Un hombre diferente: inseguridades transformadas en brillante humor negro
El director Aaron Schimberg pone todo su esfuerzo para hacer de Un hombre diferente la síntesis definitiva de todas sus ideas, miedos y frustraciones; una obra corrosiva y auténtica.
Edward (Sebastian Stan), aspirante a actor con neurofibromatosis, se somete a un procedimiento médico que le cambia el rostro. Con nueva identidad, “Guy” se integra al elenco de una obra teatral inspirada en “Edward”, escrita por su ex-vecina Ingrid (Renate Reinsve). Sin embargo, la obsesión del protagonista se dispara cuando aparece Oswald (Adam Pearson), una versión carismática y extrovertida de su anterior personalidad.
En Exil (2020) un ingeniero proveniente de Kosovo vive la aparente discriminación de su suegra y compañeros de trabajo alemanes. Al final, el personaje reconoce que se trata de simple paranoia, aunque también descubre que él ha contribuido a cierta hostilidad en su contra, debido a su comportamiento detestable con las personas de su entorno. Un hombre diferente (A Different Man, 2024), el nuevo largometraje de Aaron Schimberg (director y guionista), ahonda en similares tópicos de la película europea, abordando a modo de sátira los conflictos de un protagonista acosado por el fantasma de la marginación.
Un hombre diferente aborda a modo de sátira los conflictos de un protagonista acosado por el fantasma de la marginación.
Lo que sería el típico thriller de doppelgängers, Schimberg lo convierte en comedia oscura sobre la disimulada antipatía de las sociedades contemporáneas hacia “lo diferente”. ¿En realidad segregan a Edward por su aspecto o porque tiene un carácter tóxico? La llegada del encantador Oswald (Pearson) termina por llevar a “Guy” (Stan) hacia el inminente colapso emocional, ya que las ventajas de un rostro “atractivo” se vuelven ambiguas cuando Edward (Stan) reconoce la pérdida de algo más importante: su propia identidad.
Un hombre diferente recurre a hipérboles dramáticas para exagerar la justificada paranoia de Edward, partiendo del tramposo dilema: “¿y si el problema está en tu mente?”, con el objetivo de recrear escenarios igual de retorcidos que la realidad. La visión pesimista del realizador utiliza los clichés de la “inclusión social” para ironizar sobre la aversión oculta en cada eufemismo o gesto compasivo.
Como persona con paladar hendido, Schimberg lleva al cine su experiencia personal de ver mal representada la desfiguración facial en productos culturales como Mask (1985) o la saga literaria Wonder. Mediante metaficción y humor negro, el filme cuestiona la crueldad de quienes disfrazan su rechazo con incómoda empatía y falsos mensajes de “sensibilización”.
A modo de fábula oscura, el paralelismo entre los protagonistas sirve para mostrar dos caras del actual progresismo: una afable hacia el carácter transigente de Oswald (Pearson) –“inofensivo” para todos– y otra hostil con la personalidad introvertida de Edward, porque exige cautela con el uso del lenguaje y conciencia de las desigualdades, violencias y exclusiones que sufren quienes conforman la otredad.

Schimberg satura la trama de su particular desencanto hacia la incompasible humanidad, plasmándolo de forma textual y simbólica. El filme de explotación en Chained for Life (2018) o la obra de Ingrid (Reinsve) son parodias de forzados discursos condescendientes en el arte, donde los supuestos “aliados” terminan cometiendo acciones reprobables, como hacer frívolas alusiones a La Bella y la Bestia o dar al “cambio de rostro” la connotación de “final feliz”.
Que la historia esté filtrada por la descompuesta perspectiva del antihéroe (es decir, “Edward/Guy”) le permitió al cineasta explorar nuevamente sus más honestas inseguridades, conflictos y pensamientos negativos, salpicando a la comedia de su ansiedad social y deseo por transformarse en otra persona. El trabajo de Schimberg explora las autopercepciones alteradas por el juicio de los otros, pues las situaciones absurdas son representaciones fantasiosas de la incomodidad, el dolor y la angustia del propio autor.
El argumento mezcla la ansiedad que acompaña a la dismorfia corporal y las comunes inseguridades masculinas, dando como resultado el divertido viaje autodestructivo de un hombre rivalizando consigo mismo. Para dar un toque grotesco, Schimberg crea una enrarecida atmósfera que recuerda al primer Atom Egoyan (el de The Adjuster), donde lo sórdido y pesado del ambiente obliga al espectador a asimilar con sospecha cualquier situación común, como una gotera en el techo o las miradas de los transeúntes.

Además, la producción tiene un valor extra: la dupla Pearson-Stan. Un hombre diferente refuta las palabras de Pauline Kael sobre “la belleza expresiva de los actores” al inicio de Chained for Life (2018), puesto que Adam Pearson no necesita un rostro para seducir al público con su desenfado “británico” y la memorable escena en el karaoke. Como personaje, Oswald es el epítome de la “actuación de soporte”, porque su aparición en pantalla marca la pauta para que el trabajo interpretativo de Sebastian Stan explote en el último tramo del metraje.
Todo es decadente y sugestivo, siendo la jazzística banda sonora compuesta por Umberto Smerilli un elemento central, subrayando un estilo de comedia neoyorquina que evoca (de forma literal) al cine de Woody Allen. Schimberg pone todo su esfuerzo para hacer de Un hombre diferente la síntesis definitiva de todas sus ideas, miedos y frustraciones; una obra corrosiva y auténtica que parte de la experiencia individual para burlarse de la insensibilidad y deshumanización de nuestros “civilizados” tiempos.
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