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No voy a pedirle a nadie que me crea: ¿dónde quedó el humor?

No voy a pedirle a nadie que me crea: ¿dónde quedó el humor?

En vísperas de su viaje a España para realizar un posgrado, Juan Pablo Villalobos (Darío Yazbek Bernal) presencia el asesinato de su primo Lorenzo, quien lo implicó en negocios criminales. Un sádico capo apodado “el licenciado” (Alexis Ayala) obliga al protagonista a viajar con su exnovia Valentina (Natalia Solián) para infiltrarse en el seminario feminista que cursa Laia (Anna Castillo), la hija de un poderoso político ultraconservador.  

No voy a pedirle a nadie que me crea es parte de la campaña Que México Se Vea, una colección de producciones mexicanas distribuidas por Netflix. Es importante recalcar ese dato porque la mitad de títulos son adaptaciones literarias. La película de Fernando Frías de la Parra (director y guionista) es precedida por Temporada de Huracanes (2023) de Elisa Miller, otra traducción al lenguaje cinematográfico con la que comparte características particulares, aunque pertenecen a diferentes equipos creativos. 

En ambos largometrajes se imitan las estructuras narrativas de los libros, dando mayor importancia a los hechos (trama) y no al tema principal. En Temporada de Huracanes respetaron la “omnipresencia” de La Bruja a tal límite que la convirtieron en un rol incidental, cuando el texto de Fernanda Melchor pedía a gritos un filme desde la perspectiva de dicho personaje. En el caso de No voy a pedirle a nadie que me crea el elemento perdido fue su discurso mordaz sobre el humor en nuestros días

Un personaje menciona en la novela: “si no hay predisposición ideológica, sería una parodia vacía”, y justamente en eso se convirtió esta adaptación. Los guionistas (María Camila Arias y el propio Frías) realizaron una síntesis de eventos importantes en el libro, pero sin depurar aquellos exclusivamente funcionales en el papel. En otras palabras, no hay una interpretación y apropiación del humor negro de Juan Pablo Villalobos (el real), pues los diálogos y monólogos son convertidos en remates cómicos sin motivo contundente para ser enunciados, perdiendo toda relevancia argumentativa. Hay instantes (como el cameo de Nacho Vigalondo o la visita al veterinario) en los que parece que sucederá algo disruptivo, pero sólo se quedan en meros intentos sin concluir.

No voy a pedirle a nadie que me crea: ¿dónde quedó el humor?
No voy a pedirle a nadie que me crea (2023)

A veces el filme aparenta ser trascendental como El ladrón de orquídeas (Spike Jonze, 2002), pero después se malogra en un deslucido thriller paródico sin pies ni cabeza, eso sí, muy fiel al material de origen. Sólo en su experimental prólogo Frías logra convertir en imágenes la esencia de Villalobos; un arrebato de irreverencia sugestiva que (lamentablemente) apenas dura unos cuantos segundos. Después del título incluido en una película pornográfica todo se vuelve gris y convencional. En consecuencia, el violento final (que pudo ser modificado) resulta un anticlimático balde de agua fría y no el inevitable y lógico cierre a una cadena de desafortunados eventos, como sí sucede en el texto. 

Es posible que el talento de Fernando Frías no sea la mejor elección para este proyecto, porque la estética, los movimientos de cámara y el montaje se sienten demasiado tradicionales y estáticos para la viva y vertiginosa prosa de Villalobos. El suspenso es bastante irregular, debido a distracciones dramáticas que no llegan a ningún lugar en términos cinematográficos. Por ejemplo, la participación de Valentina en el plan del licenciado: logrado “el objetivo” con Laia ocurre una elipsis que deja fuera de la intriga criminal a la protagonista. Repito, en el libro hay tinta que lo sustente, pero en el filme es un burdo brinco temporal justificado por el respeto a la novela

Por otro lado, algo positivo es que a Fernando Frías le vienen bien algunos temas cercanos a su filmografía, ya sea la xenofobia o el racismo. La perspectiva del director es nuevamente incisiva con la hostilidad del primer mundo contra los migrantes, en timming perfecto con el trending “España no es racista, pero…”. Similar a su obra maestra (Ya no estoy aquí, 2019), Frías convierte a No voy a pedirle a nadie que me crea en una oportunidad para mostrar que incluso el trato más cordial viene acompañado de sutiles rastros de odio y discriminación.

El realizador es muy bueno a la hora de construir momentos tensos entre grupos socialmente opuestos, como lo ejemplifica la escena de las feministas contra Juan Pablo Villalobos (el ficticio). En esos instantes la película es más convincente y no cuando pretende ser elevada comedia negra o thriller. 

Es un hecho que No voy a pedirle a nadie que me crea tendrá su público fiel, pues la obra posee excelentes valores de producción. Pese a que el resultado final es débil en su argumento (con Darío Yazbek atrapado en la sobreactuación de La Casa de las Flores), no deja de ser algo diferente que enriquece al excelente año de estrenos mexicanos. El largometraje es entretenido y sofisticado, aunque su único logro real es resumir a rajatabla una extraordinaria novela, dejando fuera el discurso entrelíneas que la hace imprescindible en nuestros libreros.

Ya puedes ver No voy a pedirle a nadie que me crea en Netflix 

Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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