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Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma: el buen cine solo se trata de cuerpos y fluidos

Adolescencia sexo y muerte en Campamento Miasma

SINOPSIS: La cineasta Kris Williams (Hannah Einbinder) viaja a un lugar remoto para convencer a la desaparecida actriz Billy Presley (Gillian Anderson) de regresar a la saga de slashers que protagonizó cuando era adolescente. Así comienza un juego de seducción en el que la intérprete tratará de liberar a la directora de su timidez sexual, al mismo tiempo que el asesino de la franquicia intenta salir de la ficción. 

El cine de culto es fascinante por el camino tan extraño que tienen las películas con el pasar de los años, tal como se muestra en los créditos de la nueva obra de Jane Schoenbrun. Por tal motivo, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage Sex and Death at Camp Miasma, 2026) es un brutal homenaje a los excesos que conforman la base de los géneros cinematográficos más marginados, los cuales están siendo apagados por un creciente conservadurismo en los estudios y las audiencias. 

La película de Schoenbrun nos recuerda que la realización de “películas malas” y de bajo presupuesto es muy necesaria para romper las normas rígidas del cine mainstream, cuyos productores, según el personaje de Einbinder, han utilizado el progresismo para capitalizar y suavizar cualquier incorrección del pasado. Sin olvidarse del lado lúdico de la ficción, la directora conecta su crítica a la mojigata industria hollywoodense con la personalidad reprimida de su protagonista, quien considera a la sexualidad como una experiencia “estresante”. 

El Campamento Miasma de Jane Schoenbrun hace más evidente la pérdida de una sensual extravagancia que fue muriendo a lo largo del siglo XXI y que difícilmente podremos recuperar si seguimos aferrados a una perspectiva “académica” y comercial cuando consumimos películas. El pudor de la protagonista es un reflejo de nuevas generaciones que ven al erotismo (especialmente sus versiones más sórdidas) como algo que es “incómodo” de ver en pantalla grande. 

Crítica de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma
‘Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma’ (2026)

A diferencia del carácter reflexivo en los trabajos anteriores de Schoenbrun​, en Campamento Miasma resulta evidente su deseo de escandalizar al público a golpe de mal gusto y excesos bizarros, dado que el cine necesita cierta dosis de provocación gratuita para reventar los cánones artísticos de la industria. Al estilo de La daga en el corazón (Un couteau dans le coeur, 2018) de Yann Gonzalez, la película estadounidense experimenta con el fuerte vínculo entre las fantasías sexuales y el cine underground, ya que comparten escenarios sórdidos de los que puedes salir fácilmente si la experiencia resulta demasiado “real”. 

Por miedo a la incorrección política, el arte LGBTIQ+ se ha vuelto demasiado “blanco” y puritano, cuando su naturaleza es sucia, escandalosa y seductora; razón por la que el nuevo trabajo de Schoenbrun es una cálida y necesaria invitación a abrazar la violencia, el deseo y lo grotesco. Considerando que la ficción es una oportunidad para borrar los límites morales del mundo real, el largometraje nos muestra lo placentero que es dejarse llevar por las pulsiones y transitar entre roles tan opuestos como los de víctima y victimario. Con ecos del aislamiento de Persona (1966), la directora utiliza a sus dos protagonistas para establecer un duelo actoral que representa traumas, frustraciones y sentimientos personales que la afligieron durante los meses posteriores a su transición. 

Adolescencia sexo y Campamento Miasma también podría ser la mejor reinterpretación contemporánea del slasher, debido a que rescata la imagen del asesino como un ente que personifica lo violento de cualquier despertar sexual, incluyendo esa sexy huida de Einbinder como si fuera Carmen Electra en Scary Movie (2000).

El jugueteo camp de la cineasta ofrece momentos tan extravagantes como una erótica cena con pollo KFC o esa caverna que recuerda a la Nueva Carne de David Cronenberg, lo cual integra un retorcido humor que parece salido de la serie Don’t Hug Me I’m Scared (2011). Sin ser nostálgica, la película es un collage de referencias clásicas al puro estilo de Rainer Werner Fassbinder, ya que los personajes hacen referencias constantes a Sunset Boulevard (1950) o Psycho (1960) sin el menor respeto, siendo Gillian Anderson un auténtico espectáculo con su versión alternativa de Norma Desmond. 

En realidad, Campamento Miasma también podría ser la mejor reinterpretación contemporánea del slasher, debido a que rescata la imagen del asesino como un ente que personifica lo violento de cualquier despertar sexual, incluyendo esa sexy huida de Einbinder como si fuera Carmen Electra en Scary Movie (2000). Schoenbrun saca provecho de su free pass como directora queer para viajar a un pasado remoto en el que se permitía fantasear con el dolor y la muerte como experiencias placenteras, incluso si existía una agresiva connotación fálica en la representación simbólica del orgasmo. 

Al igual que el británico Peter Strickland (Berberian Sound Studio, The Duke of Burgundy), quien ha dado grandes aportes al cine queer, Schoenbrun construye un viaje sonoro incómodo en el que las composiciones de Alex G añaden otra capa de surrealismo que desorienta por la sugestiva mezcla de good vibes con cierta crudeza melódica. La sinfonía pesadillesca es complementada con artificiosos telones pintados que obligan a no tomarnos tan en serio la ficción, cuya belleza radica en su estética falsa e imperfecta. 

Crítica de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma
‘Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma’ (2026)

La realizadora continúa la línea de sus obras anteriores al dar mayor importancia a sus experimentos con la “textura” del fotograma, pues ahí se encuentra el verdadero fundamento de una película nostálgica con granularidad y marcas de celuloide. A grandes rasgos, la película puede valorarse como una ingeniosa lectura sobre la importancia del ruido visual en el cine, desde la estática en los VHS hasta los píxeles de un DVD de baja calidad.

Algunas decisiones creativas son cuestionables, como musicalizar una masacre con A Long December de Counting Crows, porque ese toque indie relaja la tensión construida mediante la sensualidad de Billy Presley (Anderson) o los destellos de giallo setentero. A la directora le falta moderar sus gustos personales en beneficio de una obra redonda que no descoloque al espectador, a pesar de los arrebatos artísticos que sucedan en pantalla. Sin embargo, cuando el objetivo de una producción es romper las reglas, todo está permitido en la pantalla grande. 

Después del discreto éxito de I Saw the TV Glow (2024), Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es una demostración de que la directora puede jugar rudo y en otros tenores, pero siempre trabajando bajo sus propias reglas. Al final, la extravagancia audiovisual de Jane Schoenbrun es una medicina urgente para cualquier espectador que esté intoxicado por tantos prejuicios de lo que “debe” ser una buena película.



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Crítica

Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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