Cerrar los ojos: nostalgia por el celuloide
La producción de un programa televisivo contacta al director Miguel Garay (Manolo Solo) para entrevistarlo sobre su amigo, el actor Julio Arenas (Jose Coronado), quien desapareció sin dejar rastro a mitad del rodaje de “La Mirada del Adiós”. Dos décadas después de aquella inacabada película, el cineasta retirado se reencuentra con varias personas importantes del pasado: la hija de Arenas (Ana Torrent), su viejo colega Max (Mario Pardo) y el amor de su vida, Lola (Soledad Villamil).
Curiosamente, Cerrar los Ojos (2023) gira en torno a una película inconclusa, algo que nos remonta inevitablemente a El Sur (1983), esa ambiciosa obra maestra interrumpida por el productor Elias Querejeta bajo promesa de dividirla en dos partes. La última odisea del realizador Víctor Erice reflexiona sobre las cosas sin terminar, lo inacabado, ya sea del oficio cinematográfico o en el orden sentimental. Similar a El Sur —que no satisfizo las expectativas del artista, pero sí las del público—, el montaje incompleto de “La Mirada del Adiós” (probable alusión a La promesa de Shanghai) es una ruina cinematográfica emotiva pese a no tener trama íntegra, puesto que Erice busca encontrar esa “unidad fundamental” que hace del cine una explosión de sensaciones, incluso cuando las imágenes pierden todo su contenido.
El metacine en Cerrar los Ojos tiene la función de crear una metáfora a fuego lento sobre lo efímero de las películas y la vida, mas no relacionada con la muerte, sino en una dimensión trascendental que implica el desvanecimiento de la consciencia. Tanto los fragmentos conservados de “La Mirada del Adiós” como la vida de Julio Arenas permanecen en la memoria de quienes aún siguen vivos, pero han perdido todo sentido de persistencia: el montaje de Garay está condenado al olvido por la caducidad del celuloide y el actor solo es recordado por lo dramático de su desaparición, pues incluso su hija (Torrent) siente más aprecio hacia los personajes interpretados por Julio Arenas que al hombre fuera de pantalla.

Con la colaboración del guionista Michel Gaztambide (Vacas, 1993), quien dio formalidad al argumento, Víctor Erice crea una nueva obra maestra sobre la identidad y la memoria. Como en El Sur o El espíritu de la colmena (1973), hay una ambigua figura paterna con un pasado que quizás no sea tan ilustre como se imaginaba. En sus películas anteriores se esclarecían los motivos de esas personalidades en penumbras, pero Erice mantiene el misterio en Cerrar los ojos para ahondar con mayor dramatismo en lo volátil de los recuerdos: ¿Qué sucedió durante las últimas horas de Arenas? ¿Por qué conserva una foto de Qiao Shu? ¿Qué significado tienen los objetos en la caja que llevaba consigo? En la línea poética de Abbas Kiarostami, el director español explora la belleza en los fragmentos sin sentido que conforman nuestras vidas; un laberinto de reminiscencias capaz de provocarnos emociones fuertes, sin siquiera saber el porqué… como el cine mismo.
A esto se suma el viaje proustiano de Miguel Garay (Solo), un alter ego de Víctor Erice que redescubre algo perdido el mismo día que Arenas desapareció: su pasión por el cine. El protagonista es una tierna alegoría del cine análogo, el cual se ha convertido en “arqueología industrial” extraña y decadente para los propios maestros del siglo XX.
Garay mira al pasado con cierto desencanto, porque hasta su propia obra ha perdido significado para él, ya que se vuelve consciente sobre la poca trascendencia de sus creaciones: hoy eres la joven promesa del cine y la literatura, mañana material de archivo en un programa sensacionalista. La misión de Erice es encontrar la belleza entre los escombros de ese malogrado virtuosismo artístico, como si se tratara de la personificación del fruto podrido al final de El sol del membrillo (1992).
Cerrar los ojos es una película de conversaciones, donde el manejo de “lo íntimo” está construido a partir de evocar “lo que nunca fue”. Aunque se trate del testamento de Erice, el largometraje está lejos de sentirse como broche final a su carrera. El extraordinario nivel discursivo en los diálogos lo convierte en el trabajo más elocuente y agudo de su cinematografía, pues abre más caminos temáticos en vez de cerrar los surcos dejados por sus cintas anteriores. Lo único permanente es su sublime noción del tiempo y el espacio en términos estéticos y argumentales.
Cerrar los Ojos es una producción a contracorriente, que abandona toda pretensión cuando se fractura la ficción a los 15 minutos de metraje; a partir de ese momento, el filme se va desarticulando, soltando cargas para llegar a la levedad máxima en su desenlace, donde solo queda una sala de cine, un proyector, una audiencia y nada más. Lo interesante es que el director se desprende del pasado (condensado en el metraje de “La Mirada del Adiós”) sin abrazar las florituras cinematográficas del presente, resultando una obra atemporal y enigmática que encontrará a sus adoradores en las décadas venideras. En conclusión, el gran cierre que ameritaba la imprescindible filmografía de Víctor Erice.
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