Corpus Christi: “el padre pistolas” polaco

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Recluido en un centro penitenciario, Daniel (Bartosz Bielenia), el asistente del padre Tomasz (Lukasz Simlat), desarrolla una afición amateur por las prácticas religiosas. Cuando le es otorgada la libertad condicional, crea una identidad falsa y se infiltra como sacerdote en un pueblo aserradero de la provincia polaca. Consultando en Internet tutoriales para oficiar sacramentos, Daniel termina creyéndose el rol de cura e intenta ayudar a la comunidad a superar una tragedia que desató el odio contra un vecino.

La idea surgió de un artículo escrito por Mateusz Pacewicz (guionista de la película) sobre un hecho real. De acuerdo con el director (Jan Komasa), en Polonia, es común la existencia de curas falsos que se dedican a estafar a los feligreses. El caso documentado por Pacewicz fue la excepción: el chico aparentó ser sacerdote por genuina vocación y no para ordeñar las arcas de la iglesia. La historia se hizo aún más grande debido a las cartas de los habitantes exigiendo al Vaticano aclaraciones sobre el estatus de los sacramentos recibidos. 

Las historias de redención juvenil –tipo Solo contra sí mismo (Mikael Håfström, 2003)– son un género clásico del cine europeo, muy imitado por la industria hollywoodense: chicos violentos son llevados a sociedades aún más hostiles para ocasionar una revolución en las leyes de su entorno. Por tal motivo, Corpus Christi (2019) fue reconocida por la Academia, abriéndose paso entre destacados títulos merecedores de la nominación a la Mejor Película Internacional (Monos, Beanpole y varios más).

El drama es una caústica heimatfilm contemporánea, con crítica hacia los prejuicios arraigados en la Europa rural –repleta de microsociedades aquejadas por rencores, ostracismos y doble moral–. El “pueblo chico, infierno grande” de Jan Komasa se encuentra en la línea visual y argumental de Revanche (Götz Spielmann, 2008) y otros clásicos del thriller ligero y catártico de los 2000, lo que incluye una aleccionadora moraleja final sobre la rectitud ética, el perdón y la honestidad.

Al dejar de lado su “buen rollismo” ingenuo, el filme elude los moralismos del cine mainstream, transformando el melodrama en una historia disruptiva y provocadora. La película es una abierta declaración a favor del catolicismo sin iglesias, organizaciones podridas por la burocracia y los crímenes internos. La fe no se acabará nunca (la humanidad necesita de las religiones), pero las instituciones ya no son un negocio rentable para los creyentes hambrientos de milagros y placebos. La aportación del mesiánico Daniel al pueblo es un fervor extasiado basado en el perdón de los unos a los otros (sin sacerdotes intermediarios). 

Con todo y su profundidad temática, Corpus Christi no alcanza la oscuridad derrotista de otros coming-of-age campestres, como Despegando a la vida (Rúnar Rúnarsson, 2014) o Turn Me On, Dammit! (Jannicke Systad Jacobsen, 2011). La producción polaca tiene un bajo perfil amable con el público masivo, quienes esperan un buen sabor de boca final (sin traumas ni reflexiones densas). El desenlace semiabierto da un mensaje esperanzador sobre las buenas obras y la salvación; lo cual no es negativo, pero aligera y frivoliza el relato en su último acto (decisión creativa del director). En ese sentido, la película es bastante clasicista. El guion de Pacewicz se nutre de la ochentera tradición de lucha introspectiva en el cine de Maurice Pialat (Bajo el sol de Satán, 1987), sin llegar al alucine bressoniano de Paul Schrader (First Reformed, 2017).

Según Komasa, la tragedia del pueblo es una alusión al cisma nacional de 2010, tras la muerte del presidente en el accidente del Tu-154.  La referencia no queda muy clara, pero funciona bien para abordar los duelos colectivos; sin embargo, resulta superficial en su radiografía de la descomposición social (o por lo menos blandengue). El alcalde (por ejemplo) es presentado como el antagonista corrupto del pueblo, pero al final es él quien sirve de árbitro en la solución del “entierro”. Esto hace que la sensación de acorralamiento paranoico del protagonista se vaya dispersando, junto con el ritmo del metraje.

Inicia como la nueva Leviatán (Andrey Zvyagintsev, 2014) y se desinfla hasta ser una ligera y personal The Angels Share (Ken Loach, 2012). La película es entretenida y emotiva, pero nada memorable en un par de años, a no ser que The Hater (la próxima colaboración de la dupla Komasa-Pacewicz) logre hacer ruido suficiente entre los sectores festivaleros. Mientras tanto, Corpus Christi es una curiosidad europea perfecta para el público consumidor de terapéuticos mensajes “positivos” en las películas.  

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