Compañera Perfecta: el corazón humano es más frío que la memoria de un androide
Evocando al primer Black Mirror (el de Channel 4), Compañera Perfecta utiliza pocos recursos para representar una realidad alternativa donde se comercializa con robots, pero los suficientes para no caer en la distopía burda o llena de futurismo inverosímil.
Iris (Sophie Thatcher) y su novio Josh (Jack Quaid) asisten a una reunión en la residencia del adinerado criminal ruso Sergey (Rupert Friend). Tras defenderse de una agresión sexual, Iris es inmovilizada por Josh, quien le revela una cruda verdad: ella es un “robot de compañía” y su noviazgo fue una simulación. El miedo a ser formateada le lleva a escapar y luchar por conservar sus “recuerdos”, aunque todos sean falsos.
Las comedias románticas han desaparecido de las carteleras, pero son muchas las películas contemporáneas que juegan con los códigos del género para adentrarse en las zonas más retorcidas del ideal romántico. Thrillers como Promising Young Woman (2020) o Fresh (2020) parten de paródicos escenarios cursis con el objetivo de revelar la naturaleza perversa, misógina y siniestra detrás del enamoramiento. En esa misma línea, Compañera Perfecta (Companion, 2025) es inicialmente empalagosa para borrarnos la sonrisa mediante el violento desencanto de la protagonista y un carismático novio convertido en villano.

Recurriendo a la ciencia ficción, Drew Hancock construye una conexión entre los “robots de compañía” y la actual urgencia por “configurar” las relaciones sentimentales; es decir, no importa la personalidad del individuo, sino las necesidades que pueda satisfacer. El filme lleva al extremo la cosificación de las personas, cuestionando (de forma suave) el papel de la tecnología en la indiferencia generacional hacia los sentimientos ajenos.
En el mismo tono crítico de El Hombre Perfecto (Ich bin dein Mensch, 2021), Compañera Perfecta explora lo irracional de dar inteligencia, consciencia y otras características humanas a los dispositivos tecnológicos, pues solo hay una explicación obvia: imitar la vida, pero sin responsabilidad afectiva. Siguiendo los pasos de Ex-Machina (aunque el director lo niegue), el largometraje remarca el sexismo y los estereotipos detrás del diseño de nuevas tecnologías, sin estudios que analicen los dilemas éticos y morales de cada “creación”. Afortunadamente, la actual ciencia ficción ha explorado esta problemática a tal nivel que podemos reconocer a Iris (Thatcher) como absoluta víctima, sin importar que se trate de un androide con impulsos violentos.
No obstante, lo verdaderamente fresco de Compañera Perfecta es su forma de jugar con los estereotipos y clichés del género sin caer en la monotonía. El hecho de cambiar al clásico “robot asesino” (premisa en los primeros borradores del guion) por un “novio psicópata” da mayor complejidad a la historia, pues pasa de la fórmula efectiva (pero fantasiosa) a una historia que sirve de metáfora sobre rupturas y decepciones amorosas. El terror se vuelve algo más cercano y verosímil, porque da igual si la Inteligencia Artificial adquiere autonomía cuando tienes a un hombre con masculinidad tóxica.

Lo verdaderamente fresco de Compañera Perfecta es su forma de jugar con los estereotipos y clichés del género sin caer en la monotonía.
Otro elemento que compone al suspenso es el miedo a estar en una simulación, ser un “replicante” o vivir en cualquier tipo de realidad controlada por operadores. Influenciada por ficciones como el especial White Christmas de Black Mirror (Netflix) o los cerebros cercenados de Severance (Apple TV+), la película explota la angustia de poseer una memoria desechable, cuya existencia esté legalmente gestionada por “usuarios”. La protagonista pelea por una libertad que debería estar implícita con la memoria y demás funciones humanas configuradas en su sistema. En ese sentido, el estilo narrativo del emergente Drew Hancock muestra una lucidez creativa que va más allá del simple entretenimiento.
Como sci-fi, el argumento intenta darle la vuelta a los lugares comunes del género, como el hecho de que “aumentar su inteligencia” le otorga a la protagonista un monólogo interno o la capacidad de análisis, en lugar de un poder cognitivo omnipotente. Evocando al primer Black Mirror (el de Channel 4), la producción utiliza pocos recursos para representar una realidad alternativa donde se comercializa con robots, pero los suficientes para no caer en la distopía burda o llena de futurismo inverosímil.
Sin embargo, lo más valioso de esta propuesta es la composición del suspenso y los riesgos que Hancock y su equipo de montaje (incluido Brett W. Bachman, editor de Mandy) tomaron al restar importancia a los giros argumentales más significativos. Es decir, nos anuncian la muerte de un personaje durante el prólogo y ni siquiera importa, porque la trama no depende de las situaciones sino del vínculo que el director crea entre Iris y la audiencia: sufrimos con su tortura y disfrutamos su venganza. De hecho, se trata de un thriller placentero al estilo de Boda Sangrienta (Ready or Not, 2019), empleando la comedia oscura para dar espontaneidad y originalidad al concepto imaginado por el director.
Aunque es pequeña en sus ambiciones visuales, Compañera Perfecta es notable a nivel de casting, donde destaca el carisma de Harvey Guillén, el esfuerzo de Jack Quaid por quitarse la etiqueta de nepo baby y un irreconocible Rupert Friend. Sophie Thatcher ya había mostrado un especial brillo de scream queen en Hereje (Heretic, 2024), el cual es reafirmado con su interpretación de Iris, pues el ritmo de la película es marcado por un complejo arco dramático (de la ingenuidad al empoderamiento) que la actriz interpreta con éxito. Por su parte, Drew Hancock nos entrega la primera gran revelación del año; un inesperado thriller que disfraza de ciencia ficción algunas lecturas sobre la condición humana.
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