Nosferatu: el oscuro camino hacia la luz y el placer
Nosferatu es igual de ostentosa que Drácula (1992), pero mientras la película de Coppola es una vibrante hoguera, la propuesta de Eggers es un enigmático fuego fatuo. La intención del cineasta era “expresar un mundo sin color, en color”, explotando todos los recursos del Romanticismo para construir otro decadente mundo agónico.
Evocando a La Pesadilla de Johann Heinrich Füssli, Ellen (Lily-Rose Depp) pacta con un ente diabólico para aliviar su soledad. Años después, el conde Orlok (Bill Skarsgård) decide reclamar su dominio sobre la joven, llevando al esposo de Ellen (Nicholas Hoult) hasta su castillo en Transilvania e iniciando un viaje en forma de peste hacia Wisborg.
Narrativamente, el factor que separa a Nosferatu (1922) de Drácula es su resolución del terror mediante el sacrificio. La adaptación de Robert Eggers (director y guionista) remarca dicho elemento del clásico expresionista desde su inicio, con una pesadilla que profundiza en el vínculo entre Ellen y el vampiro. No se trata de un monstruo que llega sin avisar; directamente es la personificación de la vergüenza y la melancolía de la protagonista.
En una forma alegórica que recuerda al Babadook (2014) de Jennifer Kent, la visión romántica de Eggers regresa al terreno de las pasiones desbordadas, donde la reprimida sexualidad de la protagonista (silenciada con éter) se transforma en una bestia con el aspecto de un putrefacto militar alemán. Llevando un paso adelante el heroísmo de la Lucy de Isabelle Adjani, Nosferatu (2024) tiene mayor desarrollo en la conexión entre Ellen (Depp) y el exótico mundo balcánico, completamente opuesto a la mojigata sociedad en la que habita.
El sacrificio pierde su significado trágico para convertirse en la forma simbólica de mostrar a la heroína poseída por el lado oscuro de su personalidad; un salto al vacío que transforma la fría y desaturada cinematografía de Jarin Blaschke (La Bruja) en un luminoso y cálido amanecer. Realmente, todo conduce hacia el impactante plano final en la habitación de los Hutter, el cual desdibuja la frontera entre el horror y la belleza sublime.

Al servicio del terror, el cuerpo de Lily-Rose Depp se convierte en el lienzo de Eggers para plasmar su interpretación del vampirismo, en ocasiones más parecida a un éxtasis sacro que a una posesión diabólica. A diferencia de otras versiones de Drácula, Nosferatu pone al centro de la historia a Ellen y su obsesión con el destino y la muerte, dando mayor perversión al lazo entre la dama y el conde Orlok; porque no se trata de una simple presa: el ente maligno es una aparente extensión de la propia víctima. Los reclamos de Friedrich (Aaron Taylor-Johnson) remarcan que ya había algo peligroso en su “naturaleza”, lo cual podría resumirse en una visión oscura, violenta y pesimista del mundo, pensamientos impropios para una mujer del siglo XIX.
Al servicio del terror, en Nosferatu el cuerpo de Lily-Rose Depp se convierte en el lienzo de Eggers para plasmar su interpretación del vampirismo, en ocasiones más parecida a un éxtasis sacro que a una posesión diabólica.
Nosferatu es igual de ostentosa que Drácula (1992), pero mientras la película de Coppola es una vibrante hoguera, la propuesta de Eggers es un enigmático fuego fatuo. La intención del cineasta era “expresar un mundo sin color, en color”, explotando todos los recursos del Romanticismo para construir otro decadente mundo agónico. Quizás no sea tan exótica como sus películas anteriores, pero es deslumbrante el uso de lo simbólico para crear la fantasía de juicio final, alcanzando (en diferente tenor) la solemnidad funesta de Werner Herzog.
El diseño del Nosferatu de Skarsgård es tan impactante en lo físico como en lo auditivo, ya que una orquesta de sonidos acompaña al vampiro, compuesta por jadeos, salivación y una grave voz que estremece con la misma fuerza que el “wouldst thou like to live deliciously?” de Black Phillip. El “apetito” es representado por un cuerpo que es difícil adjetivar como bello o repulsivo, especialmente por esa perturbadora virilidad opuesta al enfermizo aspecto del vampiro interpretado por Max Schreck o Klaus Kinski. Como si fuera creado por autoras góticas (Radcliffe, Shelley, Brontë), este conde Orlok personifica la seducción violenta y sin tacto que es capaz de romper cualquier barrera entre la razón y el placer; en palabras de Eggers: “erotismo sin sensualidad”, como las pulsiones sexuales en El Faro (The Lighthouse, 2019).
En una dimensión tradicional que solo Sergei Parajanov o Glauber Rocha comparten, el cine de Robert Eggers convierte al folclore en el verdadero espectáculo de la ficción, creando ensoñaciones y pesadillas que se rigen bajo las formas narrativas y estilísticas de otro tiempo. Quizás Nosferatu no complazca al impaciente espectador del siglo XXI, pero sí ofrece una aproximación a la tradición vampírica que Bram Stoker conoció. Por ejemplo, un detalle es que la amenaza de la criatura no es la luz (la cual tolera sin problemas), sino el amanecer, por su connotación como el momento más “sagrado” del día.

Mediante varias investigaciones sobre “arquitectura vernácula”, plagas, literatura romántica y simbología cristiana, los diferentes directores artísticos crean un fascinante cuento gótico que hurga en los orígenes del género. Con el trabajo de edición más propositivo de toda su filmografía, lleno de hipnóticas transiciones, Louise Ford (Thoroughbreds) crea una elegante “lírica” visual que da armonía a las impetuosas imágenes de Eggers, desde el plano secuencia en Transilvania hasta el episodio de Ellen (Deep) arrancándose el vestido.
Después de El Faro, el cineasta ha optado por historias más legibles y menos radicales para la mayoría del público, aunque la parsimonia de Nosferatu resulta igual de desafiante que cualquier rasgo excéntrico del pasado. También hay un marcado afecto al legado de Friedrich Wilhelm Murnau, homenajeado en cada sombra que anticipa la llegada del vampiro, construyendo un excepcional diálogo cinéfilo con la obra del maestro alemán. A golpe de Romanticismo, Robert Eggers reafirma su presencia en la industria, no solo en el cine de terror, sino en la historia del séptimo arte.
Nosferatu está en cines de México
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