Seis películas para entender el cine cubano de la última década

Es común que cuando se menciona al cine latinoamericano, rápidamente llegue a nuestra mente el cine brasileño, chileno —últimamente— y con varios puntos altos- y, sí, el mexicano. Por décadas, fueron Brasil y México los competidores por tener la cinematografía latina dominante que sirviera como contrapeso del coloso estadounidense. Históricamente, no podemos decir que alguna lo ha logrado en términos de comerciales, pero sí —tal vez— en casos reducidos, de calidad estrictamente cinematográfica.

Algunos de los conceptos que también suelen asociarse a América Latina son los de resistencia y revolución… y cómo no. El modo de vida latinoamericano se basa en la resistencia ante cualquier ámbito, incluido el cinematográfico. Sobre “revolución”, el caso más notorio (porque sigue siendo una de las directrices en la vida cotidiana y pública de ese país), es Cuba. Las perspectivas sobre la revolución son distintas, y todas las ópticas de si ha funcionado un sistema tan estricto son debatibles, pero no se podría decir que, aun con un cambio de figura reconocible, no se han mantenido firmes ante un mundo en constante cambio y donde los vestigios del socialismo parecen desvanecidos y obsoletos.

Este suceso tan importante para la historia cubana y mundial comprendió cambios medulares en el comportamiento dentro y fuera de la isla, lo que significó la implementación de un férreo hermetismo para todo tipo de productos, incluidos los culturales, los cuales se regirían por una política cultural que ha sufrido cambios a través de distintas etapas, pero cuya línea sustancial sigue siendo aquella versada por el Comandante en compañía de intelectuales cubanos en la Biblioteca Nacional: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

Para comprender a cabalidad la cinematografía de Cuba, es necesario tener presente este proceso histórico fundamental en la conformación de su identidad patriótica, así como los límites que se han establecido mediante el control institucional. 

Una instancia fundamental para comprender el funcionamiento de la cinematografía cubana es el ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos), órgano regidor de toda actividad fílmica que tenga la etiqueta de la isla. Sus funciones no sólo abarcan la administración de los procesos burocráticos para la obtención de permisos de filmación y el ser una especie de gestor de discursos, estas también son ideológicas, pues es supervisora de que se produzca conforme a la antes mencionada política cultural —eso sí, con matices, como veremos más adelante—. Esta rama del aparato estatal ha sido criticada por no permitir a los cineastas la expansión de ideas alejadas de los confines revolucionarios, de ser un adulto de mediana edad vigilante para todos aquellos imberbes que osen alejarse de lo que aquellos sujetos de prominente vello facial dijeron que era revolucionariamente correcto. “Fuera del ICAIC nada, dentro del ICAIC muy poco”.

Otro punto importante a considerar es la red de distribución-exhibición existente para la filmografía de este territorio. Aunque se contempla la exhibición de las producciones nacionales a través de muestras con sus asegunes, como sucede en cualquier lugar del mundo, hablar de una red de distribución para el mercado exterior sería sumamente inexacto y hasta extraño. Si la película en cuestión no llega a un festival internacional de considerable prestigio, es posible que termine únicamente en los límites de las pantallas reguladas por el ICAIC a espera de ser rescatada en internet. Digo, ese enunciado podría aplicarse a otras (no) industrias latinoamericanas, pero ese es otro tema…

Una de las distinciones principales que se pueden apreciar en el cine cubano es, así como en la cotidianidad de su entorno, una tesitura política presente en sus relatos, ya sea como parte del hilo principal, en referencias o en subtramas. La revolución siempre está presente de alguna forma u otra. A pesar de que no suelen ser demasiado severas, los personajes suelen mencionar -casi siempre de forma irónica- algún comentario sobre el estado del país, lo que significa una crítica aun si es ligera. Ese leve juicio no significa necesariamente una falta de lealtad o una deserción ideológica, pues los personajes siempre son fieles a la convicción de pelea y aguante.

Decir que el cine cubano es inexistente sería una exageración. Incluso con todas las carencias que pueda tener su sistema de creación, cuenta con referentes importantes para nuestro cine. Rápidamente podríamos mencionar la emblemática Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968), considerada la mejor película proveniente de la isla y una de las primeras y más claras expresiones de los claroscuros generados por la revolución. Sin embargo, tal título data de hace más de 50 años, ¿qué hay más para acá?

