Pienso en el final: una experiencia avasalladora y agobiante

Charlie Kaufman es uno de los guionistas más reconocidos en activo. Ha escrito cintas multireferidas como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), El ladrón de orquídeas (2002) y ¿Quieres ser John Malkovich? (1999), por decir algunas, pero también es director. Extrañamente, esa faceta de su quehacer no es tan mencionada.

Director y escritor, Kaufman tiene un sello distintivo, particularmente en las temáticas que maneja como es el sinsentido de la vida, la melancolía del vacío y el inevitable hartazgo de aquello que producía alegría; todo con unos matices fantasiosos que son tan estupendos como peculiares. Los meollos de su cine, si bien pueden llegar a inferirse a través de especial atención a cada cuadro, igualmente dejan campo a la interpretación y acepción individual, algo por demás valioso.

Pienso en el final, tercer largometraje “para salas” de este director, está basado en la novela homónima de Iain Reid, pero sabemos que del original al guion cinematográfico hay un trecho. Dentro de las prodigiosas complicaciones que presenta esta obra para ponerle una trama, podemos decir que trata sobre una “pareja”, Ella (excelente Jessie Buckley) y Jake (sorprendente y contenido Jesse Plemons), y sus complicaciones. Él ha planeado un viaje en carretera para visitar a sus padres, pero la chica no está muy segura de su “relación” con este tipo raro. A través de los pensamientos (en off) de ella es que conocemos más sobre la pesadez de estar con alguien tan “encerrado” en sí mismo. 

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En una parte de este paseo, ella es elogiada por su “pareja” sobre sus habilidades como poeta. El novio le pide recitar un fragmento de sus textos. Después de dudarlo, comienza a declamar y le salen lágrimas mientras habla. “Parece como si me lo hubieras dedicado a mí”; ella no lo afirma, pero lo piensa y está más que claro. Están más conectados de lo que parece. “Pienso en el final” (“I’m thinking of ending things”), se repite constantemente. Este larguísimo y demandante —tanto para los personajes como para el espectador— recorrido en coche forma parte de una sola secuencia de enormes virtudes directoriales, vistas en el diálogo y las actuaciones. Ambos elementos transmiten una sensación de gran incomodidad que sólo se vuelve más intrigante con cada intercambio de palabras e intervenciones de los pensamientos en off. Hay algo ocurriendo, pero hasta ese momento, no sabes precisamente qué.

En lo que podría ser el bloque climático, los seres asociados se encuentran con los padres de Jake. Estas escenas son fascinantes. No sólo se hace evidente que el ambiente es más una construcción mental, sino que el relato comienza a utilizar recursos como el rompimiento del hilo conductor, maniobras temporales y el cargar de más referencias cada interacción. Asimismo, entramos en la infancia del estelarista que lo devela como un niño humillado, menospreciado e inmerso en su capital cultural, fundamental para comprender el punto. La realidad comienza a desbaratarse para introducirnos plenamente en el panorama del realizador. Es cautivante, incluso abrumador. Es en este segmento donde la fotografía de Lukasz Zal, simple pero de enorme sofisticación, luce más sus precisos encuadres y movimientos de cámara.

Después, todo se complica aún más. Ya en varios detalles escénicos se confirma la disociación total de una existencia terrenal, así como en las acciones de ambas figuras. La atmósfera se enturbia y caen en un lugar que remonta al pasado de Jake, en una necedad suya por visitarlo. Entre muchas otras pláticas aparentemente aleatorias -que no lo son, pues no se deja nada al azar-, salen menciones a Una mujer bajo la influencia (1974) de John Cassavetes, lo cual es uno de los picos de todo el “desarrollo”. Posterior e inevitablemente, llega el encuentro con la realidad aplastante. Se debe abandonar cualquier fantasía para volver al inclemente presente.

El ahora siempre será más duro que cualquier ensoñación, por muy sólida que ésta sea. La narración se detiene totalmente y ocurren hechos oníricos que apenas están enlazados con el trasfondo del desgraciado, tales como una bella coreografía de baile, la recreación de una escena teatral muda y el canto de un perdedor obsesionado con una mujer —recordatorios a la obra Oklahoma! (Oscar Hammerstein II y Richard Rodgers)—. La ilusión abandona a su contraparte física.

Aunque el director ha declarado previamente que no está interesado en dejar explicaciones a absolutamente todo lo que ocurre en sus argumentos, sí hay significados identificables en la mayoría de los engranajes que están tan juntos como dispersos, apartando cualquier comparación con el pensamiento estrictamente surrealista. ¿Los filmes de Charlie Kaufman necesitan identificarse con el surrealismo? Para nada. ¿Por qué apartarnos del desgarrador subtexto del vacío y la falta de noción en una era donde todo exige tenerlo?

 Pienso en el final (I’m Thinking of Ending Things para los exquisitos) es una experiencia tan avasalladora como puede ser agobiante. ¿Es pretencioso colocar tantas referencias para hacer más sesudo un libreto? Sí, para alguien puede serlo. ¿Esto quiere decir que carezca de valor y objetivo? En esta ocasión, no lo creo.

Este es un mosaico multirreferencial que aborda la potencia de la mente, su fragilidad, así como el incuestionable poder que el entorno, la realidad y el tiempo (perceptibles) tienen sobre un individuo. Existen cineastas que se elevan a cada obra y, a mi parecer, Charlie Kaufman es uno de ellos.

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