Hater: las personas detrás de los bots

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Tras ser expulsado de la Facultad de Derecho por plagio, Tomasz (Maciej Musialowski) encuentra trabajo en la agencia de Beata Santorska (Agata Kulesza, retomando su personaje de Suicide Room), especializada en marketing negativo mediante granjas de bots. Después de un rápido ascenso, consigue dirigir la campaña de desprestigio contra el candidato progresista Pawel Rudnicki (Maciej Stuhr). Lo anterior le permitirá stalkear a la familia Krasucki, sus adinerados benefactores y amigos del político, quienes detestan a Tomasz.

En Parásitos (Bong Joon-ho, 2019), la reacción clasista de un personaje al “olor de la pobreza” despertó el arranque de furia más icónico de los últimos años. Aunque la película ha sido valorada como dramedia negra sobre la lucha de clases, el calificativo más apropiado lo dio Bob Pop (en su programa Si Sí o Si No), quien la considera “picaresca” surcoreana. Hater (2020) –la nueva entrega dirigida por Jan Komasa– se encuentra en esa misma línea, pues la amoralidad es una nube que envuelve a todos los personajes. Aunque el ascenso social es importante para el antihéroe protagonista, no lo es tanto como la exigencia de respeto, aceptación y ternura negada por su familia adoptiva.

Lo más llamativo de la película es el pesimista panorama político de Komasa y Mateusz Pacewicz (guionista). Si bien la representación de la derecha es siniestra (como sólo puede retratarse al conservadurismo), la oposición no se salva de la crítica al falso progresismo de sus líderes. La familia Krasucki personifica la doble moral del izquierdismo intelectual en cualquier parte del mundo: personas privilegiadas y poderosas que apoyan a los partidos demócratas con vehemencia, mas no abandonan su jerarquía social y reproducen discursos clasistas “de puertas para adentro”; incluso, el candidato liberal Rudnicki decide ocultar su homosexualidad para ganar las elecciones. Aunque la prensa ha percibido a Tomasz como un malvado personaje, cínicamente manipulador, dicho resentimiento no es gratuito, ya que es consecuencia del evidente rechazo de sus “humanistas” benefactores. La humillación durante la cena inicial es sólo el final de varios desprecios y pasivas agresiones soportadas por el protagonista.

Según el director, algo no explícito es que ambos candidatos (Rudnicki y Szozda) contrataron a la misma agencia de marketing para llevar sus campañas de  desprestigio; la diferencia es el odio sádico de Tomasz al servicio de Szozda. Komasa explica que intentó evadir el resentimiento simplista del Joker (Todd Phillips, 2019), furioso por su marginalidad. Tomasz es un ser egocentrista apolítico por convicción, con un vacío afectivo que elimina sus escrúpulos; parecido al camarógrafo de Primicia mortal (Dan Gilroy, 2014), donde la amoralidad le permitía encontrar soluciones “fuera de la caja” sin el mínimo remordimiento. Como en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) –de acuerdo con el director, principal referente–, el rencor acumulado de Tomasz no busca una reivindicación social, es venganza pura, alimentada por el desaire amoroso de Gabi (Vanessa Aleksander), la hija de los Krasucki.

Sobre el marketing, aborda las consecuencias de las campañas negativas y fake news. Actualmente, las redes sociales permiten diferenciar a los usuarios de extrema derecha e izquierda, pero los indecisos quedan a merced de la “puja” más alta. El negocio de Beata es el perfecto ejemplo de cómo funcionan las agencias de marketing digital sin lineamientos éticos, con las cuales interactuamos diario a través de sus hordas de bots. A nivel organizacional, la película también pone en duda la legalidad e integridad de las “estructuras funcionales” (tipo start up), ya que la falta de cabezas jerárquicas ocasiona la humillación laboral normalizada. En dichas “empresas”, la única meritocracia es el ascenso rapaz de Tomasz, lleno de comportamientos inhumanos disfrazados de networking y proactividad.

A diferencia de Corpus Christi (2019), Hater es un largometraje menos local, pues su atmósfera simula a la élite neoyorkina, filmada con una fotografía –cortesía de Radek Ladczuk, el de The Babadook– que recuerda al David Fincher de Perdida (2014). Poco tiene que ver con Suicide Room (2011) –más allá del tópico digital y la inclusión del personaje de Agata Kulesza– e incluso supera a su antecesora, la cual se regodeaba en el moralismo tremendista. Hater es más compleja en forma y contenido, regalándonos un espectáculo dramático que ofrece salvajes fuegos artificiales durante la última media hora.

La premier de Hater en Polonia se vio afectada por la actual contingencia; no obstante, el premio en Tribeca le ayudó a amortiguar su abrupta salida de cartelera durante la semana de estreno. La película fue del agrado de los jueces por su perspectiva post-Black Mirror, donde el dispositivo o el usuario final ya no son la principal preocupación, sino las compañías que monetizan y sus prácticas sin regulación legal. La actualidad del tema –en pleno año electoral en Estados Unidos– le permitirá optar por un lugar en la tardía temporada de premios del próximo año. Por el momento, Komasa ha logrado colarnos (consecutivamente) otra obra que puede ser considerada (desde ya) como uno de los mejores estrenos del año.

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