Canoa, el terror a coro

Por: Mariana Casasola

El extinto volcán La Malinche se alza entre Tlaxcala y Puebla como una presencia protagonista en la vida de la gente que vive a sus faldas, pueblos pequeños ajenos al bullicio de cualquier ciudad y dedicados desde siempre al campo o a la venta de leña y carbón que les da la montaña.

Aún con semejante atractivo natural, la vida en esos lugares poco puede tener de romántica en una realidad marcada por la pobreza, la falta de servicios, la escasa educación y el fanatismo religioso. Uno de los pueblos inmersos en ese contexto es San Miguel Canoa, lugar en el que un 14 septiembre de 1968 fueron linchados cuatro jóvenes excursionistas por acusarlos de comunistas.

Con el comunicado de ese hecho tan perturbador y absurdo como real comienza una de las películas más determinantes en la historia del cine nacional. En 1976, Canoa del director Felipe Cazals cimbró muchos de los íconos preferidos de las películas mexicanas. El idílico paisaje de provincia ahora se mostraba con carencias, despojo, sequía; los trabajadores del campo aparecieron hostiles, ignorantes, violentos; la iglesia antes protectora, benevolente, de pronto alentaba a la estafa, al odio, a la masacre. Canoa estaba retratando la realidad.

Canoa se suma a una lista de largometrajes considerados imperdibles con todo el mérito de permanecer vigente y perturbadora a más de cuatro décadas de su estreno. Tan sólo por eso vale la pena recordar los mecanismos de construcción de este filme pionero no sólo en su temática si no en su narrativa y su estilo. Pero más allá de los méritos de su estructura o su realización, lo que siempre invita a revisar Canoa es el terror que provoca.

Canoa sólo fue posible en su peculiar contexto. La matanza de Tlatelolco a casi una década de distancia seguía sin tocarse en el cine y las películas eran revisadas y muchas veces detenidas por el gobierno si trataban algún tema incómodo o polémico. Pero los cineastas más jóvenes de esa década insistían en contar historias distintas, ya no estaban interesados en el México idealizado o los romances campiranos y mucho menos en los musicales cursis. Esos nombres incluían entre otros a Jaime Humberto Hermosillo, Arturo Ripstein, Jorge Fons, Paul Leduc y, claro, a Felipe Cazals. La inquietud que compartían era una muy afín con el espíritu de una época más crítica de su contexto, inconforme con la impunidad que procuraba las condiciones en que se repetían atrocidades como la de San Miguel Canoa.

Con ese interés por ahondar en la brutalidad de la historia reciente, Tomás Pérez Turrent se inició como guionista de cine a partir de una nota periodística que había circulado hacía años pero que se vería totalmente opacada un par de semanas después por el cisma que fue el 2 de octubre en Tlatelolco. Pero aquel linchamiento de unos jóvenes en Puebla a manos de un pueblo entero hablaba también de las condiciones en que se dio después la matanza en la Plaza de las Tres Culturas.

Luego siguieron las extraordinarias condiciones que permitieron que el guion de Canoa (ya en manos de Felipe Cazals) consiguiera el financiamiento del Banco Cinematográfico para ser filmado y exhibido, sobre todo considerando que el titular de aquella institución era Rodolfo Landa, (o Rodolfo Echeverría, hermano del presidente en turno) y que muchos otros proyectos habían sido descartados por la censura. Pero esas afortunadas aventuras que el propio Cazals ha compartido en varias ocasiones quedan como una importante anécdota detrás de la obra.

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Lo que permanece más destacable en la experiencia de ver Canoa es la forma en que nos es relatado el horror. Éste se presenta fragmentado por varias voces, desde distintos espacios y tiempos. Se muestra como un coro de perspectivas que tiene su momento más alto no en el linchamiento como tal sino en el terror que provoca conocer lo que sucederá, en las escenas previas en las sabemos que no hay vuelta atrás. Conocemos el destino de esas personas y la brutalidad que van a experimentar y Cazals nos hace con ellos víctimas y, con los asesinos, cómplices.

Como en un coro de terror, por un lado están las escenas a manera de documental oficialista que nos hablan de la geografía del pueblo, de la imponente Malinche, escenas que bien podrían ser promocionales oficiales del gobierno federal. Luego está la voz desde dentro, un campesino de la comunidad que expone la podredumbre que impera en San Miguel Canoa (un estupendo Salvador Sánchez recreando las entrevistas reales a un testigo). Otra capa en la película son los saltos en el tiempo en la historia de las víctimas, desde el comienzo de ese día se cuenta su entusiasmo inicial por visitar Canoa a escalar la montaña, su traslado y, claro, su llegada y todo lo que desencadena en el ánimo irracional del pueblo hasta el ataque en el que perdieron la vida cuatro personas.

Lo que potencia a Canoa como película del género, es que el linchamiento no se encuentra nunca como un misterio. Sabemos desde la primera escena lo que ha ocurrido y que esto sucedió en la realidad. Luego siguen los funerales, la vida después de la masacre. Hemos presenciado el desarrollo de aquél 14 de septiembre desde sus primeras horas, conocimos el clima de repudio, la ceguera e intolerancia de los pobladores, escuchamos el sermón del sacerdote del pueblo alentando al odio y el fanatismo.

Felipe Cazals y Álex Phillips Jr. (su cinefotógrafo) emplazan la cámara fijamente, usando los lentes más tradicionales del cine. Sin largas focales. Nada de movimientos, ni distracciones, como meros espectadores.

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Cazals no hizo un cine socializante, ni de denuncia. Entonces, ¿cómo relatar la brutalidad que se vivió en Canoa? Ese era el reto para este director. Al final, por espeluznante que parezca, la película no contiene el salvajismo completo que vivieron las víctimas. Cazals editó la barbarie y presentó solamente un esbozo de las torturas que los pobladores infligieron sobre los jóvenes y la persona que los hospedó. No explota la violencia, de hecho la reduce hasta ser “soportable”. Pero el espectador rellena esos vacíos con escenas quizá mucho más terribles, aunque aún lejanas a lo que en realidad pasó.

Canoa. Memoria de un hecho vergonzoso, se lee en los carteles oficiales de este filme que arrasó en la taquilla mexicana y cosechó premios tan relevantes para Cazals como el Oso de plata en Berlín; y que de alguna sirvió como metáfora del terror en su máxima expresión, es decir, el profundo abismo que fue 1968. El terror que flotaba en el aire, hacia los jóvenes, hacia el renuevo generacional y sus protestas de cambio, a los que llamaban “comunistas”. ¿Qué tanto ha cambiado México desde entonces? ¿Qué miedo imperan ahora? ¿Qué tanto hemos dejado atrás al país que permitió que ocurriera Tlatelolco, y Canoa?

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