La casa lobo: un cuento de horror político en Latinoamérica
Imagina cómo sería una película infantil producida al interior de una secta. Un cuento de hadas animado cuyo objetivo fuera adoctrinar a sus miembros para temer al exterior. Esta fue la idea inicial de Cristóbal León, Joaquín Cociña y Alejandra Moffat para La casa lobo (2018), el relato de una niña que intenta escapar por el bosque y vive una experiencia onírica en una casa con dos cerditos. A través de un stop motion experimental, la producción chilena logra construir una atmósfera inquietante que se nutre de los cuentos tradicionales, así como del contexto sociopolítico de la dictadura chilena.
El plano secuencia que engloba toda la película sigue la huida de María, quien encontró una casa para resguardarse del Lobo, amenaza constante que le recuerda la supuesta protección de su comunidad. La propia voz de María nos acompaña en la acción de los personajes, quienes sufren transformaciones inesperadas gracias a la animación que recurre a diversos materiales como pintura, papel maché, arcilla y marionetas. El relato en clave de cuento de hadas está basado en la experiencia de las víctimas de Colonia Dignidad, una secta alemana instalada en Chile desde 1961 a 2005, escenario de atrocidades de la mano de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) para fungir como centro de tortura y fábrica de armamento.

Había una vez un país, dentro de un país del cual nadie podía escapar
En la primera versión de Caperucita Roja (Charles Perrault), la protagonista tiene un final trágico devorada por el lobo, dando pie a la moraleja de no confiar en desconocidos. La versión más edulcorada de los hermanos Grimm concluye de manera positiva gracias al heroísmo del cazador, quien salva a Caperucita y a la abuela. Por su parte, La casa lobo retoma estos personajes para resignificarlos —igual que a su moraleja— en el contexto de Colonia Dignidad.
Según el propio Joaquín Cociña, la película puede analizarse en distintas capas. Una de ellas es la narrativa, en la que es evidente su relación con el cuento de hadas. En entrevista, Cociña comenta que los relatos de este género funcionan como “maquetas del mundo real” con las que se pueden crear metáforas sin hacer referencia directa al objeto. Esta resignificación se acerca más a la versión oscura de Perrault. En La Casa Lobo, María (Caperucita) huye del lugar donde el Lobo la mantiene cautiva y dominada, y se resguarda en una casa. Dentro, la voz siniestra del Lobo intenta convencerla de que es mejor regresar, porque allá está segura y será feliz.
En la casa se desenvuelve otra de las capas de análisis que señala el director: su inclinación a lo onírico. María vive una pesadilla en la soledad del bosque. Encuentra sólo la compañía de dos cerdos a los que posteriormente transforma en niños y los nombra Pedro y Ana. Desde su aparición, la cinta vira hacia lo que parecen ser las ensoñaciones de una niña perdida, quien encuentra en el juego un bálsamo para su temor. El delirio de María la lleva a desplegar su imaginación dentro de la casa vacía; es aquí donde la otra capa mencionada por Cociña cobra relevancia: la técnica.