Hablando sólo de la década pasada, todavía con las dificultades que supone el encontrar ciertos títulos incluso en la era del internet, hallé propuestas interesantes y las cuales, cada una a su manera, dan vistazos tanto de la sociedad cubana contemporánea como de su (no) industria cinematográfica.

Por orden cronológico, la primera a presentar es José Martí, el ojo del canario (Fernando Pérez, 2010), un recorrido a un periodo poco explorado del independentista: su juventud. Si bien, se trata de una biopic que parte desde una perspectiva de engrandecimiento para quien tuviera un papel imprescindible en la conformación de Cuba, hay algunos matices interesantes que se exploran de una forma atípica.

José Martí, el ojo del canario

La lealtad de Martí hacia los “desprotegidos”, encarnado en ese momento de la película por su compañero al que no quiere delatar por copiarle en el examen, ni siquiera si ello implica un pesado castigo para él. Igualmente, el juramento de sangre que hace con un amigo de la infancia a quien le otorga confianza sobre casi todo aspecto de su persona. Sin embargo, el más sustancial es el constante recordatorio que hace la película sobre la contradicción inherente a la persona de José Martí. Hijo de españoles; su padre, cuyo trabajo era como oficial de policía y que esa posición le otorgara ciertos privilegios, además de no formar parte de la población con mayores carencias económicas. Pese a que se recalca que estos componentes ayudaron a su formación ideológica, no se suelta la idea de su trasfondo ni de la importancia de éste para acuñar su ideario. Una entrega biográfica singular que, no sobra decir, no luce con desperfectos técnicos mayores ni una falta de idea general para los propósitos que tenía.

Probable malaria en las industrias latinas es la comedia romántica, no por el género en sí, sino por sus deficientes ejecuciones. En coproducción con España y dirigida por Fina Torres, salió Habana Eva (2010), película que principalmente aborda los vaivenes amorosos de Eva, una trabajadora de un taller de costura quien se topa con el atractivo Jorge, fotógrafo adinerado criado en Venezuela pero nacido en Cuba. Eva se siente abrumada no sólo por sus crecientes sentimientos por un extraño, también porque ella tiene una pareja que no puede darle un mejor estilo de vida con su humilde empleo, así como por su frustración de no poder emprender su sueño de convertirse en diseñadora de modas.

Habana Eva

Ubicada indiscutiblemente en el terreno de la aspiración —fíjese y las comedias románticas de un tono más realista son raras—, una comedia romántica cubana parece no sólo una anormalidad, sino una contradicción. Me refiero a que, tomando en cuenta el subtexto político casi indeleble en su cine, luce excepcional una entrega que abiertamente opte por expresar un anhelo por un mejoramiento de la situación. Y lo es…

Podemos perderlo de vista por el “aislamiento” en el que se encuentran, pero Cuba comparte los mismos problemas que la Latinoamérica continental: pobreza, falta de oportunidades, una burocracia ofensivamente dominante, entre muchos otros. Hace sentido que exista una producción así. Insisto, dolencia por lo malas, no por su clase. Aunque Habana Eva no toma mucha distancia de sus hermanas de categoría, hay otras capas exploradas que son interesantes. Hacia el final del relato, cuando logra levantar su proyecto con ayuda de su amiga fantasmal (en serio), debe decidir entre sus dos amores, a lo que ella aplica el “o los dos o ninguno”. Las narrativas televisivas nos han enseñado que la chica terminará decidiendo por alguno al final, pero Eva hablaba en serio. Con un vestido de novia y los dos sujetos sonrientes al frente de un convertible que pasea por la costa de La Habana, se plantea una relación poliamorosa consagrada hasta por unión matrimonial. Ellos lo hicieron antes de que fuera cool.

Esta trama contiene igualmente los destellos que comentan sobre la situación política y económica de la isla, pero se ahoga en el exceso de las convenciones de su género. Eso sí, nadie puede decir que no hubo atrevimiento.

