El sabor de la vida: el amor como postre sin final
En El sabor de la vida Trần Anh Hùng construye una conexión sublime entre el romance y la experiencia gastronómica, aportando una mirada sensual al trabajo entre hornos.
Tras asistir al copioso banquete de un príncipe, “el Napoleón de los gourmets” Dodin Bouffant (Benoît Magimel) planea contraatacar a su anfitrión con un discreto pot-au-feu (cocido de res) que dé gala de las dotes gastronómicas de su cocinera Eugénie (Juliette Binoche). Lamentablemente, la artista culinaria comienza a tener síntomas de una desconocida enfermedad, afección que despierta en Dodin el deseo de formalizar su relación con Eugénie.
La originalidad es un criterio importante en la valoración del arte; no obstante, dicha virtud es banalmente confundida con su acepción de “novedad” o “particularidad”, cuando se trata de una cuestión performativa que involucra la “gracia” y autenticidad del artista como individuo. Los primeros minutos de El sabor de la vida (La passion de Dodin Bouffant, 2023) parecen simples escenas costumbristas en la cocina y el comedor de Bouffant, pero en realidad presenciamos el “examen” de la pequeña Pauline (Bonnie Chagneau-Ravoire), para descubrir si la niña tiene el talento necesario para recibir el adiestramiento de Eugénie; una secuencia que nos remite directamente al argumento de El olor de la papaya verde (1993).
La adaptación de Trần Anh Hùng es apenas el inicio de la novela de Marcel Rouff (El epicúreo apasionado, 1924), la cual arranca con el luto de Bouffant por la muerte de su cocinera personal. Tal variación del texto le permite al cineasta aportar una perspectiva más sentimental del clásico literario, muy diferente a la cómica competencia del protagonista contra el “Príncipe de Eurasia” por la posesión de la talentosa cocinera Adèle Pidou, personaje que sólo se menciona al final del largometraje. En cambio, El sabor de la vida es una película sobre lo irrepetible, las experiencias únicas y lo efímero del placer verdadero.
Mientras en el libro Eugénie es olvidada cuando llega su relevo a la cocina del aristócrata, la versión de Juliette Binoche es una artista sin reemplazo posible y cuya existencia y talento es prácticamente el corazón de ese pot au feu que protagoniza la novela de Rouff. Si bien la comida es (por sí sola) el atractivo visual del filme, Trần Anh Hùng construye una conexión sublime entre el romance y la experiencia gastronómica, aportando una mirada sensual al trabajo entre hornos, particularmente en la secuencia donde el realizador remata una cena con la bellísima (e inolvidable) analogía entre una pera escalfada y el cuerpo desnudo de Binoche. Detalles visuales que convierten al filme en una suculenta e inesperada feel-good-movie.

No obstante, a ese derroche de dulzura sobreviene un amargo desenlace anticipado por la novela, el cual trastoca la fotografía de Jonathan Ricquebourg (Earwig), volviéndose cromáticamente sensible al dolor de Dodin Bouffant. La iluminación remarca de forma metafórica las estaciones que tanto mencionan los protagonistas en sus diálogos, estableciendo una elegante alusión sobre los ciclos en la vida, tópico central en la filmografía del director. La presencia de la pequeña e inexperta Pauline al inicio y al final de la película (con dos importantes secuencias complementarias) es lo más brillante de El sabor de la vida, porque simboliza la promesa de nuevos tiempos.
Trần Anh Hùng no dirige otra curiosidad cinematográfica para los aficionados de la alta cocina; la película es la recreación de un momento específico de la historia francesa, cuando los cocineros empezaron a adquirir el prestigio que ahora les otorgan las estrellas Michelin. El chef Pierre Gagnaire (director culinario del filme, con un cameo como cocinero del príncipe) y el historiador Patrick Rambourg seleccionaron platillos que ejemplifican el período de transición entre la muerte de Antonin Carême (representado con ese gran volován relleno de mariscos) y la aparición de Auguste Escoffie en la gastronomía moderna, ilustrando maravillosamente la evolución de los abundantes festines de la burguesía al minimalismo contemporáneo.
Aunque el director afirma que este proyecto no tiene trasfondo social, es imposible ignorar cómo el argumento gira en torno al vínculo entre la alta cocina y el privilegio. Así como en El festín de Babette (1987) el personaje de Stéphane Audran amplía el paladar de la comunidad luterana mediante el maximalismo de un gran banquete, Dodin Bouffant intenta demostrar con un platillo casero que las virtudes de la cocina francesa no se encuentran en su fastuosidad. Ambos largometrajes llegan a un punto: la experiencia gourmet no depende del lugar, el tipo de comensales, ni los recursos, sino del talento y la experiencia del artífice. Cualquier ostentación de lujo no es garantía de excelencia.
El choque entre egos masculinos del libro es sustituido por la comunión de dos almas compartiendo el mismo amor por los sabores. Es hermoso cómo Binoche y Magimel representan a la perfección esa dualidad de temperamentos creativos: ella domina los sabores de manera intuitiva, mientras él experimenta desde el caos. Formidable mancuerna interpretativa que no necesita de complejos diálogos para transmitir al espectador la ternura de una pareja que puede convertir el otoño en primavera. El sabor de la vida es la mejor película del cineasta desde Pleno verano (The Vertical Ray of the Sun, 2000); un milagro cinematográfico que nos recuerda que no basta con filmar tomas preciosistas de comida para lograr obras maestras sobre el arte gastronómico, también se requiere sensibilidad poética, sensibilidad que Trần Anh Hùng tiene de sobra.
El sabor de la vida llega a cines de México el 28 de marzo
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