Good Boy: el buen cine solo necesita una mirada cautivadora y un gran montaje
Good Boy destaca en el terror experimental por los limitados recursos que utiliza para impactar al espectador con la misma fuerza que una producción comercial.
En un intento por olvidar la enfermedad que padece, Todd se muda con su perro Indy a la casa de su abuelo muerto, ignorando las advertencias de su hermana Vera sobre las malas vibras del lugar. Solo la perspicaz mascota logra darse cuenta de la criatura que acecha en las sombras, un problema que se suma a la delicada salud de su amo.
La transmisión de Carnival of Souls (1962) en un televisor viejo anuncia que el terror de Good Boy (2025) será más psicológico que sobrenatural, siendo el principal recurso la mirada tierna de un canino enfrentándose a lo inevitable. Similar a la película Herk Harvey y su adaptación por Christian Petzold (Yella, 2007), la película del emergente Ben Leonberg explora la inquietud de la agonía y el miedo a la muerte, donde el tardío anhelo de tiempo se convierte en un limbo siniestro que causa más angustia existencial que horror.
A pesar de que el marketing promete una experiencia paranormal, Good Boy (2025) utiliza el género como vehículo para retorcer el trauma de una separación anunciada, componente dramático que está oculto en el silencioso testimonio de Indy. Dejando un amplio margen para la ambigüedad, la historia también conecta lo sobrenatural con un conflicto familiar que nunca se explica, pero que la familia de Todd “lleva en la sangre”.
A grandes rasgos, la mínima trama está compuesta por demasiadas ideas abstractas o a medio desarrollo, pero Leonberg logra que el suspenso funcione mediante un montaje que explota al máximo los fundamentos del efecto Kuleshov y la invaluable destreza de un perro sin entrenamiento actoral.

Imitando al cine sobre posesiones, el director utiliza la borrosa identidad de Todd para jugar con la pesadilla de ver a un ser amado convertido en amenaza, idea que es conceptualizada ingeniosamente con el menor número de recursos argumentales y técnicos posibles. Con interiores filmados en el hogar del realizador y Kari Fischer (productora y cineasta involuntaria), el dúo utilizó su cotidianidad para dar forma a la cabaña “maldita” de la ficción, lo cual aporta a la película una libertad narrativa que no está sujeta a las exigencias de otras producciones con equipos de filmación más complejos.
Inspirado por la secuencia inicial de Poltergeist (1982), Leonberg alarga el contenido de un cortometraje hasta apenas superar la hora de duración, sin importarle que el producto final tuviera grandes problemas en el ritmo del suspenso. No obstante, como buen cinéfilo, el realizador parcha esos vacíos con varios trucos de la vieja escuela que incluyen sombras al estilo de Jacques Tourneur, alguna alegoría del purgatorio de Alighieri, juegos de perspectivas, una banda sonora efectiva y cintas de video que abren un misterio familiar sin contexto. Tal eclecticismo evidencia el amateurismo artístico del realizador, pero también suman encantadora ingenuidad y rareza a esta discreta ópera prima.
Lo destacado en el terror experimental del cineasta se encuentra en los limitados recursos que utiliza para impactar al espectador con la misma fuerza que una producción comercial. No mostrar el rostro del amo o la forma práctica de solucionar el tono onírico en la perspectiva de Indy son fieles homenajes a los códigos formales del horror y la fantasía tradicional, aunque la sobriedad en su ejecución nos haga suponer que estamos frente algo vanguardista en una industria saturada de CGI e IA.
Siendo su principal atractivo el carisma fotogénico del golden retriever del director y la productora, Good Boy podría agregarse a la prestigiosa lista de películas que glorifican la nobleza en la fauna, liderada por Au hasard Balthazar (1966), donde el egoísta antropomórfismo es sustituido por genuino interés hacia el alma de los animales.
Acreditado como Curtis Roberts y Wade Grebnoel, Ben Leonberg también edita y fotografía este malabarismo de tomas y sonido en postproducción; una curiosidad fílmica que apenas es el bosquejo de un asombroso concepto, aunque (pensándolo mejor) muchas filmografías exitosas han iniciado con mucho menos.
¿Ya viste Good Boy, qué te pareció?
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