La pintora y el ladrón: cautivador encuentro de dos almas rotas

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

El documental inicia en 2015, con el robo de dos pinturas en la Galería Nobel (Noruega). Durante la audiencia en la corte, Barbora Kysilkova (la autora de las obras desaparecidas) le pide a Karl Bertil-Nordland (uno de los ladrones) que sea su modelo para un retrato. La relación modelo-artista se va transformando en amistad; ambos comparten cualidades: sensibilidad particular para apreciar la belleza y un inevitable impulso autodestructivo. 

Más allá de la gran historia de amor, Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019) buscó reivindicar el rol de las/los modelos en la producción artística; para Sciamma, es posible encontrar en la interacción entre musa y creador el germen de la poesía misma. La pintora y el ladrón (2020) ahonda en los mismos territorios temáticos, pero desde una mirada aún más intensa. Mientras avanza el metraje, la audiencia podrá sentir que el tono documental (con su distancia verista característica) va desapareciendo para abrir paso a una narrativa tan sensible y entrañable, que ni la ficción mejor escrita podría lograr.

Existen obras maestras indiscutibles sobre el proceso creativo –como El sol del membrillo (Víctor Erice, 1992)–, pero todas terminan cayendo irremediablemente en la visión esnobista del quehacer poético. El trabajo de Benjamin Ree (director del documental) da la vuelta a esa condición de elitismo artístico al exponer de igual manera las crisis y miedos de la creadora y el modelo. La película se trata de un doble journey en direcciones opuestas. Si bien al principio pareciera ser Bertil-Nordland el “personaje” al límite, más adelante la pintora se nos revela como la verdadera presa de su condición vulnerable, sin muchas oportunidades para exponer su obra y dependiendo de un mecenas/novio (algo celoso) que financia la estancia en Oslo.  

Benjamin Ree siguió a la pareja durante tres años, atraído por la investigación sobre un par de ladrones que consiguieron desmontar dos lienzos de sus bastidores en pocos minutos, con la destreza y delicadeza del criminal más experimentado. El verdadero plot twist de la no-ficción es descubrir que el atraco no tuvo fines económicos, sino que fue consecuencia de un golpe de fruición estética ocasionado por narcóticos. Rompiendo clichés, lentamente se muestra a Bertil como un hombre sensible, carismático, fallidamente altruista y con un pasado difícil (el cual jamás se esclarece por completo, evitando el voyerismo lacrimógeno). La personalidad del hombre se va convirtiendo en una obsesión para la pintora, en gran medida, porque ella reconoce sus propias heridas emocionales en cada tatuaje y marca en el cuerpo de Bertil.

¿Recuerdan la perorata del artista de Odd Man Out (Carol Reed, 1947), enloquecido por la idea de capturar el sufrimiento? Pues este documental hace el mismo cuestionamiento hacia la responsabilidad del artista sobre su modelo, debido al “riesgo emocional” de involucrarse con fines “artísticos” sin asumir la responsabilidad de ayudarlo. Constantemente se aborda la vulnerabilidad de Bertil, al sentirse un florero intercambiable por un  canasto de frutas; “pensé que ella quería exponerme”, menciona él sobre sus reservas hacia la pintora, ya que el principal motivo para participar en el documental fue su deuda moral hacia Barbora. A lo largo del documental vemos el crecimiento ético de Kysilkova, quien pasa de ser “la niña jugando en la carretera” a una persona empática y solidaria con aquel hombre en caos.

El montaje (de una elegancia y pulcritud hipnótica) gira en torno a la “doble perspectiva”. La película alterna los mismos hechos desde las miradas de ambos personajes; sin embargo, dicha división no se trata de una simple exposición de versiones, más bien es un pretexto para saber qué opina el uno del otro. Conocer a Barbora en palabras de Bertil, y viceversa, brinda mayor profundidad a la narrativa fragmentada de Ree; no sólo es una exposición anecdótica, la película se siente como una exploración íntima en el alma de dos seres tocando fondo.

El fotorrealismo (corriente pictórica y plástica cuestionada) adquiere una dimensión poética que envuelve todo el documental, pues las pinturas de Barbora no son reproducciones fieles de la realidad, sino alteraciones simbólicas de sus propias emociones. La pintura que cierra el filme (en un brutal plano conclusivo) resume en bellísima síntesis todo el concepto del documental. Benjamin Ree (quien comenzó la grabación a partir del cuarto encuentro) consiguió una obra monumental sobre la redención personal y la atracción hacia la imperfección humana. La pintora y el ladrón (2020) es uno de esos documentales imposibles que remueven las emociones de cualquier espectador, seas o no cercano al mundo del arte. 

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