Monkey Man: el nacimiento de una nueva estrella de acción
En Monkey Man Dev Patel hace todo lo posible por un ofrecernos en un vertiginoso “viaje heroico” con toques de fantasía, inspirado en la leyenda del dios Hanumân.
Un luchador clandestino apodado “El Rey Mono” (Dev Patel) sobrevive en las calles de India para cumplir un sólo objetivo: vengar la muerte de su madre en la masacre ordenada por el gurú espiritual Baba Shakti (Makrand Deshpande), ahora convertido en candidato político. El peleador casi muere en un fallido ataque al expolicía Rana Singh (Sikandar Kher), el asesino de su madre, pero es rescatado, sanado y entrenado por Alpha (Vipin Sharma), la líder de una comunidad de hijras.
Lo llamativo de Monkey Man (2024) es el caos desbordado en la ópera prima de Dev Patel, una saturación de recursos cinematográficos que busca noquear al espectador desde el primer minuto. Es obvia la influencia de cineastas como Gareth Evans (The Raid), pero el trabajo de Patel es algo todavía más extremo y termina convirtiéndose en auténtico tributo al género. Partiendo de alegorías mitológicas y varias críticas contra el sistema de castas, el largometraje es un revival del tradicional cine de venganza indio —al estilo de Sholay (1975) o Agneepath (1990)—, pero con la sofisticación visual de A Bittersweet Life (2005); un derroche de referencias cinematográficas que enmarca el deseo del actor dramático por convertirse en estrella de acción.
No obstante, considerar a Dev Patel el próximo Bruce Lee tampoco suena descabellado, porque Monkey Man no se limita a contarnos una ordinaria historia de revancha. El trío de guionistas (Paul Angunawela, John Collee y Patel) construye una salvaje odisea al corazón de la India más hostil, donde el anónimo vengador se abre paso con la ira como única arma. Después de tantas entregas occidentales protagonizadas por mercenarios retirados —John Wick, Hutch Mansell, Bryan Mills, Frank Martin—, esta película de origen es una bocanada de aire fresco. Evocando a los buenos tiempos de Jean-Claude Van Damme (y sus icónicas escenas de entrenamiento), vemos al “Rey Mono” pasar de una primitiva furia sin control a convertirse (con ayuda de las hijras) en un calculador guerrero sin piedad.
El diseño coreográfico de la acción (a cargo del francés Brahim Chab) es espectacular a nivel macro y micro, con memorables detalles en primer plano de luchas cuerpo a cuerpo, como Patel enterrando un cuchillo con los dientes o la pelea contra “el hombre del hacha”. A esto se suma la cinematografía de Sharone Meir (responsable de la fotografía en Whiplash) que alterna la sofocante iluminación cálida con deslumbrantes colores neón, para dar una apariencia singular a cada enfrentamiento. Si bien en el resto de Monkey Man predomina el lacerante fantasma de Slumdog Millionaire —esa India más hollywoodense que de Bollywood—, en la segunda mitad hay un uso alucinante del ritmo que termina enlazando todos los elementos: los juegos de espejos en la sala VIP, las faldas de las hijras volando y los movimientos a contraluz sobre la barra, como si estuviéramos en Tokyo Drifter (1966).
Aunque lo experimental de la estética a veces funciona y en otras ocasiones no tanto (básicamente, cuando la violencia está ausente), el emotivo telón de fondo en torno al duelo hace que todo haga match al final. El “Acercamiento” de nuestro héroe vengador en el Templo de Shiva (tras casi morir) está compuesto por un folclore religioso que funciona tan bien como las escenas de acción. Ya sea mediante un trance psicodélico o el entrenamiento musicalizado con las percusiones de Zakir Hussain, el realizador Dev Patel hace todo lo posible por ofrecernos un vertiginoso “viaje heroico” con toques de fantasía, inspirado en la leyenda del dios Hanumân, el señor de los monos.
Sin embargo, hay otros momentos donde el relato pierde verosimilitud por lo excesivo de las formas. Las escenas arriba del ring con Sharlto Copley (más insoportable que nunca) son agregados innecesarios a la odisea del protagonista, cuya asociación al “dios mono” ya quedaba clara con los flashbacks a su infancia. Es evidente que dichas secuencias son mera satisfacción autoral de Patel, pero suman ruido prescindible a un sangriento carrusel que realmente arranca con la primera pelea en el burdel de Queenie (Ashwini Kalsekar), al ritmo de Somebody to Love.
La cuestión con esa primera parte —mostrándonos las desigualdades callejeras con filtro ultra cálido— es que la película resulta más contundente en sus mensajes sociales cuando pierde los límites de su violenta narrativa, como en la desgarradora muerte de la madre o derrocando a las ficticias figuras de poder. Quizás, Monkey Man se quedó corta en personajes secundarios —parecidos a Sita (Sobhita Dhulipala) o las hijras— que se integraran a la batalla final del vengador solitario, para lograr esa representación simbólica de justicia que el director buscaba; porque el subtexto social es menos radical a lo expresado por Patel en entrevistas.
Afortunadamente, Jordan Peele salvó al filme de su estreno en Netflix, pues Monkey Man es un espectáculo para disfrutarse en salas. Este festín de desencuadres y luces neón tiene las cualidades del más incómodo y subversivo cine autoral, disfrazado de película de género. Lo mejor de todo es el triunfo a temprana edad de Dev Patel como “hombre de acción”, con todo el camino por delante para sorprendernos con más de su fascinante gusto por las artes marciales.
Monkey Man está en cines de México
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