Zona de interés: el compartido descenso a la oscuridad
Jonathan Glazer construye Zona de interés a partir de una propuesta pausada en ritmo y sosegada, aunque fuerte en su dimensión simbólica y temática.
Por: Carlos Carrizales
La Segunda Guerra Mundial ha sido retomada por el cine en múltiples ocasiones para recalcar lo poderosamente compleja y brutal que puede ser la humanidad. Como periodo histórico, ha provisto un marco de situación y de referencia para historias acerca de proyectos políticos problemáticos (La ola, Gansel, 2008), del devenir de la violencia y la crueldad (Ven y mira, Klimov, 1985), de la insensatez y la futilidad de la guerra (Sin novedad en el frente, Milestone, 1930; Berger, 2022), de las relaciones humanas en contextos bélicos (La lista de Schindler, Spielberg, 1994; The reader, Daldry, 2008) o hasta del heroísmo y la excepcionalidad (Greyhound, Schneider, 2020; Hasta el último hombre, Gibson, 2016). No obstante, no son muchas las propuestas que hablen acerca del punto de vista de quienes, por diversas razones, estuvieron de acuerdo o participaron activamente de un proyecto político y social basado en el supremacismo, el racismo y la exclusión.
Jonathan Glazer (Under the skin, 2014) apunta a esa dirección con su película Zona de interés (2023), en la que retrata la vida cotidiana de la familia Höss, cuyo padre de familia, Rudolf, es comandante de Auschwitz durante el Holocausto. La particularidad de la situación, además de la siniestra razón obvia, es que su casa, con un jardín idílico, se encuentra justo a un lado del campo de concentración, incluso compartiendo el mismo muro en uno de sus lados, por lo que la convivencia familiar y sus conflictos cotidianos suceden exactamente junto a uno de los eventos más catastróficos de la modernidad.
La película, basada en el libro homónimo de Martin Amis que a su vez retoma el caso real de la familia Höss, se desliza con una trama apenas apuntalada. El conflicto principal se basa en que la burocracia nazi trasladará a Rudolf a otro puesto, a lo que su esposa, Hedwig, reacciona molesta, pues en Auschwitz han creado una familia y un proyecto de vida armónico. No obstante, Zona de interés depende más, en su forma, de la contemplación que de la narrativa. Siguiendo el tono de su anterior filme, Jonathan Glazer construye su obra a partir de una propuesta pausada en ritmo y sosegada, aunque fuerte en su dimensión simbólica y temática. A las imágenes de esta familia en su tranquila vida (en la que se preguntan de vez en cuando qué habrá sucedido con una vecina judía o en la que el padre discute con sus subordinados el funcionamiento de una nueva cámara de gas, cuántas “unidades” exterminará y cómo se desharán de ellas) de vez en cuando las interrumpen sonidos graves y fuertes, como evocando la maquinaria de muerte que funciona con su supervisión, el ruido discordante de lo maligno que se está gestando a un lado de su casa. En otros momentos, la pantalla se pinta de un rojo intenso, sacudiendo lo estático, o el humo consume el rostro de Rudolf mientras mira hacia fuera del cuadro una ejecución.
Glazer opta por un estilo visual que remarca la separación. En toda la película no hay (o son muy pocos) los planos cerrados, los close up, los planos detalle. En cambio, se privilegia siempre el plano general, los medios planos, algunos travellings que sugieren la estructura y el largo del jardín de la casa, del muro del campo de concentración, de las mesas donde se reúnen los funcionarios del nazismo para discutir los pormenores técnicos del exterminio y la gestión de los campos. Además, no son pocos los planos picados que recalcan las asimetrías, lo que se pone enfrente, así como subrayan una vista con cierta lejanía. Con todo esto, podríamos decir que, si fuera un texto escrito, Zona de interés estaría redactada en tercera persona. La idea es el panorama, la generalización, el espacio entre las construcciones, los objetos, las personas, tener constancia de a cuántos pasos están, de dónde a dónde se hablan. Y con ello, se funda una propuesta simbólica sobre la distancia, que se vuelve temática profunda del filme al recalcar, por un lado, lo que está separado, aunque sea por poco (la casa del campo de concentración, la familia idílica del exterminio, lo cotidiano de un horror excepcional) y, por otro lado, lo que está sospechosamente cerca, que precisa una profundización de lectura.

