The Great: lecciones de sofisticado humor negro

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

La romántica Catherine (Elle Fanning) llega a la salvaje corte del Imperio Ruso para casarse con Peter (Nicholas Hoult), rey psicópata obsesionado con alcanzar la gloria de su padre. Después de la hostil recepción, comienza a organizar un golpe de Estado, apoyada por sus únicos amigos dentro del palacio: Marial (Phoebe Fox) y Orlov (Sacha Dhawan), una dama convertida en sirvienta y el paranoico consejero del emperador.

Cuando leyó el guion de La favorita (2018) desarrollado por Deborah Davis, Yorgos Lanthimos no quedó tan convencido con el tono formal y serio de la trama; para darle un poco de color, buscó la asesoría de otro escritor. Según medios, el realizador revisó cerca de 150 guiones hasta descubrir el piloto de The Great escrito por Tony McNamara. Tras la nominación al Oscar del australiano, Hulu decidió dar luz verde al proyecto. Aunque película y serie tienen una familiaridad innegable, la segunda posee mayores dosis de irreverencia e incorrección jocosa, más o menos en la línea de la magistral Taboo, pues —debajo de la capa de frivolidad chic— contiene una reflexión sesuda sobre los juegos de poder entre regente y gobernado, trama perfectamente adaptable a cualquier contexto moderno.

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Comencemos por lo más escandaloso: la cínica imprecisión histórica. Aunque parece un recurso para facilitar el trabajo de los guionistas, las mentiras convertidas en verdades es una idea sobrevolando en todos los capítulos, justificando de forma aceptable la libre referencia a los libros de historia. Lo que diferencia a este título de otros vacíos programas de época es la profundidad política alrededor de todas las situaciones. Mientras en Reign, Medici y similares se priorizaron los chismes de corte (a lo Gossip Girl), en The Great cada episodio es una lección concreta sobre la peligrosa aventura de derrocar a un tirano. Echando mano de Voltaire y Maquiavelo (en términos muy generales), la intención de los guionistas fue crear viñetas ilustrativas sobre los espectros de dolor y humillación necesarios para conservar un status de privilegio.

¿Cuánto está dispuesto un subordinado a soportar con tal de convertirse en “el favorito”? Cada capítulo plantea una postura diferente del sometimiento, que va desde la furia revolucionaria hasta la condescendencia. La inexactitud histórica permite dar mayor intensidad a las injusticias y al sadismo ejercido por el (ficticio) monarca déspota. El humor incómodo (presente en el tren de tortura, la “cena de las cabezas” o el patíbulo sobre el corredor) es una forma soez de jugar con estereotipos y prejuicios, lo cual permite entender el nivel de degradación ocasionado por una asimilación generalizada de la violencia.

Si bien podría tomarse como una representación xenófoba de los rusos, los pasillos invadidos por cortesanos violentos es una representación oportuna de la autocracia pudriendo a toda la sociedad (incluida la propia Catherine), donde la religión y la superstición son elementos que detienen el progreso. La Rusia de The Great no es la imagen concreta de un estado, sino la suma de crímenes y vicios resultantes del cesarismo posible en cualquier parte del mundo (discurso resuelto con soltura en la reunión diplomática del episodio 8).

Recientemente, los seriales de época tienen giros extraños (y desconcertantes), en pro de llegar a un target amplio y progre; el caso más reciente es Hollywood (de Ryan Murphy), dramedia perdida en la versión más frívola y vacía de la cultura gay, disfrazada de “cool” para las jóvenes audiencias. La modernización de la Rusia zarista en The Great es más orgánica. Sin erotismo gratuito ni tremendismos innecesarios, el hilo temático no se pierde entre la comedia oscura y las postales surrealistas. Cuenta McNamara que (a pesar del carente rigor) la mayoría de los gags burdos (como el anticonceptivo de limón o la escena del mapache) son resultado de la investigación del equipo de escritores para dar vida al programa y convertirlo en un anecdotario de alocadas conductas del pasado (del tipo Horrible Histories de la BBC).

A diferencia de La favorita, muy concreta en su estilo fílmico, The Great posee una puesta en escena muy teatral (tirando hacia la farsa), con prolongados momentos discursivos y exageradas interacciones entre los personajes (dentro del margen dramatúrgico). Por tal razón, el formato se asemeja más al trabajo escrito por Tom Stoppard –el de Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1990)– que a la filmografía de Lanthimos. Los responsables construyen el crescendo a partir de diálogos vehementes (casi histéricos) para rematar con soluciones shockeantes o un golpe humorístico en forma de ironía.

El proyecto inicial aspiraba a seis temporadas, entre las cuales se dosificarían los hechos importantes en la vida de la monarca. Por el momento, la primera entrega ni siquiera alcanza a concluir con el golpe de Estado de 1762. Tal corte en seco representa un cierre frustrante para la primera tanda de episodios, ya que arruina la experiencia en beneficio del suspenso final; además, el desenlace del capítulo 10 pronostica que bastante tiempo pasará antes de ver a Catherine en el trono (con el objetivo de prolongar el interés de la audiencia). Tal decisión repercute en el ritmo del programa, aunque también podría reservar momentos importantes para temporadas posteriores.

El personaje de Elle Fanning es un mix entre Catalina II e Isabel I de Rusia (quien organizó la Revolución de 1741, transformó la vieja corte corrupta y estableció las bases progresistas del imperio). Por tal mezcla de personajes y sucesos, el final abierto da la posibilidad a varios escenarios. El primero es el ascenso al poder de la tía Elizabeth (Belinda Bromilow), convirtiendo a Catherine en sucesora directa de Isabel I. Por otro lado, McNamara podría perdonar la vida a Peter y mandarlo al exilio (sin el asesinato a manos de Orlov), con el fin de adaptar la leyenda de Yemelián Pugachov (cosaco sublevado en 1773 que decía ser Pedro III). No obstante, el poco respeto del showrunner a los libros puede llevar a la trama por cualquier rumbo.

La serie funciona muy bien en la recreación de eventos crudos, como la visita al campo de batalla o la solución a la viruela. En forma muy sutil, dichos momentos establecen una conversación sobre la actual inacción social. ¿No armamos revoluciones por conformismo o por miedo a vulnerar nuestro confort y privilegio? Tendremos que esperar hasta las próximas temporadas para descubrir si esta comedia continúa con la densidad crítica de la primera o sólo fue la sobrevaloración resultante del éxito de La favorita. De momento, los primeros 10 episodios son un deleite fuera del preciosismo naif; otra joya en bruto de Hulu, lista para ser pulida con el paso de las renovaciones.

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