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Fauna: la imaginación y sus divagaciones errantes

Fauna nicolas pereda

Por: Eduardo Carrasco Díaz (@drfarabeuf)

En una carretera árida de México dos actores, Luisa y Gabino buscan una dirección. En su transitar hay contrasentidos. Su lugar de destino se bifurca, no aparece. De esta manera comienza Fauna, el largometraje más reciente del cineasta mexicano Nicolás Pereda, quien presenta una pieza audiovisual que nos lleva a explorar los puntos de encuentro que hay entre la realidad y la imaginación.

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Para plantear esa tesis, el director crea una obra lúdica que navega por dualidades. Lo real y lo imaginario aparecen de forma simbólica, y ambos términos son el anclaje que alimenta el argumento de la película, la cual muestra una reunión familiar que con el paso del tiempo sufre diferentes metamorfosis gracias a los distintos ámbitos de ficción/verosimilitud que cohabitan en sus personajes.

Dicha lógica de realidad y ficción también se reproduce en la idea de dualidad de la estructura de la película;  hay dos actos que se pueden identificar de forma clara. El primero comienza con la llegada de Luisa a la casa de sus padres, y el segundo arranca con la plática matutina de Paco con su hermana, cuando él le narra la historia de un libro.

Con respecto a su hechura, Fauna es una película simple. Su puesta en cámara no pretende agobiar, aunque todo el tiempo juegue con las certezas de su público, que no sabe cuáles son las fronteras exactas entre los papeles que representan los protagonistas. Se puede decir que la cualidad del largometraje es su nula realización de transiciones abruptas. El espectador no se siente incómodo con el blanco móvil que significan los actores, sus acciones o la narrativa dentro del filme.

Incluso sucede un efecto contrario; el observador se vuelve cómplice y nota el extraño placer de ver narrada una ficción. Así como Sherezada en los cuentos de Las mil y una noches, Pereda parece mostrarnos las ventajas de narrar historias con imágenes para romper la realidad, para representarla de otra manera.

Con Fauna, su realizador no quiere tocar los límites de la imagen o las fronteras del lenguaje cinematográfico, quizá porque sabe que el cine y sus variaciones sobre un tema son infinitos. No obstante, sí podemos ver cómo la película transita con gran arrojo narrativo para mostrarnos las errancias placenteras por las que se puede perder la imaginación al momento de crear una historia.

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Fauna

La violencia interiorizada como herramienta de la imaginación

También habría que decir que para este realizador mexicano-canadiense, imaginar tiene una dimensión contextual. En su película señala cómo nuestras ficciones se infectan de los lugares que habitamos y las experiencias que vivimos. Por eso no resulta gratuito ver a los protagonistas del largometraje crear historias a partir de una realidad, en donde las estructuras de violencia parecen tenerlos atrapados.

Inserta en el contexto del narcotráfico, Fauna también revela el proceso de interiorización de la barbarie que, durante más de una década, se adherido en el inconsciente colectivo de México. De hecho, en el filme somos testigos de diversas situaciones incómodas que muestran la violencia simbólica que los individuos ejercen sobre otros. Por ejemplo, cuando Gabino—el novio de Luisa— sufre la dureza de su suegro, quien le juega una pequeña estafa por un paquete de cigarrillos. El joven es tratado de forma áspera por el simple hecho de actuar y comportarse distinto a los lugareños del pueblo.

Esos mismos conflictos entre los personajes crecen con el desarrollo de la trama, hasta mostrarnos la ficción del individuo que busca a un personaje muy poderoso de la localidad. Desde esa perspectiva, Nicolás Pereda deja en claro que la violencia modula las narrativas que creamos, ya que el conflicto es el espacio en donde actualmente se configuran nuestras representaciones de la realidad.

Mucho se ha discutido en la esfera pública si no se romantiza demasiado la figura del narcotraficante con las series que abarrotan el mercado audiovisual en este mundo contemporáneo. Algunos consideran que enaltecer demasiado a personajes criminales no resulta nada benéfico. Otros esgrimen el argumento de que estas historias son necesarias porque muestran cómo el tejido social se ha descompuesto y ha derivado en un contexto tan dramático como el que vive nuestro país.

Ante tal controversia, Nicolás Pereda opta por revelar, indirectamente, una situación poco explorada acerca de este tema. Él indaga sobre cómo el ciudadano de a pie interioriza el narcotráfico. Lo interesante aquí es que nos muestra el mundo de las fantasías y deseos que es donde también la narcocultura se aloja, teje su red de significados.

Esto se puede ver cuando el papá de Luisa, en una actitud terca, casi obsesiva, obliga a su yerno a representar el papel que realizó en la serie “famosa” de narcos en la que participó. La escena tiene como escenario el billar del pueblo. Gabino, quien ante tanta insistencia accede a la petición, no logra nunca convencer a su suegro, ni a su cuñado, de que en realidad un simple gesto fue lo que actuó en dicha serie. De hecho, el papá de Luisa no encuentra materializado su deseo en la actuación de su yerno, es por eso que lo mira con desdén e incluso lo considera egoísta.

En esa secuencia, Pereda deja ver cómo la necedad del suegro de Gabino por querer ver “algo más” es la manera como los individuos le transferimos nuestras fantasías a los otros para ver materializadas las ficciones que hemos creado para sobrevivir en esta realidad tan dura que no deja de ser incomoda por su violencia cotidiana.

Ve aquí el trailer de Fauna 

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