An American Pickle: defendiendo las tradiciones

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Tras ver destruido su patrimonio por los cosacos, Herschel Greenbaum (Seth Rogen) y su esposa viajan de Europa del Este a Estados Unidos, en búsqueda del sueño americano. Para salir de la pobreza, él trabaja en una fábrica de pepinillos, pero accidentalmente queda atrapado en el contenedor de salmuera y no sale hasta el siglo XXI. El único familiar vivo es su bisnieto Ben (Rogen), quien lo acoge e introduce al estilo de vida del nuevo milenio.

Con el desproporcionado “5.8” en IMDb para An American Pickle, más o menos podemos dimensionar los problemas en la crítica “profesional” y sus adoctrinados, quienes creen inconcebible una buena película protagonizada por Adam Sandler, Jim Carrey, Nicolas Cage o Seth Rogen. ¿Sería la misma recepción si Quentin Dupieux dirigiera y otro actor sustituyera a Rogen? Ciertamente, el estreno estelar de HBO Max es una gozosa caricatura del postureo neoyorkino y cómo los lazos familiares han perdido valor en el mundo globalizado.

¿Recuerdan cuando Jojo Rabbit (2019) dividió audiencia por la representación de Hitler? En aras de esquivar la apología del nazismo, el führer de Taika Waititi era inconsistente en el tono: al principio encantador y después (repentinamente) sádico. La mente del entrañable Herschel Greenbaum tiene los discursos de odio más tóxicos del pasado: racismo, homofobia, misoginia, xenofobia, intolerancia religiosa, etc. No obstante, a diferencia de Waititi, los creadores de An American Pickle huyen hacia adelante, dando por hecho que la inteligente audiencia sabrá comprender la naturaleza del personaje, hijo de una sociedad sin derechos humanos. Algo parecido sucedía en la novela gráfica Maus, donde Art Spiegelman retrata a su anciano padre como un racista sin escrúpulos, a pesar de haber presenciado los horrores del holocausto.

El guion de Simon Rich (sello SNL y colaborador en Intensa-mente) juega con las mismas armas nostálgicas de Pixar (incluido Michael Giacchino), pero sin los tapujos correctivos de Disney. La idea surgió cuando el autor se practicó un test 23andMe (ADN para ancestros) y descubrió que el 99.6% de su carga genética era judía askenazí; entonces se preguntó cuál sería la opinión de sus antepasados sobre su actual estilo de vida. El encuentro de Ben con su bisabuelo, sirve de pretexto irreverente para hablar sobre los valores positivos que los habitantes de las grandes ciudades han perdido, en su camino hacia sociedades progresistas con relativos privilegios. Las tradiciones y el patrimonio cultural han sido menospreciados en pro de un erróneo sentido de bienestar; la llegada de Herschel, supone una conciliación del joven emprendedor con sus padres muertos, a quienes comenzaba a olvidar lentamente. 

En la era del consumismo voraz, las propiedades han perdido su valor simbólico; el visitante del pasado queda sorprendido por la posesión de “25 calcetines” y una máquina de agua carbonatada.  El patrimonio es reducido a poder adquisitivo; nada tiene un valor afectivo y la mayor parte de nuestros bienes sólo cumplen funciones prácticas. La insistencia del abuelo por salvar el cementerio familiar (con los ingresos del negocio de pepinillos encurtidos), es una forma de anteponer la memoria a cualquier fortuna económica. Al final, eso se traduce en un rescate de la identidad judía de los Greenbaum, la cual, más que un sentido religioso, significa compartir el legado familiar mediante tradiciones. Según Rich, la intención era ir en contra de “la desconexión judía de autores como Philip Roth”, para reflexionar sobre el personal reencuentro con su pasado desconocido.

La confrontación de protagonistas es una lucha entre la modernidad y lo vintage. Las denuncias están por igual: mientras se reprocha al pasado la despiadada explotación laboral –con un guiño a las actuales culturas organizacionales sostenidas por “becarios”–, al futuro se le cuestiona su volatilidad ideológica. El filme simula la sátira de Hal Ashby y Jerzy Kosinski en Desde el jardín (1979), con una opinión pública confundiendo inocencia con ignorancia. La política se ha vuelto más voluble en tiempos digitales, ocasionando que demagogos adquieran liderazgo entre las masas ansiosas de discursos extremos. Es interesante la forma concisa de llevar a Herschel de izquierda a derecha, pues cada postura aprovecha el populismo a su provecho.

El “absurdo” fantástico siempre ha sido problemático en la comedia mainstream, sea bien o mal ejecutado. Aún hay gente reacia en aceptar la falta de explicación lógica en los viajes temporales de Kate y Leopold (James Mangold, 2001) o Si yo tuviera 30 (Gary Winick, 2004), infravalorándolas a mero cine comercial, cuando son excelentes trabajos humorísticos. Igualmente, el “encurtido” del protagonista causa ruido al inicio, pero después (con el buen manejo de la trama) pasa a un segundo término. El largometraje de Brandon Trost –director de fotografía en Diario de una chica adolescente (Marielle Heller, 2015) y otras– es minimalista y sencillo en su estructura, pero aspira a ser más que una película indie melosa. Junto con Palm Springs (2020), An American Pickle demuestra los prometedores caminos de la comedia post-corrección política, donde sólo hace falta un pequeño reajuste temático a los guiones y sus discursos.

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