First Cow: el sueño americano jamás existió

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Durante el viaje al Fuerte Tillikum, Otis “Cookie” Figowit (John Magaro) ayuda a King-Lu (Orion Lee) en su huída de unos matones rusos; más tarde se reencuentran y deciden hacerse compañía. “Cookie” desea hornear galletas, y para ello roban leche de la vaca del Jefe Factor (Toby Jones), la primera en la región. A King-Lu le parece un producto rentable y comienzan a vender los panquecitos en el mercado del fuerte.

En El tesoro de Sierra Madre (John Huston, 1948), el personaje de Walter Huston dice: “no he conocido a un cateador que haya muerto rico; si halla una fortuna, la malgasta intentando encontrar otra”, pues estirar el hilo de la buena providencia significa convertir a la suerte en maldición. De esa forma, los protagonistas de First Cow (2019) se embriagan con la idea y una mayor prosperidad, y terminan malgastando todas las oportunidades de huir con una pequeña fortuna antes de la catástrofe.

Después del prólogo sabemos que todo terminará mal, mas la película no se reduce a una simple historia de ambiciones rotas; el minimalismo enmarca la tierna bonanza fallida de dos forasteros con luchas solitarias en la “América” agreste del siglo XIX. La visión narrativa de Kelly Reichardt siempre ha sido humana como pocas, por lo que la odisea mercantil de sus protagonistas viene acompañada de una hermosa fábula sobre amistad, confianza y la necesidad de arraigo a un hogar.

Adaptación libre de la novela The Half-Life del guionista Jonathan Raymond, First Cow es un pequeño cuento edificante sobre la falsa meritocracia en el primitivo Estados Unidos, cuando grandes empresas (vigentes hasta nuestros días) nacieron. El filme nos deja claro que no basta talento y buena voluntad para triunfar. Más pesimista que en Old Joy (2006) y Wendy and Lucy (2008), Oregon sirve de escenario a una microsociedad en perpetua decadencia, donde las almas bien intencionadas son devoradas por un sistema basado en desconfianza, discriminación y amor al dinero.

Al parecer, en la novela había un explícito subtexto sobre los primeros mecanismos de la economía capitalista y sus repercusiones en el presente. Sin embargo, la directora lo redujo con el objetivo de remarcar el racismo que excluye a los “no americanos” del escenario emprendedor; depuración temporal y argumental que benefició a la síntesis de tópicos en el guion (con pocos diálogos, pero muy concluyentes). “La vaca tiene mejor crianza que yo”, menciona King-Lu, valorando su propio estatus social por debajo de un animal; referencia indirecta a la actual condición de la comunidad sinoestadounidense u otras racializadas en Estados Unidos. Cookie y King-Lu no rompen más leyes que los anteriores colonos, pero su condición de outsiders los lleva a ser perseguidos. Como sucedía en The Nightingale (Jennifer Kent, 2018) –película de abordaje similar–, los pasteleros llegan hasta las últimas consecuencias en el reclamo de su derecho a competir bajo las mismas reglas comerciales del blanco privilegiado.

Kelly Reichardt llama a su cine “narrativa de pequeños trazos”, adecuados a los escasos presupuestos de producción; básicas anécdotas pulidas hasta conformar ideas universales emotivas. El minimalismo y la reciente fascinación estadounidense por el folclore de Robert Eggers le han dado a esta película impulso comercial en el mercado online. Afín al tono western de Meek’s Cutoff (2010) –apreciada por la prensa europea–, First Cow da visibilidad a personajes secundarios que no serían protagonistas en el cine; de hecho, la trama pareciera formar parte de una historia mayor no contada, donde el capitán (Scott Shepherd) o los tramperos contratistas de Cookie son los héroes. Eso da mayor fuerza al relato, porque el desenlace magnifica la injusticia contra los inofensivos “ladrones de leche”, algo que no debería ocurrir en la actualidad progresista, pero continúa sucediendo.

Lo más tierno del metraje es aportado por los actores principales, quienes nos brindan dos profundas interpretaciones. Raymond y Reichardt escriben a dos entrañables pioneros, con sutiles pinceladas psicológicas. La orfandad de Cookie y el colmillo mercantil de King-Lu se contraponen, para hacernos dudar sobre la lealtad del segundo, convirtiendo al desenlace en un hermoso acto de amistad. Por otro lado, también tenemos el tema gastronómico (a la altura de un Gabriel Axel), dando realce a los artesanales métodos de cocina rudimentaria. En conjunto, estos elementos integran una atmósfera bucólica dotada de particular encanto. La directora vuelve a elevar la vara de su propio estilo, demostrando que una buena historia no requiere de complejas estructuras narrativas, sino de sensibilidad poética suficiente para encontrar la belleza en el salvaje mundo.

La película inaugurará el Festival Black Canvas 2020 el 1 de octubre. 

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