La chica de la aguja: el horror no termina con las guerras
La chica de la aguja es una obra opresiva y pesimista, donde la gentileza es el primer indicio de crueldad y perversión.
Tras el fallido intento de comprometerse con el jefe de la fábrica donde trabajaba, Karoline (Vic Carmen Sonne) se enfrenta al desempleo y un embarazo no deseado. La joven recibe el apoyo de Dagmar (Trine Dyrholm), quien le ayuda a conseguir una familia para el recién nacido. El vínculo entre ellas hará que Dagmar considere introducir a la chica en su negocio clandestino, el cual es más terrible de lo que parece.
En títulos como La cinta blanca (Das weiße Band, 2009) o Ida (2013), el blanco y negro es un recurso efectivo para remarcar la sordidez de un contexto superior a la historia que se cuenta; subtexto que guarda entrelíneas gran parte del tema que da sentido a la trama. El nuevo filme de Magnus von Horn (director y guionista) va por el mismo camino, ya que la devastación de la guerra enmarca un clima de amoralidad social que justifica cualquier crimen, sin importar lo inhumano del acto, pues todos los personajes están inmersos en una dramática lucha por la sobrevivencia.
A partir de un argumento coescrito por Line Langebek Knudsen, el largometraje evita los lugares comunes del drama “basado en hechos reales”, ya que La chica de la aguja (Pigen med nålen, 2024) es una shockeante película de terror a golpe de clave baja, donde el único monstruo depredador es la miseria en las calles. La fotografía monocromática de Michal Dymek (EO) llena de claroscuros a una decadente Copenhague (con locaciones polacas), ciudad que esconde en sus callejones los rasgos inmorales y perturbadores de una civilización al borde de la locura.
Muy similar al estilo freak de Alekséi Balabánov en De monstruos y hombres (Pro urodov i lyudey, 1998), La chica de la aguja recrea la destrucción física y moral de quienes sobrevivieron a la guerra y pretenden retornar a una sociedad que solo los acepta como “atracciones” de circo o carne de cañón en trabajos inhumanos. De hecho, Dagmar Overbye (asesina en serie danesa sentenciada en 1921) es introducida a mitad de metraje, como personaje secundario en una historia que ya nos contaba otra tragedia igual de angustiante: la imposibilidad de alquilar un inmundo apartamento por quince coronas.
La película busca retratar la complejidad moral del momento histórico, donde la condición humana “era” un privilegio para la nobleza y los burgueses. Tal atmósfera de desamparo hace más aterradora la presencia de Dagmar (Dyrholm), especialmente cuando el director utiliza el alto contraste para convertir al personaje en una sombra al acecho o remarcar los gestos malévolos de su pequeña hija Erena. El resultado final es una impactante fábula sobre cómo la marginalidad arrastra a las personas vulnerables hacia el crimen, ya sea como víctimas, victimarios o ambos roles al mismo tiempo.
No obstante, pese a su tono desolador, la película deja un estrecho espacio para la compasión, incluso hacia un personaje tan terrible como Dagmar Overbye. Ambientada en un período sin derechos reproductivos, el largometraje captura el pánico de enfrentarse a un destino del cual no se puede escapar. Siguiendo la línea de El Acontecimiento (L’événement, 2021), Knudsen y von Horn construyen un puente entre el pasado (no tan remoto) y las actuales luchas por legalizar la interrupción del embarazo, pues la ausencia de alternativas abre las puertas a la clandestinidad, la violencia y la muerte.
Magnus von Horn filma una obra opresiva y pesimista, donde la gentileza es el primer indicio de crueldad y perversión. Acompañada por un sombrío escenario industrial, la desesperanza colectiva se ve reflejada en el aspecto físico de los personajes, especialmente el esposo de Karoline, Peter (Besir Zeciri), un excombatiente destruido por la guerra y la morfina. Aunque Overbye es un distractor que nos obliga a relacionar la ficción con la Historia, la producción se inclina más hacia la fantasía, en un estilo gótico que recuerda a November (2017) o El Faro (2019).
Los guionistas construyen un grotesco viaje para la protagonista, quien huye de las ruinas de un mundo que ni siquiera extraña, siendo su esposo (retornado de la muerte) la representación de esa cruda verdad que se niega a aceptar. Los esfuerzos de Karoline (Sonne) por escapar de la inminente miseria —planeando una boda imposible o uniéndose a la empresa de Dagmar— solo la conducen a un peor infierno, argumento que sigue los códigos del cine de terror o la fascinación danesa por ver el dolor humano en pantalla grande.
Los guionistas de La chica de la aguja construyen un grotesco viaje para la protagonista, quien huye de las ruinas de un mundo que ni siquiera extraña, siendo su esposo (retornado de la muerte) la representación de esa cruda verdad que se niega a aceptar.
La chica de la aguja es intencionalmente densa y excesiva, tanto en el drama como en sus momentos experimentales, que mediante arrebatos audiovisuales busca un impacto que acentúe lo atroz de la trama. Ya sea con su montaje de rostros superpuestos o los distorsionados sonidos electrónicos de Frederikke Hoffmeier (compositora), el filme sofoca al espectador a través de recursos que aportan una capa de versatilidad al drama de época; en ocasiones innecesarios, pero la mayoría de las veces propositivos. Aunque algo extrema en sus formas, la tercera obra de Magnus von Horn es lo suficientemente retorcida y sórdida para dejar huella en la actual escena cinematográfica.
La chica de la aguja se estrena en MUBI Latinoamérica el viernes 24 de enero
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