La siguiente es uno de los pocos exponentes latinoamericanos del subgénero de zombis que existen: Juan de los muertos (2011), dirigida por Alejandro Brugués, uno de los directores cubanos con más reconocimiento actual y que ha ido labrando camino en el terror, incluso teniendo —a mi parecer— la mejor participación de Nightmare Cinema (2018), cinta antológica de horror.

Esta trama se centra en Juan, un “sobreviviente”, según él mismo se describe, quien se niega y ofende ante cualquiera que mencione el salir de la isla para irse a Miami y termina formando un grupo para resistir el embate de una inexplicable oleada zombi que azota Cuba. De todas, creo que es el ejercicio más ideológicamente centrado, pero filmicamente más inocente, y en el cual las carencias presupuestales, así como la tecnología empleada en esos años, se muestran en el resultado.

Juan de los muertos

En materia técnica, resulta una película un tanto sorprendente por lo anómalo de las convenciones empleadas. Es decir, para realizar una producción de cierta competencia y de acuerdo a los requerimientos del libreto, se necesitaron efectos computarizados para crear explosiones y otras secuencias bélicas. Las “industrias” de México para abajo, salvo contadas excepciones, no suelen apoyar este tipo de tramas que requieran demasiado, principalmente por cuestiones monetarias, así que la sola existencia de algo como esto es de destacar.

La sustancia mental es lo más interesante de este largometraje. Desde el planteamiento se maneja la idea de una lealtad casi incorruptible a la revolución, al menos desde la idiosincrasia de los personajes, pues ante una falta de explicación a los ataques, los medios comienzan a tratar la idea de que estos extraños atacantes son en realidad “disidentes” pagados por Estados Unidos para desestabilizar la unidad nacional.

O sea, se dice que unos sujetos verdes que perdieron el habla y atacan a cualquiera aun con uso de razón, es disidente. Así se les nombra por gran parte del desarrollo. Esta línea, utilizada como mofa tanto como bastión de la mentalidad de los sujetos, define a grandes rasgos la sustancia discursiva de la cinta. Otros chispazo así se ve en una secuencia donde, tras ver destruidos unos bustos de un edificio de gobierno, Juan descalifica a los enemigos como “iconoclastas”; también, su grupo de supervivencia se plantea como un negocio. “Juan de los muertos, matamos a su ser querido”, dicen sus compañeros al contestar la llamada de otros ciudadanos que necesitan auxilio. Este emprendimiento de urgencia responde a las carencias monetarias de los miembros, quienes desean hacerse ricos para poder subsistir en su patria. “Así es siempre en este país”, dicen de diferentes formas ante dificultades que les van surgiendo. El discurso no es unilateral como para caer en la militancia, pues los matices existen y se expresan con distintos recursos, principalmente mediante el diálogo. “Patria o muerte” se topa con dichos menos entusiastas.

Cuba Libre (Albert Serra, 2013) es un cortometraje de 18 minutos, titulado así por una bebida que aparece en Atención a esa prostituta tan querida (Rainer Wender Fassbinder, 1971) grabado en una sola locación y que capta a un hombre cantando. De los aquí mencionados, es el ejercicio de más complejidades y lecturas posibles. Un hombre negro comienza sentado cantando una balada, tiene las piernas cruzadas y poco a poco comienza a apoderarse del escenario. Sus movimientos son ligeros pero transmiten una energía potente. La decoración, acompañada de la iluminación, dan una atmósfera de melancolía. Los espectadores miran asombrados la interpretación del sujeto, pero sin animarse a hacer expresión alguna. La actuación sube de nivel, el señor hace gestos y meneos más sugestivos. Otro sube y canta con él, pero se percibe una tensión homoerótica. Los demás sólo siguen observando…

Cuba Libre

Si bien, es un cortometraje que en las acciones puede resultar ambiguo, en las posibilidades es donde se enriquece. El nombre alude a un cóctel, pero igualmente puede ser una declaración de deseo: libertad para Cuba. Un hombre moreno, lo que podría indicar su procedencia, liberado de todo prejuicio y ataduras que decide expresarse tal como es. Ser y no ser obligado. Reitero, es una posibilidad, pero fuera de eso, las alegorías a Fassbinder quedan claras por la expresión del homoerotismo y los espacios utilizados. Aparte, son virtuosas.

