El juicio de los 7 de Chicago: la visión ajena de Aaron Sorkin

Aaron Sorkin ha destacado en la voraz industria de Hollywood por su herramienta mejor pulida: una pluma capaz de lanzar inteligentes y agudos diálogos que no se pierden del punto principal de la trama. Y en buena medida, el reconocimiento a sus guiones está acompañado de las sólidas mancuernas que ha formado con renombrados directores como David Fincher o Danny Boyle, cuya influencia del primero fue más que evidente en Molly’s Game (2017), incursión del guionista como director.

El juicio de los 7 de Chicago, el segundo largometraje con Sorkin como director, se destaca precisamente por los interesantes diálogos que lucen por el sello de su autor. Sus carismáticos personajes más que conversar, tienen duelos de esgrima verbal donde abundan astutos remates, incluso si se encuentran en un pesado momento de crisis, parece que todos sus personajes tienen alguna frase ingeniosa que los dejará bien parados. Este tipo de diálogos resultan tremendamente útiles por el enfoque que el filme apremia: la brutal faena de los abogados William Kunstler y  Weinglass (interpretados por un sobervio Mark Rylance y un sereno Ben Shenkman), pues como hemos visto en trabajos anteriores del guionista, el terreno jurídico es uno donde se desenvuelve con maestría. Y en este caso particular, las dinámicas entre los personajes, junto a un montaje ágil, dotan de un estupendo ritmo a la película que sostiene un efusivo tono esperanzador que se mantiene en sus 129 minutos.

Probablemente veremos a varios de los miembros de su elenco llevarse prestigiosos galardones en el futuro. La gran mayoría de sus actores tienen una participación memorable en la pantalla. Los más evidentes serían el comediante británico Sacha Baron Cohen y el ganador del premio Oscar Eddie Redmayne, pues sus respectivos personajes: el cofundador de los Yippies, Abbie Hoffman, y el cofundador de la SDS, Tom Hayden. Incluso, los personajes encajan de alguna manera con la personalidad mediática de sus intérpretes. Vaya, se entiende el porqué fueron escogidos especialmente para estos papeles.

Actuaciones geniales realzadas por ingeniosos diálogos, elementos ideales para una brillante puesta en escena en términos teatrales. El Sorkin dramaturgo se luce mientras que el Sorkin cineasta, lamentablemente, cojea por una puesta en cámara carente de personalidad. Más allá de composiciones formales y agradables tonos cálidos, las imágenes del cinefotógrafo Phedon Papamichael hacen poco más que observar y seguir a los personajes. Como resultado, tenemos una sensación de distancia al drama y, por lo tanto, parece poco más que una anécdota interesante para sus espectadores.

Y es que el mayor defecto de El juicio de los 7 de Chicago no es una sosa fotografía, este sería más bien resultado de una visión ajena y poco interesada en las heterogéneas ideas políticas de los movimientos juveniles de finales de los años 60. Para ser un trabajo que se plantea como homenaje a la defensa por las causas justas, se contiene dentro de la rectitud de un estilo más preocupado en sonar bien que en ser políticamente sustancial.

El posicionamiento más importante del filme es hacerse a un lado ante el caso de Bobby Seale (excelsamente interpretado por un centrado y enérgico Yahya Abdul-Mateen II), cofundador de las panteras negras que se le negó el derecho a representarse a sí mismo y repetidamente dejó en claro su inconformidad ante ello. Sorkin se limita a recrear uno de los momentos más desgarradores en la serie de juicios del 69 (y que inevitablemente hace eco de los recientes abusos de la policia con tintes raciales), rememora también por medio de fotografías el horrible asesinato del otro cofundador de las panteras y colega de Seale, Huey Newton. Finalmente, con una importante conversación entre Seale y los abogados William Kustler y Leonard Winglass, la película se manifiesta incapaz de comprender ésta lucha en particular, así que lo mejor que puede hacer es respetarla sin intervenir, despojándose de cualquier actitud condescendiente o paternalista.

Por otro lado, el conflicto principal se resuelve una vez que el irreverente Abbie Hoffman y el serio Tom Hayden enmiendan diferencias ideológicas y reconocen las capacidades del otro. Con la intensión de dar un mensaje de unidad en un momento de agitadas tensiones políticas para una sociedad estadounidense próxima a votar, Sorkin termina reduciendo las heterogéneas visiones políticas de los movimientos juveniles de los 60 en la visión que busca cambios desde el sistema, contrariada a la que busca cambiar el sistema mismo, pero sin conocer más que un pedazo de la superficie de ambos. Y que el clímax de esta relación —por tanto del filme— se concentre en el uso de pronombres en un discurso, banaliza el trasfondo de las causas que llevaron a tan diversos grupos de resistencia a alzar la voz.

El juicio de los 7 de Chicago parece deshacerse de la naturaleza contestataria de los hechos en que se basa, para así regodearse cómodamente en un fraternal tono patriótico que reprueba las insanas estrategias bélicas de un gobierno podrido por un conservadurismo paranoico. Al hacer a un lado aspectos y cuestionamientos sumamente significativos para el contexto en que se sitúa la historia, deja en claro que está más interesado en rememorar desde la nostalgia que en una revalorización de la protesta.

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