Rivales: el exceso ochentero en todo su esplendor
Rivales también es otra estupenda chick-flick coral, cuya fantasía gira en torno a la búsqueda de “hombres decentes” en un mar de egos frágiles.
El periodista de la BBC Declan O’Hara (Aidan Turner) es contratado por Tony Baddingham (David Tennant), director de la cadena local Corinium, bajo promesa de no ser censurado en su nuevo programa de entrevistas. Sin embargo, la libertad creativa se termina cuando Declan no cumple con los planes de su jefe para destruir la carrera política del exatleta olímpico Rupert Campbell-Black (Alex Hassell), un seductor aristócrata enamorado de la hija del presentador, Taggie O’Hara (Bella Maclean).
Hace tres décadas Emilio Azcárraga Milmo presumía que su empresa producía “televisión para jodidos”, cínica declaración que confirmaba lo sabido: la única misión del entretenimiento comercial es enajenar a los espectadores y difundir mensajes que solo benefician a los intereses económicos y sociales de sus ambiciosos empresarios. Justamente, Tony Baddingham (Tennant) de Rivales (Disney+) es el perfecto arquetipo de quienes dirigen los medios de comunicación, sin importar la nación o la década, cuya inmoralidad se desborda a tal nivel que no temen revelar abiertamente sus perversos pensamientos.
Rivales: uno de los mejores estrenos del año
En medio de la fantasiosa guerra por ganar una franquicia televisiva local, Rivales ofrece una mirada retrospectiva al modelo de contenidos que predominó durante las últimas décadas del siglo XX: producciones de bajo presupuesto y una sobreexplotación de ideologías conservadoras. En consecuencia, todo ese contenido basura era un reflejo de la rancia doble moral del momento histórico, porque (como dice Declan O’Hara en el primer episodio) se podía ser abiertamente homofóbico a cuadro, pero nunca ofender al gobierno o al “sagrado” matrimonio. En contraste, quienes controlaban la industria vivían en una fiesta sin límites opuesta a los valores que sus medios enarbolan.
Emulando el tono dramático de las telenovelas, Rivales es una divertida sátira que recrea el thatcherismo con todos sus excesos, violencias e incorrecciones. La adaptación del bonkbuster homónimo de Jilly Cooper (segunda entrega de Las Crónicas de Rutshire) está repleta de acaudalados depredadores, donde “los rojos” no son tan progres ni la realeza tan indecente, conformando una hoguera de pasiones y rencores que solo puede apaciguarse entre sábanas o mediante duelos entre “caballeros”, pero con los tabloides como principal arma.
Con humor, el show crea un paralelismo entre la sensualidad mojigata de la TV ochentera —representada por el homoerótico programa Cuatro hombres cortan el césped— y las explosivas escenas de sexo de los personajes, mostrando las contradicciones de una sociedad tambaleando entre el moralismo y el deseo desenfrenado. En esa bacanal de sexo sin compromisos y abusos, el amor y demás sentimientos son excentricidades de gente cursi o aburrida, como Tag (Maclean) o Lizzie (Katherine Parkinson).

En un país sumido en la pobreza y la desigualdad por las políticas de Margaret Thatcher, la pequeña burbuja de Rutshire es una metáfora de lo salvaje e injusto que es el neoliberalismo, donde la integridad es censurada y los mediocres ascienden en la pirámide social, puesto que “los principios no pagan las deudas”. A la perfección, los guionistas traducen al audiovisual la prepotencia de este puñado de burgueses y nobles, eje fundamental en las novelas de Jilly Cooper, pues como enuncia un personaje: “los ingleses están obsesionados con la clase” y el abolengo.
Las reuniones de los ricos están escritas como si fueran fragmentos de La Regla del Juego (La Règle du jeu, 1939), desarrollando desde el melodrama nobiliario un discurso sobre las clases sociales. Cada episodio representa la inalterable conexión del capitalismo con el viejo orden feudal de nobles, vasallos y siervos; incluso, algunos personajes insisten en referirse a los empleados como “servidumbre”. Sin importar que se trate de una exclusiva cacería de faisanes en la mansión de un “Lord” o la producción de un programa televisivo, siempre está presente un agresivo “sistema de castas” que remarca los diferentes grados de poder en lo público y lo privado. La transición de Corinium a Venture es una forma simbólica de abandonar el régimen despótico por una sociedad sin diferencias jerárquicas tan radicales.
Mediante la ligereza de una típica dramedia británica –con el mismo tono de A Very English Scandal (BBC), por poner un ejemplo–, la producción lleva a la pantalla todo lo sucio y obsceno del desfasado estilo ochentero de Jilly Cooper, donde el sexo tiene protagonismo en el desarrollo de las diferentes historias. No obstante, en medio de tanto erotismo, hay una línea romántica que es aún más excitante, por su forma de re-imaginar los clichés de las telenovelas anglosajonas, como Dynasty o Dallas.
Ya sea la relación entre Charles (Gary Lamont) y un político conservador o la liberación sentimental de Lizzie (Katherine Parkinson), tales subtramas representan escenarios románticos que hoy resultan inocentes, pero eran imposibles en el contexto real de la serie. Al estilo de Cuatro bodas y un funeral (1994), Rivales también es otra estupenda chick-flick coral, cuya fantasía gira en torno a la búsqueda de “hombres decentes” en un mar de egos frágiles. El show utiliza el melodrama para abordar “lo masculino” en todos sus espectros, desde el ideal romántico –representado por la delicadeza de Freddie (Danny Dyer) o el casanova redimido– hasta las versiones más tóxicas, como el repulsivo Tony (Tennant) o el narcisista Declan (Turner), conformando una divertida crítica sobre cómo la “caballerosidad” puede ocultar los peores tipos de machismos existentes.
Los creadores de la serie (principalmente Dominic Treadwell-Collins, productor de la longeva EastEnders) y sus directores (donde se encuentra Elliot Hegarty, de la primera temporada de Ted Lasso) lograron algo que pocas producciones ambientadas en el mismo periodo histórico han podido: evocar el exceso y la extravagancia de los ochenta, sin depender del vestuario y la ridiculización de las modas, pues pese a su exuberante comedia, el show es extremadamente formal en cada detalle de su diseño de producción. Gracias a esa y otras razones, Rivales es uno de los mejores estrenos del año, debido a que transforma la banalidad del texto original en una versión sin filtros de Broadcast News (1987), además de ser una parodia soez de la nobleza británica y la era Thatcher.
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