Por: Carlos Carrizales
Alex Garland se ha erigido como uno de los mejores aliados contemporáneos del cine de ciencia ficción. Desde su celebrado debut con Ex Machina (2014), su adaptación de Aniquilación (2018) y su interesante serie Devs (2020), logró construir una fama bien ganada como un realizador relevante. Luego, en un cambio de registro hacia lo surreal y el horror psico-corporal, hace un par de años entregó Men (2022), una metáfora incómoda y enrarecida acerca de la dominación masculina. Con Civil War (2024) vuelve a los linderos de la especulación, pero en clave sociológica, entrando a los terrenos de la distopía al fantasear con una guerra civil en Estados Unidos en una película ambigua; con imágenes espectaculares, aunque con menos sustancia de lo que parece.
En su nuevo largometraje, Garland sigue a un grupo de periodistas y fotoperiodistas que intentan cruzar un Estados Unidos asolado por una guerra civil que ha dividido el territorio del país. En ese clima social tenso, repleto de violencia y donde todos pueden ser enemigos, ellas y ellos intentarán llegar a Washington DC para entrevistar y fotografiar, quizás por última vez, al presidente de la nación.
Uno de los primeros puntos a destacar en lo nuevo del director inglés, es que, irónicamente, el conflicto político es poco más que un contexto que queda sin explorar. Nunca se menciona cabalmente cómo detonó esa guerra civil, ni todos los bandos que disputan y tampoco qué están buscando. Esto no tendría por qué ser necesariamente un conflicto o una carencia, si no fuera porque gran parte de su promoción, de sus escenas más conmocionantes y hasta su título se basan en este contexto que ni siquiera forma parte de la reflexión principal. A Garland le preocupa mucho menos reflexionar sobre cuestiones políticas o la polarización social que del valor social del periodismo, las problemáticas en torno a los encuadres mediáticos de un conflicto o incluso de la desensibilización hacia la muerte y la violencia.
A lo largo del metraje existen varias escenas violentas derivadas de esta guerra ciudadana en el país supuestamente más “democrático” de occidente. Personas colgadas de puentes, fosas repletas de cuerpos, militares armados custodiando carreteras, incursiones militares detalladas e inmersivas. Todas y cada una pensadas más desde la clave del thriller, del shock value, que de una sensibilidad crítica hacia la violencia. Y se entiende, pues Guerra Civil se instala en las coordenadas del cine comercial, a fin de cuentas. Esto no debería ser una razón para eximirla de lo cuestionable de sus representaciones (al contrario), pero en la práctica funciona así, y ese tratado va para otro espacio.
Lo que interesa destacar aquí es cómo ese modo de filmar la muerte y la destrucción parece nutrirse de una estética de la violencia que sabemos que abunda en otras partes del mundo y que, además, es una violencia muy real; pero, en la película de Garland, muchas veces parece que lo que vemos debería sorprendernos y apabullarnos sólo porque ocurre en suelo estadounidense. Como si esa fantasía local de apocalipsis bélico debiera tener resonancias afectivas en el espectador únicamente porque pasa (imaginariamente), en Estados Unidos.

Los cuerpos amontonados sólo son eso, también los cuerpos colgados, también las explosiones. Aparecen aquí y allá. Rara vez tienen un ápice de consciencia más allá de servir para recalcar un contexto de guerra despiadada; una guerra que, como carece de explicaciones y, por tanto, de razones, también carece de interés afectivo. La mentada “guerra civil” realmente no interesa tanto, pero busca impactar sólo porque ¿cómo va a pasar allá, en el norte, si esas imágenes son propias del sur (y del oriente)? Y rara vez va más allá de la mera fantasía de pensar cómo se vería una guerra actual en ese país.
Al margen de esto, Guerra Civil es, ante todo, un road trip con personajes que en su camino se topan con situaciones y gente que, como siempre ocurre en el género, los trastocan, llevándolos a una transformación que puede destruirlos o elevarlos a nuevos estadios. Los fotoperiodistas que seguimos son un grupo heterogéneo y, sin embargo, muy evidentes en su conformación como arquetipos: Lee Smith (Kirsten Dunst), una mítica fotoperiodista de guerra que se encuentra desencantada del mundo e insensibilizada hacia la violencia a fuerza de haber visto cosas horribles; Jessie (Cailee Spaeny) es el relevo generacional, una periodista joven que se cuela al viaje siguiendo los pasos de su heroína sin saber lo que le espera; Joel (Wagner Moura), quien entrevistará al presidente y va al viaje como si fuera a una aventura, y Sammy (Stephen McKinley), el periodista veterano, con la perspectiva de la “vieja escuela” que va en busca de una última exclusiva.
En cómo filma Alex Garland este viaje, en los momentos que decide destacar, en lo que decide omitir y las emociones que vierte en cada personaje, parece haber en el centro una reflexión sobre cómo se narra un conflicto social cuando tiene tantos encuadres posibles, tantas escenas de horror, tantas perspectivas. Hacia dónde se dirige un plano determinará lo que se puede decir sobre esta guerra ciudadana. En la búsqueda continua de estetizar lo grotesco, de acomodar cuerpos muertos para una composición fotográfica, se juegan cuestiones a varias bandas: una narrativa de múltiples interpretaciones; la sangre fría necesaria para desmarcarse del shock que debe producir la muerte; el arrojo y la alerta para estar en medio de un tiroteo; la búsqueda de la trascendencia profesional a pesar de la caída de la convivencia social “pacífica” y la implicación de jugarse el cuerpo para documentar, entre otras cosas.
Todo esto queda plasmado de forma correcta en Guerra Civil, aunque de forma un tanto ambigua. Lo cierto es que, tras la parafernalia de un montaje con un ritmo consistente e incesante cuando lo necesita, de un diseño sonoro de gran calidad y potente, y una narrativa clásica pero entretenida de seguir, no hay mucha sustancia: ni los personajes logran erigirse como figuras de cercanía, ni las situaciones llegan a imprimirse en la memoria una vez que pasan. Hay una cierta distancia que deviene en frialdad y una falta de posicionamiento pasmosa; no porque apelar al “centrismo” político o utilizar un conflicto político como contexto de una historia (y no como su centro) sea una falta o algo inválido, sino porque no parece ir hacia algún lado. La película adolece, en una última instancia, de contundencia, de sentido de dirección. No se ancla a algo, sino flota en un limbo de indeterminación que hasta es menos interesante que en Men donde, por lo menos, lo surrealista y lo extraño eran más honestos y evocadores.
Guerra Civil puede parecer, en este sentido, una película “pertinente” si es interpretada desde el contexto de polarización social exacerbada en Estados Unidos o desde sus intentos de reflexión sobre la violencia y la desensibilización. No obstante, a pesar de las celebraciones que ha obtenido, lo cierto es que a medida que avanza, parece irse vaciando cada vez más (como sus propios personajes) de algo grande qué decir.
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