La posesión de Verónica y el regreso de Paco Plaza

Por: Luis Zenil Castro (@AmadeusZenil

El cine de terror español siempre ha ofrecido cintas de calidad cada tres o cuatro años, y de Paco Plaza (director y escritor de REC) la mayoría de veces se puede esperar algo arriesgado o interesante. Tal es el caso de La posesión de Verónica (2017), donde abandona su estilo habitual para ofrecernos una experiencia más cinematográfica del terror. La película, basada en un caso no resuelto de los años noventa, se distingue por una historia bien construida y técnicamente impecable; lo suficiente potente como para hipnotizar al espectador.

La narrativa se centra en Verónica (Sandra Escacena), una adolescente española del barrio de Vallecas en Madrid que sufre el clásico hecho de la posesión y que inclusive fue noticia de la época. No obstante, el personaje no sólo enfrenta los embates del diablo, sino que por momentos sufre de la antipatía de sus compañeras de escuela y de una difícil relación con su madre y hermanos menores.

Plaza nos ofrece su propia versión de los hechos en donde Verónica, después de una sesión de espiritismo con sus compañeras, se ve oprimida por una rara entidad que inunda de terror y misterio la atmósfera. El montaje es convencional, con un buen ritmo y un estilo bastante lineal que la hace superficialmente predecible en ciertos momentos, pero al mismo tiempo carece de brincos o prisas narrativas que entorpezcan su propia trama.

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La producción de Apache Entertainment, que se estrenó el primer trimestre del presente año en Netflix, se convirtió en una de las películas revelación del año pasado; contó con muchas nominaciones en los premios Goya, incluyendo mejor película, de las cuales sólo ganó efectos de sonido. A pesar de la excesiva expectativa publicitaria que bien afectó en cierta medida el raiting del filme de Paco Plaza como la película más aterradora de la plataforma, la historia fue bien recibida por la mayoría de la opinión pública.

Quizá el miedo no es la característica latente más sobresaliente del filme, sino la intención cinematográfica que deja el sello de Plaza, la creación de atmósferas con la iluminación y los movimientos de cámara, los cuales sugestionan, y que a pesar de que todos sabemos que en las esquinas se esconde el monstruo, la imagen nunca obvia el camino a seguir del personaje para llegar donde todos sabemos. Es claro que Verónica no reinventa el subgénero de la posesión demoníaca pero si crea una sólida entrada en el cine hispano, y que al final puede dejarte con una grata impresión de una propuesta decente de Netflix en el género de terror.

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