Haneke y la ruptura del ideal familiar

Por: David Ornelas  (@DAVIDORNELASM)

Michael Haneke es uno de los autores cinematográficos fundamentales de nuestros tiempos. Lo dicen los especialistas y los aficionados. Sus películas aparecen siempre como referencia en innumerables comentarios a la situación del cine no industrial de las últimas décadas.

La obra del cineasta austriaco se caracteriza, al menos, por dos constantes exploraciones: la de tipo formal en torno a la relación del espectador con la película, y la que tiene que ver con los temas recurrentes en su filmografía: violencia, temores humanos, sociedades autómatas, entre otros.

Fiel a un tratamiento realista y visceral, el cine de Haneke se ha ganado calificativos como cruel, sádico e incómodo. También se le relaciona con la exigencia de participación activa que sus filmes requieren del público (un halago, si se le piensa bien, pues solo se le exige algo a quien se le considera capaz), aún cuando esa participación implique, simplemente, la honestidad de abandonar la sala a la mitad de la proyección.

En su película más reciente, Un final feliz (Happy end, 2018), Haneke aborda las refinadas apariencias y los decadentes secretos de una familia burguesa de Calais, Francia. A partir de los miembros de tres generaciones de los Laurent, Haneke explora temas centrales de la sociedad europea privilegiada.

El abandono y la falsa inocencia de los adolescentes se abordan desde la historia de Eve Laurent, una chica de trece años, consciente de los efectos dañinos de los barbitúricos en altas dosis y con fácil acceso a ellos, en una familia que requiere sedarse de tanto en tanto. Eve no dudará en usarlos contra quien le amargue la vida, así se trate de su propia madre. Tampoco lo pensará demasiado antes de ingerirlos como vía de escape frente a su mayor temor: el abandono de su padre, Thomas Laurent, un médico evidentemente incapaz de mantener relaciones amorosas y familiares estables, pero empeñado en aparentar lo contrario.

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La tía de Eve, Anne Laurent, se divide entre mantener a flote el negocio familiar, una empresa constructora involucrada en un incidente de consecuencias fatales, y salvar la relación con su hijo, Pierre Laurent. Aunque Pierre es el sucesor natural en la Dirección de la empresa, prefiere refugiarse en el alcohol, agobiado por las rancias pretensiones aristocráticas que su madre intenta mantener para salvaguardar la imagen pública de la familia.

Finalmente está Georges Laurent, padre de Anne y Thomas, abuelo de Eve y Pierre, un anciano que años atrás, después de la dolorosa y larga convalecencia de su esposa, decidió asfixiarla con su consentimiento (sí, el personaje y el argumento de su cinta anterior, la poderosísima Amor). Aunque físicamente saludable, a Georges Laurent se le acabaron los estímulos para continuar; en una rara (¿cruel?) jugada del destino, quitarse la vida le resultará insospechadamente complicado.

Hasta aquí, Un final feliz resulta, al menos desde sus temas, una cinta que da continuidad a la obra de Haneke. También lo es por sus exploraciones formales a través de las posibilidades visuales y narrativas de los dispositivos móviles y las redes sociales. A pesar de ello, nos es raro encontrar opiniones desfavorables sobre la cinta, incluso de sus grandes admiradores.

Es cierto que el tratamiento de sus personajes y las situaciones, constantemente desde una mirada lejana, sin focalización clara, muy impersonal y con muchas acciones e información escamoteadas, dan como resultado una película de mucho menor intensidad emocional y psicológica, al menos en apariencia, que las anteriores entregas de Haneke. Sin embargo, no hay que perder de vista que uno de los temas centrales de la cinta es la comunicación humana, siempre conflictiva e incompleta, a pesar, o quizá por ello, de los lazos familiares.

En este mismo sentido explora la distancia que media entre nosotros y el mundo, cuando nos enfrentamos con él a través de los artificios tecnológicos. Algunos momentos cruciales de la historia están contados desde cámaras de seguridad, o desde las transmisiones en vivo que hace Eve Laurent con su celular, o por los chats que su padre, Thomas Laurent, sostiene con su amante en una computadora portátil.

Dicho estilo lo lleva también a la cámara con la que está narrada la película. El resultado implica cierto fastidio por el distanciamiento, sí; cierto tedio por la extensión de los emplazamientos largos y estáticos, también; pero, al mismo tiempo, son un comentario crítico muy puntual a la aproximación lejana, a través de las pantallas, que de forma cotidiana tenemos con las personas y con el mundo que nos rodea en la actualidad.

Por otro lado, una extraña atmósfera, quizá no propiamente de comedia, pero sí de alto grado de patetismo, flota a lo largo de toda la cinta, dificultando la conexión del espectador con las motivaciones, angustias, temores, anhelos o vacíos espirituales de los personajes. Sin embargo, es justo ahí donde podemos rastrear el otro gran tema de Un final feliz: el ridículo esfuerzo de una familia por sostener las apariencias ante el derrumbe moral y psicológico de sus miembros, en un mundo lastimado por los abismos de injusticia social, ante la voracidad de los sistemas políticos y económicos globales. Además de los conflictos internos de los personajes, Haneke comenta con agudeza la invisibilidad de los migrantes refugiados en Francia, y el aprovechamiento servicial que la burguesía hace de ellos.

Seguramente no sea la más intensa, la más sádica, las más cruel de las películas de Michael Haneke, pero Un final feliz sostiene con firmeza la exploración crítica de una serie de temáticas claves para el entendimiento humano. Además, con todo y sus habituales incomodidades, insiste también en la reflexión sobre su actualidad social y nos sigue sorprendiendo por el reto que lanza siempre a sus posibles espectadores: la tarea de contribuir con su experiencia, intuición e inteligencia, a la construcción del filme.

David Ornelas Trabaja en el departamento de difusión de la Cineteca Nacional y ha escrito sobre cine en algunas publicaciones digitales.

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