Las azules: la familia como el origen de toda violencia
Ambientada en el México de los 70, Las azules nos presenta a un grupo de mujeres que luchan contra la burocracia y el sexismo mientras investigan a un asesino serial de Tlalpan.
Tras descubrir la infidelidad de su esposo, María (Bárbara Mori), junto con su rebelde hermana Valentina (Natalia Téllez), decide unirse al primer escuadrón de policía femenino, creado por la Primera Dama para limpiar la imagen del gobierno de Luis Echeverría. Ahí conocerán a Ángeles (Ximena Sariñana) y Gabina (Amorita Rasgado), con quienes conformarán una cuadrilla que dará avance a la investigación sobre “El encuerador de Tlalpan”, un asesino serial que continúa libre a causa de la incompetencia de la policía capitalina.
Es ingenioso cómo Las Azules conecta el actual machismo con la sumisión inherente a la familia tradicional del pasado, llegando uno a preguntarse cuál tipo de violencia es más siniestra: ¿la que se encuentra en las calles o al interior de los hogares? La historia creada por Fernando Rovzar (showrunner) tiene un suspenso tan sólido que en algún momento las cuatro protagonistas podrían convertirse en la próxima víctima del ficticio criminal, porque cada personaje tiene al menos a un hombre en su entorno que cumple con el perfil del homicida.
Esta primera temporada evita el arquetipo del inquietante psicópata (como el “Goyo” Cárdenas), pues el argumento intenta remarcar que los depredadores también pueden ser encantadores aliados del feminismo o amorosos padres de familia.

Las azules: un valioso viaje temporal al “DFctuoso”
Ambientada en los 70, Las Azules recrea el despertar generacional ante las desigualdades respaldadas por el Estado y la conservadora sociedad del momento, tales como disposiciones legales para que una esposa renuncie a su trabajo, familias “muégano” llenas de hijos misóginos o la negación de puestos laborales exclusivos para hombres. Sin embargo, las uniformadas no solo luchan contra la burocracia y el sexismo, también deben enfrentarse a varias deconstrucciones personales, casi todas relacionadas con sus roles como madres, novias, hijas o miembros de comunidades religiosas.
Al nivel de Belascoarán (Netflix), el nuevo título de Apple TV+ es un valioso viaje temporal al “DFctuoso”, para revivir tanto lo nostálgico como sus regiones más turbias. A pesar de varias licencias históricas cuestionables y algún lavado de imagen (porque es imposible imaginar a Zabludovsky desacatando órdenes gubernamentales), Las Azules se apega al recuerdo colectivo de aquellos años, mezclando la ficción con las atrocidades históricas del sexenio de Luis Echeverría.
Aunque todavía no se adentra a zonas realmente oscuras de la “justicia” mexicana, la serie aborda de forma seria la corrupción policiaca y lo normalizada que está la impunidad en nuestra identidad nacional. El verdadero horror en Las Azules gira alrededor de una lamentable verdad: el sistema judicial mexicano no puede detener a una bestia como “El encuerador de Tlalpan”, porque todo el Estado está lleno de otros criminales capaces de aplaudir en plena Cámara de Diputados a un feminicida confeso. Los guionistas trabajan con dichas ideas para convertirlas en un denso thriller que también cumple en el desarrollo de las diferentes subtramas dramáticas.
Es notable el protagonismo de los lazos entre hermanos, casi siempre rotos a causa de la tóxica educación patriarcal, ya sea de forma ideológica (como María y Valentina) o mediante la expulsión directa de miembros de la familia. Sin embargo, la producción no deja el tópico en el terreno del melodrama y lo convierte en un elemento clave en la mente del asesino, lo cual es desarrollado en el brutal episodio 8 (donde Ángeles Cruz ofrece una gran actuación especial) que lleva al límite lo más perturbador de la machista idiosincrasia nacional.

Con “la escena del Jardín Santiago” y el diálogo sobre “los pensamientos oscuros”, la producción cierra un potente discurso sobre la vulnerabilidad de las mujeres en la amoral sociedad mexicana, pues la única diferencia entre un violento “hombre de familia”, como el padre de Gabina (Mario Zaragoza), y “el encuerador” es que el segundo cruzó la delgada línea entre la violencia normalizada y un acto punible, aunque los dos personajes son igual de miserables.
En cuanto a los aspectos técnicos, es evidente el presupuesto invertido en los departamentos artísticos, logrando capturar la esencia del periodo histórico mediante un verosímil diseño de producción a cargo de Carlos Lagunas. Quizás lo único que saca de la fantasía histórica sean las actuaciones, pues aunque el elenco está lleno de excelentes fichajes (entre ellos Amorita Rasgado, Miguel Rodarte o la propia Bárbara Mori), también hay algunas participaciones que cuesta trabajo tomarlas en serio, como Ximena Sariñana o Christian Tappan. El tono parcialmente ligero de la serie ayuda a integrar algunos aspectos irregulares del argumento (como la representación estereotipada de una neurodivergencia), más inspirados por programas criminales estadounidenses que por la cotidianeidad mexicana.

Los diez capítulos de Las Ázules son el excelente inicio de un show que puede adentrarnos a momentos oscuros de la historia policial de la ciudad. Pese a arrancar como convencional drama de TV abierta, cuando el misterio se convierte en la trama principal, la serie se vuelve genuinamente emocionante, algo que muy pocas producciones mexicanas pueden presumir. En conclusión, una serie que debe ser vista, discutida y renovada.
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