Las fantasías de la protagonista se tornan ominosas cuando observamos las diferentes materialidades por las que pasan los objetos y personajes. De estar en tres dimensiones y hechos de papel pasan a ser pinturas en los muros, luego, son una sola cabeza gigante o un rostro separado en distintos retratos de la pared. Sus cuerpos nunca están completos ni estables, siempre en movimiento, en constante transformación. Pareciera que la película está en proceso, inacabada. Alejandra Moffat menciona sobre esto: “la inquietud y el terror tienen que ver con la construcción del no control”, pues las metamorfosis inesperadas de los materiales contribuyen decisivamente en la creación de la atmósfera de horror.
El horror político latinoamericano
En una entrevista para Fundación Antenna, Joaquín Cociña explica: “la idea del terror en Latinoamérica, y puntualmente en Chile, está asociada a lo político”. Así llegamos a la cuarta capa de análisis de La casa lobo: su dimensión política. En un juego de metaficción, el prólogo nos presenta la vida en Colonia Dignidad narrada por un pastor de la comunidad, quien también nos indica que la cinta fue rescatada del archivo de la colonia y restaurada por los propios directores León y Cociña. Este es el vínculo más evidente con la realidad, sin hacer ninguna referencia a los horrores sucedidos dentro de la secta.
El comentario de Cociña es acertado cuando pensamos en el contexto mexicano y nuestra filmografía, como es el caso de Rojo Amanecer (Jorge Fons, 1989) o Canoa (Felipe Cazals, 1976). Como en la cinta chilena, ambas toman como punto de partida un hecho histórico abordado desde distintas perspectivas; sobre todo, también rozan el género del terror al situar a sus personajes en las circunstancias violentas del acontecimiento: las masacres de Tlatelolco y San Miguel Canoa en 1968, respectivamente.
En el caso de La casa lobo, la historia se deriva del predicador Paul Schäfer, líder de Colonia Dignidad y responsable de llevar a sus seguidores de Alemania a Chile con el propósito de formar una granja modelo y vivir una vida religiosa, pacífica y altruista. Dentro del predio donde levantó la comunidad construyeron un hospital y una escuela para apoyar a los habitantes de los alrededores. También comenzaron a producir alimentos y criar animales. Sin embargo, esta era sólo la fachada para esconder las atrocidades de Schäfer y sus vínculos con la política represora del país. El líder moldeó una microsociedad con un sistema de vigilancia total, disciplina y coacción. Según Hevia y Stehle:
«se practicó un control absoluto de los cuerpos y almas, una colonización de todos los ámbitos de la vida humana. Se dividió a las familias, separando a hombres, mujeres y niños. El control y la prohibición de la sexualidad fueron la herramienta para subordinar a sus seguidores hasta en sus espacios más íntimos. Niños y niñas eran ‘tratados’ brutalmente con electrochoques, inyecciones y golpizas para ‘expulsarles el diablo’ y suprimir su deseo sexual. Muchos quedaron infértiles y marcados de por vida por estas torturas».
Además del trabajo forzado, Schäfer también aprovechó este dominio para cometer abusos sexuales a niños y jóvenes de la comunidad.

El Lobo que acecha a María tiene acento alemán porque es una transfiguración de Schäfer, la voz seductora intentando convencer a la niña de regresar a la Colonia. Aquí es donde esta nueva Caperucita tiene un final diferente al de Perrault. El Lobo no devora a María; en cambio, ella es la que acude a él para salvarse de Pedro y Ana, quienes intentan comerla. “Y soplar y soplar y tu sonrisa dibujar”, dice el Lobo. En esta versión chilena del cuento de hadas Caperucita vuelve a donde el Lobo la tenía cautiva porque sabe que no puede cuidar de sí misma sin su protección. “Necesito que alguien me cuide permanentemente. No puedo yo sola”, suplica María. Y el Lobo la lleva de regreso para que pueda servir a la colonia.
La casa lobo se inscribe en la tradición del cuento de hadas y a la vez continúa la veta del horror político latinoamericano, como lo menciona su director. Desde la animación propone una estética alejada del stop motion contemporáneo y opta por una técnica más cercana a la de Jan Švankmajer o Walerian Borowczyk, trabajo fundamental para la creación de la atmósfera que aproxima a la cinta al género del terror. León y Cociña logran construir una amalgama interesante entre el género y la propuesta estética para contar un fragmento trágico de la memoria histórica chilena.
La casa lobo está disponible en Filmin
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Édgar Rodríguez López Ver todo
Édgar Rodríguez López (Chihuahua, 1997). Ha publicado cuento y ensayo en revistas digitales como Marabunta, La Colmena, Tintero Blanco y Tenso Diagonal. Admirador de lo fantástico y las historias de la infancia.
Instagram: @edgaryep
La vi en un festival de cine hace unos años, es muy buena, pero no para cualquier público.