Judas y el mesías negro: un pedazo de historia olvidada

Por: Eduardo Carrasco Díaz (@drfarabeuf)

Los años sesenta y setenta fueron décadas convulsas para los Estados Unidos. Tensiones políticas, represión y violencia desmedida trajeron consigo movimientos sociales que reclamaron justicia social para los más desfavorecidos. Uno de los grupos que tuvo participación activa en ese contexto fueron las “Panteras negras”, colectivo revolucionario que pugnaba por los derechos de los afroamericanos.

En esa realidad se inserta Judas y el mesías negro, una película basada en hechos reales que narra la historia trágica de Fred Hampton, líder de las panteras en Chicago. Dirigida por Shaka King, la cinta explora también la infiltración de William O´Neal en esa organización política para revelar al FBI información que le permitiera acabar con el liderazgo de Hampton, quien fue considerado una amenaza de Estado por el gobierno norteamericano.

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Contundente en su narrativa audiovisual, pero también en su forma de exponer los hechos, este largometraje mete de lleno al espectador en lo vertiginoso de los tiempos que relata, al presentar en su inicio material fílmico del archivo audiovisual de Chicago y algunas tomas del documental Black Panthers que realizó Agnés Varda en 1968. El objetivo de Sasha King es exhibir el discurso exaltado y combativo que enarbolaron los distintos líderes para reclamar el fin del racismo sistémico. Asimismo, esas escenas dejan ver la tradición revolucionaria de la cual es heredero Fred Hampton como dirigente político. Una tradición que revela a grandes oradores y luchadores sociales.

Definido ya el tono que tendrá la película, el público será testigo de los diferentes momentos que vivió este líder político hasta llegar a su triste desenlace. Cabe mencionar que gran parte de los aciertos de la película residen en las actuaciones de Daniel Kaluuya (Fred Hampton) y Lakeith Stanfield (William O´Neal), actores nominados a los premios Oscar en la edición 2021. A partir de ellos, se genera un juego dual en donde vemos el crecimiento de un líder político, con sus discursos retóricos y las dudas de un individuo que sirve como agente encubierto del FBI. En el primero se ve el convencimiento por conseguir un cambio social, mientras que en el segundo se observa la cuasi paranoia por salvarse de la cárcel y el ambivalente cinismo al traicionar a su propia raza.

Dignos de mencionar también son los actores Dominique Fishback (Deborah Johnson) y Jesse Plemons (Roy Mitchell), quienes cuestionan o coaccionan las decisiones de Hampton y O´Neal, respectivamente. Todos estos individuos, desde la visión de Sasha King, sufren los embates de un poder complejo que se resiste al cambio y está dispuesto ha realizar todo lo necesario para mantener su hegemonía.

Esta tensión dramática que existe todo el tiempo se puede resumir en una escena fenomenal que sucede cuando Hampton da un discurso en honor a un compañero asesinado por policías de la localidad. En esa escena, se ve no sólo el talento de King como cineasta—su cámara transita por todos los protagonistas para mostrarnos su estado mental— sino que también atestiguamos el conflicto de intereses que hay en los personajes que intervienen.

Ahora bien, el cine visto como metáfora de los tiempos que vivimos deja en claro que a este largometraje se le puede dar una lectura política y relacionarla con el Blacks Live Matter. De hecho, la crítica Elsa Fernández Santos de El País piensa que el trabajo de Sasha King es la película que merecía ese movimiento. Esto por la potencia discursiva que se muestra en pantalla al momento de hablar de la violencia que hay hacía la comunidad afroestadounidense. También, algunos análisis menos reflexivos apuntan a decir que el trabajo King destaca porque demuestra que los problemas raciales no han cambiado desde hace más de 50 años.

Sin embargo, la valía de Judas y el mesías negro radica en poner ante las nuevas audiencias un pedazo de historia olvidada. Una historia que merece ser rescatada para revelar cuáles son los caminos por donde se ha bifurcado la lucha por acabar con el racismo. Otro punto a favor de la producción es que pone sobre la mesa una nueva arista sobre las “Panteras negras”, grupo estigmatizado durante años como radical y violento. Situación que abona mucho a la discusión que busca revisar la manera en cómo se representan cinematográficamente las luchas políticas y sus líderes.

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