‘El Oso’ T4: la producción cierra ciclos y soluciona el desastre de la T3
El Oso no se encuentra en su mejor momento, pero sí levanta vuelo con varias novedades refrescantes. A grandes rasgos, la cuarta temporada completa una etapa que exige nuevos rumbos o un desenlace digno.
Tras recibir una crítica negativa del Chicago Tribune, los “chefs” del oso deberán mejorar el servicio, aunque el único problema podría ser la crisis emocional de Carmy (Jeremy Allen White). Presionados por el cronómetro del tío Jimmy (Oliver Platt), el staff buscará nuevas formas de levantar las ganancias, aunque la posible partida de Sydney (Ayo Edebiri) podría arruinar todo lo construido.
Pese a que la tercera temporada no cumplía con las expectativas, Servilletas (T3.E6) y Cubitos de hielo (T3.E8) fueron puntos dramáticos importantes en el gran camino de resiliencia y redención que han creado Christopher Storer y Joanna Calo (showrunners). Sin embargo, ambos episodios sucedían al exterior del establecimiento dirigido por Carmy (Allen White) y Sydney (Edebiri), lo cual nos llevaba a preguntarnos si la historia en la cocina de El Oso (The Bear, FX) había tocado techo o necesitaba la creación de nuevos conflictos.
Aunque la cuarta temporada no aporta muchos cambios, sí logra dar una conclusión efectiva al ciclo iniciado por “el incidente del refrigerador”. Los guionistas al fin calman el ruido en la cabeza de Carmy mediante la renuncia de un sueño profesional que perdió sentido con la muerte de Michael (Jon Bernthal). La paz y serenidad del protagonista se refleja en un desarrollo argumental menos caótico que privilegia el melodrama sobre el apantallador montaje, algo ejemplificado con el cambio del tradicional episodio explosivo (Revisión, Peces, Puertas) por una simpática boda llena de reconciliaciones.
Lo anterior ocasiona que la serie se torne melosa y cursi, pero también ofrece varios momentos catárticos que el show necesitaba para soltar lastres dramáticos surgidos durante las temporadas anteriores.

Para concluir viejos desencuentros, la temporada está llena de emotivas secuencias donde Carmy al fin acepta su egoísta comportamiento con Claire, Sugar, Richie, Donna o cualquier persona que lo distraiga de su quehacer culinario. Los diálogos alcanzan un nuevo nivel de densidad en el último episodio, con un teatral desenlace que finaliza la tragedia desatada por la súbita partida de Michael (Bernthal) y concluye con la inevitable huida del chef Carmy. Además de reducir gastos (destinados a la boda de Tiff y el talento actoral invitado), dicho final sugiere la despedida simbólica del protagonista, en un melancólico episodio que sabe más a cierre definitivo de la serie que a un “hasta luego”.
Storer y Calo han cimentado una sólida crítica hacia los ambientes tóxicos en las cocinas con Estrellas Michelin, reflexión rematada en la cuarta temporada con un determinante “tómatelo con calma”. Yendo en contra de la meritocracia y la obsesión capitalista por el éxito, el show plantea que “pensar en pequeño” no está del todo mal, pues los protagonistas están perdiéndose lo mejor de la vida por un proyecto que no genera ningún tipo de placer.
Los guionistas y Ayo Edebiri utilizan la indecisión de Sydney para crear un conflicto similar a la crisis de Carmy durante la primera temporada, cerrando un círculo narrativo que pone especial énfasis al deber ético del personaje. No solo se trata de la búsqueda de “mejores oportunidades”, el dilema de la chef es resultado del choque entre el logro personal y el colectivo, del mismo modo que Carmy debe abandonar el barco por el bien de un staff desgastado por la rutina y el estrés.
La producción toma el riesgo de superar el caos en la mente de Carmy (básicamente, el mayor atributo de la historia) para dar paso a una etapa más ligera de El Oso. La boda de Tiff (T4.E7), el desfogue de los protagonistas en Adiós (T4.E7) y demás escenas emotivas son momentos necesarios para dar sentido al difícil y doloroso camino que el restaurante ha recorrido, algo que era demasiado ambiguo en la temporada anterior.
También, la serie llegó a un punto en el que hasta los personajes incidentales se han vuelto imprescindibles, pues cada rol representa un fragmento específico de la identidad de un negocio que ha luchado por no caer en las violentas jerarquías y culturas organizacionales que prevalecen en la industria.
El Oso llegó a un punto en el que hasta los personajes incidentales se han vuelto imprescindibles.
En esta ocasión, la “disonancia” proviene del cronómetro del tío Jimmy y la curva de ganancias, nuevos retos que sustituyen al desequilibrio emocional de los Berzatto. Anticipándose a la inminente salida Jeremy Allen White y demás estrellas en ascenso, los showrunners han dado mayor relevancia a las subtramas de otros personajes secundarios, como Ebraheim (Edwin Lee Gibson) o Sweeps (Corey Hendrix), mitigando el desgaste que la serie ha tenido con los estancados arcos dramáticos de sus protagonistas. Los regresos de Sarah Ramos y Will Poulter (posiblemente, el nuevo Carmy) enriquecen la dinámica en la cocina y la estructura coral de la producción, ampliando el abanico de posibilidades narrativas para salvar al título de un futuro declive.
El Oso no se encuentra en su mejor momento, pero sí levanta vuelo con varias novedades refrescantes, como el episodio dirigido por Janicza Bravo o estrellas invitadas (Danielle Deadwyler y Brie Larson) menos intrusivas que John Cena y sus “embrujos”. A grandes rasgos, la cuarta temporada completa una etapa que exige nuevos rumbos o un desenlace digno, antes de agotar al público con las intensas (a veces exageradas) emociones de sus protagonistas. No obstante, aunque la serie parece haber dado lo mejor de sí, con un estreno sin promoción, continúa siendo un drama de alta calidad que no deja de cautivar.
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