Mank: anécdotas en la vida de un hombre

¿Cómo es que se mide el legado de alguien? Podríamos seguir diciendo que buena parte de esa memoria recae en lo que esa persona deja para la humanidad, para la posteridad. Que haya logrado un cambio en su entorno o un recuerdo significativo en los suyos o en extraños, quizá, sin saberlo.

De acuerdo a diferentes historias y reportes, Herman J. Mankiewicz sabía y se expresaba abiertamente sobre sus aptitudes, las cuales devinieron en un legado que, aun escrito en piedra, está extrañamente oscurecido no sólo en la historia del cine, sino en la historia en general con hache mayúscula.

¿Por qué se mantiene opaca la figura del tipo que escribió en El ciudadano Kane (Orson Welles, 1941) una de las películas más referidas y reconocidas de todos los tiempos? Puede haber muchas razones, entre ellas la personalidad y los enemigos que “Mank” se creó a sí mismo. Sin embargo, con todo y todo, su nombre tal vez debería ser más identificable.

Durante los años 90, Jack Fincher escribió un guion con intenciones de ser filmado en la última parte de la década, pero nunca pudo concretar su proyecto, quedando en manos de su hijo para realizarse en 2019. Así se originó Mank (2020), undécimo largometraje a cargo de David Fincher.

Quizá con miras a una reivindicación que surge desde la admiración, aquí se cuenta sobre el poco conocido crítico y escritor; desde sus (muy) documentados problemas con el alcohol hasta sus constantes pugnas con las cabezas de los poderes fácticos estadounidenses. Y, según la campaña publicitaria, sobre los roces entre el estelarista y el mítico Orson Welles por el control creativo y la producción en general. Según.

Se podría considerar que la película se divide en varios bloques, incluso se llega a identificar cuando ocurre un cambio de segmento mediante las deliberadamente anticuadas transiciones que se emplean. Por momentos vemos a Mank (Gary Oldman) simplemente interactuando en el alucinante y absurdo entorno de los estudios, luego peleándose con algún poderoso, después tratando de escribir algo para su libreto y recibiendo elogios por él. Es decir, vemos una desordenada exposición de las múltiples facetas de un hombre peculiarmente ingenioso y problemático, cualidades comúnmente dichas para explicar a los genios. Curiosa e irónicamente, es la estructura dramática la que puede citarse como el mayor desperfecto de este relato sobre… un guionista, pues lejos de seguir, en todo caso, una estructura con cierto orden y propósito, se exponen una variedad de anécdotas alargadas para ilustrar el extraño encanto del personaje: desde sus convicciones políticas hasta sus conflictos internos con el egocentrismo y la bebida.

Sé que es inútil pensar en eso, pero no me hace mucho sentido que el hilo con Orson Welles quedara tan a la deriva y desaprovechado. Digo, para los interesados hay mucho material y referencias para documentarse sobre una de las peleas más conocidas del Hollywood clásico; pero, probablemente ya teniendo la intención de mostrarlo y con tanta información y múltiples ópticas alrededor del tema, todo se reduce a unas cuantas escenas y un pico que, sí, es uno de los puntos altos en el desarrollo, pero no hay mucho más que un Welles renuente a dar el crédito correspondiente y un Mank apenas con conciencia para poder defenderlo.

Contrario al esquema del guion (insisto en la ironía de esto), es en la dirección de actores donde encontramos una de las virtudes más grandes de Mank. A lo largo de su carrera ha quedado muy notoria la capacidad de David Fincher de elevar (o inyectar por lo que dure el rodaje) las capacidades histriónicas de su elenco, y esta película no es la excepción. Gary Oldman no necesitaba ningún fortalecimiento de sus dotes actorales, pero está impresionante en el papel de Herman Mankiewicz. Toma dominio completo de todas las escenas no sólo con sus líneas, sino con las sutilezas en sus gestos y expresiones ligeras, así como con el tono de voz y el acento necesario para el rol. Esta puede ser la mejor interpretación que se haya visto en un largometraje de Fincher.

Al referir a aquellos que necesitaban una ayudadita, es momento de reconocer el gran tono que alcanza Amanda Seyfried para hacer de Marion Davies, amante de William Randolph Hearst, y figura claroscura en el panorama de las pictures de ese momento. Vaya, hasta Lily Collins, quien obviamente no es ninguna Mary Pickford, está en rango. Bien por ella.

El trabajo de producción es otra de las notas altas del filme, particularmente el departamento de sonido y el montaje; ambos alcanzan momentos de brillantez absoluta en algunas escenas que conjugan instantes extraordinarios, algunos con clara y congruente intención de emular las formas de El ciudadano Kane. Toda la configuración técnica está puesta para imitar las sensaciones de un metraje de esa época y se consigue con creces, pero ese aspecto nunca ha faltado en la obra de este director.

Mank resulta una historia oportuna para poner sobre el ojo público a una figura que, por lo menos, debería resultar familiar al enunciar el apodo de uno de los mayores creadores literarios para el cine. Aunque no parezca, hay un antes y un después de ese guion y, al menos, eso debería tenerse a la vista. Sin embargo, es un homenaje que no consigue llegar a la lucidez de su materia de inspiración. Digo, tal vez eso era imposible, pero había de dónde sacar más que una extendida conversación de bar llevada a la pantalla que, sí, llega a grandes momentos, pero sigue siendo más una ocurrencia que una épica.

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