Lo que vemos en Zona de interés va más allá de un retrato sobre la indiferencia hacia lo violento o la banalidad del mal, temas que forman parte de la propuesta de Glazer, pero que se funden para aumentar la escala y la complejidad en una radiografía de un modo de vivir en sociedad. El estilo de vida de esta familia es la forma de convivencia que se buscaba en el proyecto político del Tercer Reich, tal como el personaje de Sandra Hüller lo afirma: “vivimos tal como él (Hitler) quiere que vivamos”. Familias nucleares estructuradas en torno a roles de género clásicos, lazos amistosos basados en la unificación ideológica y el vivir aristocrático, etcétera. El director nos invita a observar a la familia típica e ideal del nazismo y lo cierto es que, en lo que vemos, distan de ser monstruos repletos de crueldad o de vicios de brutalidad; se parecen más a cualquier núcleo típicamente funcional y adaptado a sus tiempos: cuidan su jardín, piensan en el futuro de sus hijos, tienen tardes de té con las vecinas, resisten los cambios en sus rutinas, se apropian afectivamente de su hogar, se preocupan por su puesto de trabajo. ¿En qué difiere todo esto de la propuesta de familia que seguimos viendo actualmente o que fuerzas políticas y amplios sectores sociales conservadores añoran en sus discursos y defienden en su círculo social más íntimo? ¿Cuánta distancia simbólica y social existe entre ellos y las formas de existencia que persisten hoy?
Ante nuestra mirada se despliegan los pormenores del ejemplo de familia más depurado, el tipo ideal que se buscaba forjar con ese proyecto de nación. Si la familia Höss nos parece actualmente insensible y monstruosa, es sólo por la distancia temporal y emocional ante el evento del que hoy conocemos detalles y generalidades (es lo que nos separa). Sin embargo, el director decide utilizarlos para hacer un comentario acerca de la normalización y de todo lo que sustenta ciertas posiciones y lecturas morales en un momento histórico determinado. Así, nos recuerda que las personas que vivieron y se adaptaron al régimen Nazi fueron sujetos plenamente ajustados a los tiempos que les tocó vivir. Tiempos en los que se buscó justificar y aceptar moralmente que una parte de la población fuera segregada y exterminada, mientras aquellos que sí eran los elegidos, los que sí cumplían con los criterios artificiales y arbitrarios propuestos por el nuevo régimen, vivían en paz y sin culpas, conviviendo con la brutalidad a un lado, literalmente. Los Höss no fueron monstruos, sino todo lo contrario: fueron las personas más cercanas a la concepción de lo “normal” de esa sociedad.
El epílogo es un momento de montaje propositivo y significados ricos en interpretación (algunos, podrían decirse, hasta distorsionados) que quizás subrayan justamente esas formas sociales de convivencia que persisten y a las que se les da continuidad, aún a años de distancia. En un breve pero desconcertante salto al presente, vemos las imágenes de Auschwitz, ya convertido en museo de la memoria, mientras es limpiado para ser abierto al público. Las personas encargadas de la limpieza pasan trapos y aspiradoras de la forma más cotidiana de hacer, a muros de cristal que contienen miles de prendas de los miles de judíos asesinados en esos muros. La acción es tan mecánica, los ojos pasan tan sin ver lo que hay detrás, que es como si la inacción y la “indiferencia” de los Höss se reprodujera en otro tiempo. Y es cuando podemos percatarnos que es una forma particular de existencia y convivencia social de la que no nos podemos librar o que nos empeñamos en reproducir (es lo que nos une). Que se trata de un descenso a la oscuridad que, peligrosamente, compartimos como humanidad.
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