Tengo que morir todas las noches: excelente mosaico de historias, decepcionante retorno a los 80
Acosados por el comandante Sandoval (Everardo Arzate) y los homofóbicos vecinos de la Zona Rosa, Carlo (Humberto Busto) y Arti (Brays Efe), los dueños del mítico Disco Bar El Nueve, buscan convertir al lugar en el corazón de la vida nocturna citadina y un escenario para la cultura alternativa. El ambiente del antro deslumbra a Guillermo (José Antonio Toledano), recién llegado al Distrito Federal para estudiar Periodismo, quien vivirá un romance no correspondido con Blas (David Montalvo), un DJ que solo disfruta del amor libre.
En realidad, el título del libro homónimo únicamente es un gancho para este drama coral ambientado durante los años más duros de la pandemia del VIH y cómo impactó en una pequeña tribu de (privilegiados) disidentes. La producción liderada por el realizador Ernesto Contreras construye una ficción que se aleja mucho del testimonial escrito por Guillermo Osorno, reduciendo el amplio contexto sociocultural a un puñado de clichés y arquetipos. Lo decepcionante es que toda la información descartada del texto habría hecho de este show algo único, fresco y diferente del resto de contenido LGBT+ en las plataformas de streaming.
Pese a estar documentada, la miniserie se queda corta en su retrato del ochentero Distrito Federal y la escena underground, pues poco se ahonda en la contracultura emergente de aquellos años. Lo anterior se debe a que el punto de vista de los guionistas y realizadores es excesivamente contemporáneo, impoluto de todas las dinámicas, lenguajes e incorrecciones propias de la época. Tan depurada es la perspectiva que figuras importantes, como La Reina Xóchitl (llamada Quetzal e interpretada por La Bruja de Texcoco), son reducidas a meros personajes incidentales, cuando eran los verdaderos protagonistas de la noche.
Salvo algunos cameos importantes (la imprescindible Alejandra Bogue o el genial lip sync de Zemmoa al ritmo de Amanda Lear), la miniserie jamás nos muestra esa exuberancia que convirtió a El Nueve en una leyenda viva hasta nuestros días. La locación vista en Tengo que morir todas las noches podría ser cualquier bar con luces neón de la actual Zona Rosa, pues el diseño de producción y vestuario no logró comunicar ese glam mexa tan particular registrado por fotógrafos del momento; lo cual no es necesariamente negativo, pero sí rompe la fantasía de regreso en el tiempo.

Por el contrario, a nivel argumental, las historias en este mosaico narrativo tienen más notoriedad que los departamentos de arte o la edición, la cual recurre al barroquismo “televiso” cuando el melodrama se desborda, ya sea ralentizando las secuencias, acentuando emociones mediante el uso excesivo de la música o utilizando cualquier recurso efectista de programa unitario. Pese a ello, logran destacar la mayoría de subtramas al apuntar hacia un importante mensaje en común: la elección de tu propia familia como espacio seguro.
Los personajes de Brays Efe y Silvia Navarro (excelente interpretación) representan a los adultos disidentes que ayudaron a toda una generación de jóvenes a sobrellevar los crudos cambios al interior de la comunidad. Destaca Gloria (Navarro), representante y novia de una estrella juvenil (Cristina Rodlo), cuya historia nos introduce a los tópicos más interesantes de esta producción, como la codependencia, las malas prácticas de Televisa con sus celebridades en el clóset o el arropamiento de otras letras del acrónimo, ejemplificado conmovedoramente en un flashback al pasado de ella y Blas (Montalvo). Personaje complejo y entrañable que habría sido suficiente para llenar los ocho episodios de la serie.
También se aborda la serofobia, siendo un problema que recrudeció la crisis pandémica. Similar a 120 latidos por minuto (Robin Campillo, 2017), la miniserie reivindica el sentido de la “fiesta sin límites” en El Nueve como forma de resistencia, frente a las amenazas que enfrenta cada colectivo día a día. La historia de Alonso y su madre (Mariana Giménez) ilustra cómo el primer paso del activismo por los derechos de las personas con VIH fue asimilar que “no era culpa de nadie” (dicho por un personaje) y que lo más importante en ese momento fue dar acompañamiento y visibilidad a “los viajantes”.
Tengo que morir todas las noches es un título optimista de principio a fin, donde hasta el villano tiene oportunidad de redención, como si Martin McDonagh estuviera a cargo del guion; algo que podría resultar conflictivo, porque resta gravedad a la inmutable violencia que sufre la comunidad LGBT+ en México. Aunque, por otro lado, también hay una aplaudible intención de los guionistas por crear una serie de nicho disfrutable: la Queer as Folk mexicana, como varios se han aventurado a nombrarla. A pesar de que falla en evocar la posmodernidad chilanga de los 80, la miniserie es entretenida si se mira con ingenuidad, dejándose llevar por el melodrama.