La Quimera: el cine de Rohrwacher no es «otra gota en el mar»
Con La Quimera, Alice Rohrwacher suma otra parábola a su filmografía sobre cómo las desventajas entre clases sociales permanecen inmutables a través de la historia.
El arqueólogo británico Arthur (Josh O’Connor) utiliza su don de zahorí para saquear tesoros de tumbas etruscas, que posteriormente son vendidos a un anónimo coleccionista apodado “Spartaco”. El tombarolo vive en un nostálgico estado de ensoñación, atormentado por el fantasma de su amada Beniamina, cuya partida le ha dejado desamparado. En su melancolía le acompaña Italia (Carol Duarte), una asistenta y alumna de canto, quien le dará a Arthur el último aliciente para permanecer en el mundo de los vivos.
Aunque su estilo parte de un marcado amor al neorrealismo italiano, el cine de Alice Rohrwacher (directora) toma bastante distancia de los clásicos nacionales, creando un mágico folclore con identidad propia. Si bien La Quimera (La Chimera, 2023) gira en torno a un limbo onírico entre la vida y la muerte —con fuertes reminiscencias al cine felliniano—, la película jamás naufraga en el “cuento de hadas” naif, ya que el descenso al inframundo de su protagonista tiene un trasfondo social muy creativo y original.
En la línea de otros contemporáneos, como Pietro Marcello (Martin Eden, 2019) o la dupla Zoppis-Rigo de Righi (La leyenda del Rey Cangrejo, 2021), el tono fantástico permite a la cineasta crear una luminosa fábula que mira al pasado para reflexionar el presente. En el caso de La Quimera, sobre la destrucción del patrimonio y el saqueo cultural ocasionado por el rapaz neoliberalismo, discusión que ha tomado fuerza en los últimos años.
El corazón de la premisa se encuentra a mitad de metraje, cuando un juglar (Valentino Santagati) canta que los tombaroli “son sólo otra gota en el mar”. Como lo explica Carmen Macias, la excavación de tumbas es una actividad que va más allá del crimen cultural e involucra otros factores, como la pobreza en regiones rurales y la ambición de los coleccionistas y traficantes. Rohrwacher suma otra parábola a su filmografía sobre cómo las desventajas entre clases sociales permanecen inmutables a través de la historia; incluso, se han vuelto más injustas con la llegada del capitalismo.

Los aristócratas déspotas de Lazzaro Felice (2018) son sustituidos en La Quimera por un mandamás corporativo sin rostro (‘Spartaco’), quien ni siquiera necesita conocer al peón para controlar su voluntad. En otras palabras: nuevo patrón, mismo subordinado. Arthur y demás profanadores son otro engranaje en la corrupta maquinaria de esa nueva élite que busca adjudicarse la propiedad pública, la cual —al no existir una consciencia colectiva sobre su importancia patrimonial— se encuentra teóricamente en tierra de nadie. De hecho, Italia (Duarte) llega a cuestionar si “lo público es de todos o es de nadie”, siendo el único personaje con sensatez sobre lo deshonesto de ultrajar el mundo de los muertos, aunque sea desde la superstición.
En ese contexto de inmoralidad, los saqueos son un crimen menor cuando se trata de sobrevivir en un sistema materialista. No obstante, la directora decide poner al protagonista en una encrucijada trágica (en sentido clásico), ya que Arthur (O’Connor) comete una hybris al permitir la profanación de una escultura de la diosa Cibeles.
Esa “desmesura” vuelve al arqueólogo consciente sobre su “villanía” y es condenado a un destino funesto. El cazador de tumbas se ve acorralado por italianos “vivos y muertos”, Grand Tour que Rohrwacher vuelve hostil desde los primeros minutos del filme. Sólo Italia (Duarte) sirve de consuelo al hastiado forastero, un personaje alegórico de la belleza perdida (en la acepción de Bernardo Bertolucci), que la brillante Carol Duarte personifica como una Claudia Cardinale de los 80.
El tránsito sin rumbo de Arthur evoca al de otro extranjero trastornado por la vida all’italiana: Oleg Yankovsky en Nostalgia (Andréi Tarkovski, 1983). Como en el filme de Tarkovski, la calidez latina y la añoranza logran enrarecer aún más la percepción del protagonista y la audiencia extranjera: ¿podemos sonreír con lo absurdo de las situaciones o debemos mirar con solemnidad? El folclore de Rohrwacher es travieso y sinvergüenza con el público, porque se presenta sin filtros idílicos, aunque todo el decorado visual nos evoque tramposamente a un universo mágico: superficialmente nos parece encantador y entrañable, pero en lo profundo es cruel y pesimista.
La atmósfera onírica de la trama también la comparte su apartado técnico, donde las cámaras parecen poseídas por Jean Cocteau al crear una fantasía de doble dimensión, compuesta por reflejos y tomas invertidas; poesía visual resuelta con la pericia y el ingenio práctico de los grandes maestros del mundo analógico. La directora, Hélène Louvart (fotografía) y Nelly Quettier (también editora de Leos Carax) juegan aleatoriamente con los formatos fílmicos, para dar al espectador la sensación de estar frente a una vieja película perdida y olvidada, como las tumbas saqueadas por los tombaroli. Sin lugar a dudas, La Quimera es una de las experiencias más estimulantes de la fantasía contemporánea, otro bucólico viaje a la peculiar y enigmática Italia de Alice Rohrwacher.
Estreno nacional: 11 de abril.
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