Conducta (Ernesto Daranas, 2014) cuenta la historia de Chala, un niño que vive en condiciones de pobreza y tiene terribles problemas de disciplina. La escuela a donde asiste ya no encuentra más remedio que mandarlo a “la escuela de conducta”, un centro educativo especializado cuyos métodos de control incluyen medicamentos y tratamientos psiquiátricos. Un estigma para toda la vida. La profesora Carmela, la más importante del colegio, se niega a rendirse con él, pero sabe que sus condiciones dificultan su caso.

Con prejuicios, esta es la película “más cubana” del listado. Es decir, no se guarda ninguna imagen sobre el complicado panorama socioeconómico que vive la isla. Se apartan todos los edificios elegantemente rústicos de la capital y nos vamos a localidades que se asemejan mucho a las favelas brasileñas. Chala sufre de violencia intrafamiliar, tiene una madre alcohólica, un padre delincuente y desinteresado que organiza peleas de perros y él debe poner los frijoles en la mesa al ganar dinero cuidando a esos mismos perros. La dureza de la dureza.

Este filme no contiene como tal menciones políticas, pero el mensaje es contundente en cada cuadro que pasa, develando el estado de la mayoría de los cubanos. Hay carencia y agresión, así como un sistema educativo férreo en el que se deposita mucha esperanza para salir adelante. Eso sí, no permite ningún tipo de imagen religiosa (esto, avanzado el argumento, es un punto importante del desarrollo) porque “opio del pueblo”. Consigue alejarse lo suficiente de la condescendiente pornomiseria que suele aparecer en las tramas que muestran el lado más oscuro de la realidad latinoamericana.

Concluimos con Un traductor (Sebastián Barriuso y Rodrigo Barriuso, 2018), basada en hechos reales que elabora alrededor de Malin, profesor de literatura soviética quien, tras la catástrofe nuclear de Chernóbil, es mandado por el gobierno a servir como traductor en el ala infantil de un hospital.

Esta es la película con mejor progresión narrativa de todas, así como la que posee la sustancia política menos enérgica, pues el relato se concentra mayormente en el desarrollo del melodrama trágico. Las acciones comienzan con la visita de Gorbachov a Cuba, un amigo del sistema socialista cubano que después es concebido como traidor por “coquetear con el capitalismo”. Este es uno de los pocos puntos estrictamente políticos que se exponen, pues los demás consisten en la modificación del entorno y condiciones del protagonista, un profesor que goza de privilegios económicos, por la caída del Muro de Berlín y el inicio del derrumbamiento de la URSS. De ahí en fuera, vemos el involucramiento emocional que tiene el maestro con sus pacientes que deviene en su paulatina caída en la depresión y en la distancia de su familia por estar tan metido en servir a los pequeños enfermos.

 Un traductor

Esta es una historia siniestra y conmovedora que se aleja tanto de la militancia como del antagonismo sociopolítico, creada con especial interés por los hijos verdaderos del entonces traductor. Un homenaje con claroscuros para una persona enfocada en servir a otros en tiempos de necesidad. La dispersión subtextual no deteriora al argumento, sino que -en mi opinión- lo sostiene con congruencia. El país está por entrar en crisis por la pérdida de un aliado importante, pero el deber moral guía al protagonista. La cinta más narrativamente virtuosa.

La cinematografía cubana está construida alrededor de condiciones específicas de un movimiento histórico que, a décadas de sucedido, se mantiene en la mentalidad de sus ciudadanos. Tambaleante quizá, pero indudablemente presente. Las carencias no les han permitido dejar de crear y, como ya vimos, de múltiples géneros. Sí, tal vez atrapados en una necesidad impuesta de seguir transmitiendo ideales con los que se puede o no congeniar, pero encontrando formas de demostrar matices fílmicos y discursivos necesarios.

Los discursos políticos en sus filmes son posiblemente los más completos de este lado del globo. Cuba, como el resto del continente (salvo los yanquis), padece de una industria inestable y que no termina de consagrarse, pero ello significa que no exista. Lamentablemente, las películas de la isla siguen la misma lógica de aquellos que “desertan”. Son halladas tras un franco proceso de escape, pero mantienen su esencia sobre todo.

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