Beanpole: un nuevo director estrella ha surgido

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Leningrado, 1945. Iya (Viktoria Miroshnichenko) es una introvertida veterana con episodios de parálisis motriz, una secuela postraumática de sus días en la guerra. La joven cuida al hijo de Masha (Vasilisa Perelygina), otra camarada que aún se encuentra en el frente; no obstante, el pequeño muere accidentalmente. Cuando la amiga regresa del campo de batalla, Masha (quien ahora es infértil debido al manejo de artillería) intenta obligar a Iya a embarazarse, amenazándola con revelar un secreto que involucra al jefe de la unidad médica donde trabajan.

Con tan sólo 28 años, Kantemir Balagov filma los estragos de la guerra con el talento de los cineastas soviéticos más radicales: primero ahondó sobre Chechenia en Demasiado cerca (2017) y ahora, con Beanpole (2019), se adentra en las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Con ecos de Nikita Mijalkov y la literatura de Svetlana Alexievich, la nueva película del joven director recrea un tiempo pesimista y de apariencia post-apocalíptica, para mostrar cómo –mientras Occidente era reconstruido– el fin del conflicto bélico sólo fue el inicio de los grandes problemas en la Rusia comunista.

Similar a los dramas femeninos de Cristian Mungiu, la relación entre las dos amigas es enfermiza y hostil debido al contexto opresivo del momento histórico, cuando la falta de libertad llevó a las mujeres a tomar decisiones desesperadas y extremas –en la búsqueda de placebos para llevar una vida (mínimamente) llevadera–. ¿Cambiará el futuro de Masha con un bebé? ¿Por qué Iya quiere a una amiga que la lleva a situaciones humillantes? En Beanpole, los personajes se mueven por inercia, en una sociedad sin lógica ni posibilidad de bienestar.

Mientras sucede la disputa por “el hijo” nonato (con tensión sexual entre las chicas), Balagov dibuja un trasfondo que denuncia los vicios del gobierno comunista (no tan distante de la era Putin). En la línea de Zvyagintsev, disfraza de melodrama la crítica hacia el corrupto Estado ruso. Masha (con la muerte pisándole los talones) comienza a ligar con el hijo de un oficial del partido, pero el intento de escalada social es frustrado por la futura suegra (en una magnífica confrontación a nivel argumental); un ejemplo de la hipócrita y falsa camaradería en las altas élites soviéticas.

El fallido intento de ascender de estatus (o recuperar la dignidad perdida durante la guerra) lleva consigo una maravillosa dinámica moral, donde no existen juicios hacia el comportamiento “sinvergüenza” de Masha; todo es resultado de un cauce de eventos desafortunados que arrastra devastación y fatalidad. En forma muy madura (nada cursi, sin basura benigniana) el amor termina como el único bote salvavidas en tiempos desesperanzadores.

A pesar del toque pesimista, la visión de Balagov sobre la enfermedad y la miseria es sublime. Sin el sentido morboso hacia lo freak (en plan Balabanov), la cámara pone especial detalle a las anatomías marchitas de los personajes. De acuerdo con entrevistas al director, en un inicio, la película sería rodada en blanco y negro. Sin embargo, después de una investigación realizada por él y Kseniya Sereda (la directora de fotografía), decidió hacer contrastes de ocres y verdes (muy similar a la paleta de colores en el cine de Jean-Pierre Jeunet). El resultado fue una textura oxidada que exalta la decadencia y sofocante atmósfera del filme.

Sin embargo, esa hiperestilización responde sólo al preciosismo de las escenas y no para el desarrollo de la trama (la cual es confusa a ratos). La película está repleta de recursos seudodisruptivos al servicio del experimento fílmico, como los cortes mal planificados (sin razón emotiva) y las elipsis abruptas (la del regreso de Masha es la más incoherente del relato). Definitivamente, el largometraje es más rico hasta el segundo visionado, cuando ya se tiene el panorama de todos los elementos de la historia.

Lo más aplaudible de esta producción es el interés del autor por no casarse con un estilo específico (entre Demasiado cerca y su más reciente trabajo hay un mar de diferencias). En contraste con otros realizadores jóvenes (sólo interesados en lo rimbombante de sus tomas), Balagov tiene un genuino interés por la memoria histórica y trasladar a la actualidad algunas viñetas sobre los mártires olvidados de la guerra. Beanpole –filme considerado en la lista corta por el Oscar a la Mejor película internacional– es la primera nota alta de una carrera que promete grandes títulos en el futuro. 

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