‘Las brujas’ de Robert Zemeckis: una película desganado y tímido

Parece que la fiebre de readaptaciones se ha vuelto un género en sí mismo;  impulsadas mayormente por Hollywood, cuyas razones para producirlas son innumerables, aunque no podemos negar que la cuestión monetaria es sin duda una de las principales.

Por supuesto existen algunas excepciones; largometrajes en los que se nota una propuesta de estructura tanto dramática como visual, dirigida por la visión de quien logra abordar la obra desde un nuevo ángulo. Pero ¿qué pasa cuando el pretexto para revisitarlos se enfoca sólo en mostrar un desfile de trucos digitales? La película se vuelve una propuesta desequilibrada y vacía, justo como la nueva adaptación de Las brujas (Robert Zemeckis, 2020).

La nueva versión sobre la novela infantil de Roald Dahl – adaptación tímida e insípida coescrita por Kenya Barris y Guillermo del Toro– se ubica en los Estados Unidos alrededor de 1968 y cuenta la historia de un pequeño niño (Jazhir Bruno) quien tras quedarse huérfano a causa de un accidente automovilístico en el que viajaban sus padres, tendrá que vivir con su abuela (Octavia Spencer) en Demopolis, un pueblo perteneciente al estado de Alabama. Luego del dolor por la pérdida de sus seres queridos, ambos protagonistas huyen a un lujoso hotel con el propósito de protegerse en contra de las brujas que rondan su alrededor. Para su mala fortuna, en su intento por alejarse se enfrentará con ellas cara a cara.

Zemeckis (Volver al futuro) contextualiza a sus dos héroes afroamericanos dentro del ambiente de lucha racial y de protesta que se respiraba hacia finales de los años 60 a lo largo del país americano. El propósito: acercar un poco la conversación hacia la segregación y el racismo; un tema que resulta vigente para la sociedad estadounidense. Sin embargo, la premisa se vuelve ambigua a lo largo de su desarrollo debido al escaso desarrollo de personajes y sus motivaciones.

En algún momento de la película, la abuela del protagonista le explica al pequeño que las brujas sólo acechan a los “pobres y desprotegidos” (ellos pertenecen a la segunda categoría) y de ahí la razón principal de ocupar como refugio las estancias de un lujoso hotel al lado de la playa. La decisión, además de ilógica porque en ningún momento se dan indicios sobre dicha teoría, prontamente es refutada por las acciones de La gran bruja quien, al igual que su predecesora, comienza con su plan para exterminar a todos los niños sin excepción.

Aquel planteamiento sobre las minorías en peligro está plasmado como un simple comentario sin repercusiones futuras; decisiones que por lo indeciso del tratamiento dramático se quedan en la superficie y se desdibujan hacia el desenlace.

Con un guion inverosímil y atiborrado de diálogos que explican la trama, la adaptación moderna del clásico de 1990 responde al empleo de las tecnologías cada vez más avanzadas en la industria cinematográfica,  las que tanta atención de los estudios le han significado a directores como Jon Favreau (El rey león). Zemeckis prefiere gastar el tiempo en pantalla con secuencias como la de los ratones intentando tocar el timbre; imágenes que detienen la trama para mostrarle al espectador los trucos que se pueden realizar con la magia del CGI. En lugar de ser herramientas complementarias, los efectos por computadora son el bastión que apenas sostiene a la película.

Ni siquiera la dirección del cineasta pudo hacer más por el largometraje. A diferencia de su versión anterior donde la cámara invadía el rostro de las brujas con planos cerrados y cenitales para incomodarnos, en esta versión “moderna” la fotografía decide mantenerse lejana, y tímida en mostrar demasiada violencia (ni siquiera un poco de sangre cuando los personajes están lastimados).

Cuando François Truffaut en su libro El placer de la mirada (1987) menciona los remakes que a lo largo de la historia se han realizado –primero de las películas mudas aprovechando el sonido o de las cintas en blanco y negro a color– acota, a manera de predicción, que en cada nueva invención “el cine pierde en poesía lo que gana en inteligencia; pierde en misterio lo que gana en realismo”. Las brujas es un ejemplo de ello.

Nunca sabremos el motivo de los productores para apostar por una nueva adaptación de la novela después de Las brujas (Nicolas Roeg, 1990) versión terrorífica y bien lograda interpretada por Anjelica Huston (Los locos Adams). Quizá las ganas por implementar los recursos digitales sean innegables, pero, a cambio se sacrificó el terror y la fuerza de la fábula que, hasta la fecha e incluso con los pocos recursos digitales de ese entonces, sigue manteniendo la película de Roeg.

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