The Nightingale: exterminio y canciones

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Tasmania, siglo XIX. En una colonia británica vive Clare (Aisling Franciosi), una convicta irlandesa, con su esposo e hijo recién nacido. Después del aberrante asesinato de su familia, la joven emprende un viaje para vengarse del culpable: el teniente británico Hawkins (Sam Claflin). En la travesía será ayudada por Billy (Baykali Ganambarr), miembro de una comunidad aborigen que fue exterminada por los invasores durante la Guerra Negra.

La película no puede un arranque más crudo. Tras un doble asesinato, parece desvariar en un thriller de venganza sin rumbo fijo hasta que, sin darnos cuenta, se nos desvela un relato mayor sobre el exterminio, la resistencia y la identidad. La directora Jennifer Kent se arriesga al conjugar la violencia de género y el racismo (sin que un tema opaque al otro). Para eso, construye una trama feroz –que recuerda a los mejores dramas antibelicistas de la década pasada– adentrándose a los escenarios más macabros de la naturaleza humana.

Kent regresa al corazón temático de The Babadook (2014): el eterno duelo sin resignación. Es interesante cómo aborda las experiencias traumáticas en el terreno onírico; en ambas películas deforma los recuerdos hasta transformarlos en el origen mismo de la pesadilla (fantasmagóricas visiones de los amores fallecidos). El dolor se materializa y se convierte en una aciaga atmósfera autodestructiva. La película está inscrita en el rumbo de los grandes “perversos” contemporáneos: como Jordan Peele, Robert Eggers o Ari Aster, Kent construye “cuentos siniestros” que superan la frontera del género, para encontrar paralelismos entre los horrores de la ficción y la injusta actualidad.

The Nightingale es una combinación orgánica entre la visión particular de Kent y las voces de los vencidos. La realizadora se apoyó en la asesoría de un consultor “aborigen” (sic) que la ayudó (junto con el actor Baykali Ganambarr) a construir los diálogos en palawa kani y letras de las canciones de Billy. El resultado es un funesto relato de exterminio y violaciones a la altura de los maestros soviéticos* (expertos en destruir emocionalmente al espectador con momentos shockeantes).

La visión de Kent no tiene concesiones, es pesimista y oscura. La historia colonialista es narrada como una película de terror. Primero presenta a un villano absoluto (el teniente Hawkins) y al finalizar la película, se nos muestra a toda una aldea enfebrecida por el racismo y el odio contra las comunidades aborígenes. Similar al cine irlandés más radical, la película mira a los (colonos) británicos como monstruos genocidas natos: en la trama, un niño es incapaz de disparar a un soldado violador, pero no duda en apuntar a un nativo. Igual que en 12 años de esclavitud (2013) y similares, la extrema violencia dosificada tiene el objetivo de mostrar al público una historia de “salvación”, donde personajes que lo han perdido todo encuentran “la luz en la oscuridad” (en palabras de Kent).   

En un primer visionado, la película puede parecer simple e inconexa, pero después de contemplar la totalidad de la obra se descubre una gran historia sobre la redención mediante el amor (lo mismo sucede con The Babadook). La dificultad para asimilar la trama (principalmente, en el último tramo de película) se debe a que la directora omitió los clichés en las películas de venganza femenina –ya saben, I spit on your grave (1978) y derivados–. Para lograr el objetivo, consultó a especialistas en psicología e investigó reacciones comunes en víctimas de violación (he ahí lo frío de la confrontación final).

El largometraje tiene una meticulosa atención al detalle a nivel emocional. El tono melancólico no es tremendista (Lars von Trier) ni melodramático (Xavier Dolan) y proviene de lugares inesperados e inexplicables (como una canción o una masacre). Es muy temprano, por lo corta de la filmografía, pero su segunda película da luces del elevado universo fílmico que Jennifer Kent nos puede ofrecer en el futuro: humano, descarnado y, extrañamente, esperanzador.

En logros técnicos, el gran fuerte de la película es su cinematografía en exteriores. Como Jane Campion o Werner Herzog, la directora confronta a sus personajes con la naturaleza inhóspita, en una sincronía de las emociones y el paisaje (en un viaje sin retorno hacia la locura). Escena tras escena, se va construyendo un insano camino al infierno en la tierra, que culmina con un final poético inmejorable.

A pesar de su magistral nivel lírico y evocativo, The Nightingale fue ninguneada tras su paso por Venecia; algo positivo, ya que los espectadores que la descubren online están teniendo experiencias libres de prejuicios valorativos (checar las opiniones de usuarios en Twitter). La próxima película de la directora será la adaptación de la novela Alice + Freda Forever, un thriller criminal que se encuentra en stand by desde 2015. Seguramente, Kent nos volverá a entregar otra brutal narración sobre el amor y la compasión en tiempos violentos.

* Nota: en una entrevista para Vanity Fair, la directora afirmó que uno de sus principales referentes fue Ven y mira (1985) de Elem Klímov. 

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