La vida se transforma en guion y, con ello, se condensan los temas que atraviesan las acciones, las motivaciones profundas. Juan Antonio Bayona decide retomar una de las tragedias latinoamericanas más sonadas de la historia moderna para, a través de un retrato de sobrevivencia, hablar sobre los límites de la resistencia humana y la fuerza de la convicción ante un escenario aterrador.

La sociedad de la nieve, nueva película del director español que vuelve a un trabajo más personal tras su paso por franquicias como Jurassic Park o la serie de El señor de los anillos, narra en clave de ficción el accidente del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, acontecido el 13 de octubre de 1972, cuando un grupo de jóvenes jugadores de rugby que iban camino a Chile quedaron varados durante más de dos meses en medio de un valle inhóspito de la Cordillera de los Andes. Ante ello se vieron obligados a sobrevivir con poquísimos medios en uno de los lugares más hostiles de planeta, a convivir con sus amigos muertos o heridos y hasta a incurrir en canibalismo ante la falta de comida.  

Esta no es la primera película basada en el hecho. Existen por lo menos dos ficciones previas y un documental que han narrado de distintas formas la tragedia de los jóvenes uruguayos: desde la obra del mexicano René Cardona, Supervivientes de los Andes (1976) o la producción estadounidense Viven (1993), de Frank Marshall. El documental, dirigido por Gonzalo Arijón en 2008, fue el primer audiovisual que reunió a los supervivientes para que contaran su experiencia e incluso inspiró un libro de no ficción escrito por Pablo Vierci a partir de las mismas entrevistas a profundidad. Algo liga al documental y al libro con el filme de Bayona: que tuvieron el mismo título, La sociedad de la nieve y que esta nueva película se basa en el libro de Vierci (aunque sin mencionar al documental de Arijón, mismo que se ha “perdido” del mapa, desplazado por llamarse igual).

Polémicas de títulos aparte, La sociedad de la nieve de Bayona se inclina hacia un relato basado en la supervivencia y el tesón como temáticas principales, dividiéndose entre un par de tonos en cierta medida contradictorios que, por momentos, se diluyen ambiguamente: un tono sentimental que podría confundirse con la problemática idea de ver a los supervivientes como “héroes”, ignorando la dimensión humanística que permitiría considerarlos como víctimas de una situación atroz. El otro tono hace hincapié en la dimensión trágica de la anécdota para acercarnos afectivamente a los dolores, tanto físicos como emocionales, de los protagonistas. 

Afortunadamente, el segundo tono es el que parece imponerse, aunque el primero no se extingue del todo, sobre todo hacia el final, cuando el rescate por fin llega y podemos ver a los personajes en los momentos de más alivio (quizás, debido al tipo de plataforma en que se estrena y a las claves de accesibilidad visual y narrativa que a final de cuentas debe tener el cine comercial de un director instalado ya en las coordenadas industriales, para bien o para mal). Su retrato de la tragedia de los Andes es uno que privilegia la idea de humanidad contra naturaleza, de la fatalidad que supone el abandono en un entorno hostil, haciendo énfasis en los cuerpos secándose, llagándose, humedeciéndose, mientras los afectos y el entramado moral y ético se ponen a prueba. 

La sociedad de la nieve: vivir es un asunto humano 

Su apego a la indiscutible dificultad ligada a la materialidad de la situación es palpable en distintas decisiones: primero, en la dura pero increíble secuencia del choque, que ocurre durante los primeros 20 minutos de película; lo visual, resuelto con cortes rápidos, pero que permanecen lo suficiente como para dejarnos sentir la brutalidad de la agitación, del viento y su velocidad, del movimiento de ojos y los golpes que reciben los cuerpos. El diseño sonoro nos permite escuchar los huesos tronando, los asientos rompiéndose, un tobillo quebrándose, un aire gélido que ensordece a todos y todo. Se nos recuerda todo lo que se rompe en un accidente

También la fotografía acentúa lo material. En distintas ocasiones, las decisiones del cinefotógrafo Pedro Luque se concentran en el paisaje; en las dimensiones colosales de cada montaña, la cobertura de nieve y el frío de la escarcha. Si bien para fines de controlar el lugar de la filmación se decidió reconstruir el valle en el que quedó el avión, los fondos sí se filmaron en la Cordillera de los Andes y se agregaron digitalmente en postproducción. Esta decisión técnica agrega un valor enorme a la propuesta visual, pues nunca escatima la mirada en recorrer el paisaje ni en tocar las fibras del espectador a través de hacerle sentir lo que significa estar ahí. El frío cala en los jóvenes y en nosotros, que miramos. La perspectiva se convierte en condena; se evidencia la pequeñez. Es aterrador cómo toda fantasía de rescate se vuelve desmoralizante ante la visión del valle y su inconmensurabilidad. Un cuerpo humano parece nada en comparación con la montaña más insignificante de esa cordillera

La sociedad de la nieve es también, por necesidad, un retrato coral en donde existe un narrador en off que es uno de los sobrevivientes del choque, pero que no resulta más protagonista que sus compañeros. En este sentido, la película conduce a una lectura sobre la unión en la desgracia y lo valioso de los afectos humanos y fraternos que se despiertan cuando un grupo humano lucha por algo tan básico, pero tan duro, como sobrevivir. Hay oportunidad entonces de que el filme aparezca también como un homenaje a los fallecidos, al poner el nombre completo y la edad de cada uno en distintos momentos del metraje, como una forma de consciencia que intuye que esta historia es, efectivamente, una tragedia que se llevó vidas de por medio. 

La sensibilidad que moviliza Bayona en La sociedad de la nieve logra ser genuina y respetuosa, tanto con los sobrevivientes como con las vidas que se perdieron. Es también un filme interesado por enlazar lo humano con diversos valores y sentires, como la cooperación, el consuelo, la aflicción, la búsqueda, el cuidado, el aprecio y la resiliencia. Hacia el final, tras ver el recorrido de la caída a la búsqueda y, por fin, la salida, parece postularse una idea central: que las personas no dejan de sentir voluntad de supervivencia. Que vivir es un asunto humano. 

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