Mulán: primer live action sin nostalgia millennial

 Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz) 

Desde niña, Mulán (Liu Yifei) posee un poderoso qì (“chi”), el cual no puede desarrollar plenamente por el rol de las mujeres en la sociedad. Cuando el patriarca es llamado por el ejército, la chica decide ocupar su lugar e ir al campo de batalla. Con identidad masculina, Mulán ingresa al campamento de entrenamiento militar, donde se prepara una brigada que defenderá a China de la invasión comandada por la “bruja” Xianniang (Gong Li).

Junto a Pocahontas (1995), El Jorobado de Notre Dame (1996) y Hércules (1997), Mulán (1998) pertenece a una etapa en la que Disney recurría sin clemencia a licencias históricas, ocasionando retorcidos discursos difíciles de asimilar; una cosa era cambiar el final trágico de un cuento de hadas y otra modificar por completo la mitología enseñada en las aulas escolares. Esa alteración a las narrativas clásicas ocasionó poco a poco el desapego infantil, hasta la posterior incursión de Pixar con ideas “originales”. Al concebir a los live action un arma de marketing nostálgico, poco se podía rescatar del viejo material animado.

La nueva producción de Disney apela más al entretenimiento evocativo, que bien podría estar dirigido por Zhang Yimou o Hou Hsiao-Hsien, al margen de los límites permitidos por el antecedente animado. Es comprensible la dividida recepción, pues visualmente se deslinda de aquellos elementos humorísticos y fantásticos que llevaron al título a ser calificado de xenófobo en 1998, debido a la racialización cómica del dragón Mushu y otros personajes, favorablemente borrados en esta nueva versión. Omitiendo la comedia sobre la suplantación “travesti” (término usado en la caricatura), la nueva Mulán reduce la trama al descubrimiento del qì y sus alcances.  

La inclusión de “la bruja” (Gong Li) da dualidad al relato, el cual plantea un debate ético entre ser fiel a un imperio que las marginaliza o convertirse en aliadas del oponente. Como sucedía con la desobediente protagonista de La Asesina (Hou Hsiao-Hsien, 2015), Mulán desafía el curso lógico del destino trágico al reclamar su estatus de guerrera. Al entender los actuales tiempos, los guionistas restaron importancia al “reveal” de identidad  y sus ambigüedades (incluyendo la heteroflexibilidad del Capitán Shang), dando prisa a la aceptación por parte del regimiento. Tal celeridad en la solución del conflicto da más minutos a las coreografías marciales y la lucha interna sobre la honestidad.   

El cine de artes marciales es la principal referencia estética, pues la atmósfera (relajada en espectacularidad) es más minimalista, siendo las rutinas coreográficas el elemento estelar. Cuando Niki Caro (directora) y Mandy Walker (directora de fotografía) hablan de “realismo cinematográfico” se refieren al canon chino del género, con el mínimo empleo de pantalla verde y en el cual los combates en el aire son más usuales que un dragón parlanchín; lo anterior también es una decisión corporativa para conciliar al personaje con el mercado asiático. Mas el intento resulta algo cuestionable, debido a la poca familiaridad de la directora con las producciones chinas, motivo que roza en la apropiación cultural (similar al caso de Guy Ritchie); además, se suma el reciente boicot por el agradecimiento a las autoridades de Xinjiang. A falta de Ang Lee, quien rechazó el proyecto en 2016, la participación del productor William Kong (El tigre y el dragón) es el elemento más significativo en la conformación de esta nueva dirección de la empresa para capturar al mercado chinoamericano (anticipando la aparición de Shang-Chi en el UCM).

En general, la película tiene trabas en la continuidad de secuencias. El más evidente es la escena del alud. ¿Cómo cruzó Mulán la barrera de guerreros? ¿Por qué los enemigos tiran el proyectil contra las montañas, teniendo antes tan buena puntería? A nivel argumental, al corte final se colaron recursos dramáticos innecesarios, como la venganza del jefe invasor a la muerte de sus padres, justificación psicológica que el secundario personaje no requería. También, la relación padre e hija es bastante irregular; si bien la voz en off introductoria anticipa una profundidad emotiva, el patriarca es reducido a un mero pretexto narrativo ocasional. Todos los fallos se deben al nexo argumental con el filme animado, el cual impuso limitantes en pro de un mínimo vínculo al clásico de los noventas.

La poca trascendencia de Mulán en la historia de Disney facilitó a la major implementar una nueva dirección en su revisión de clásicos animados; no obstante ¿este revival de las artes marciales es la mejor opción para llegar a las nuevas generaciones? Por el momento, el resultado final no defrauda como entretenimiento, pero sí carece de la esencia folclórica de sus referentes; es una occidentalización deslucida del género, como en su momento lo fue el Bollywood “cool” de Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2009) para India. Lo más rescatable: el minimalismo en la puesta en escena, la ausencia de escenas “calcadas” de la animación y la presencia de (LA GRAN) Gong Li como figura estelar del relato. El desenlace parece abrir las puertas de par en par a una secuela, la cual —sin compromisos de adaptación— podría desplegar una historia más compleja y sin los agujeros argumentales que restan impacto a este notable live action. 

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