Las películas mexicanas favoritas del equipo de Zoom F7

Elegir un título favorito del cine mexicano de todos los tiempos puede resultar algo arriesgado; aunque se sabe identificar qué es lo que más gusta, conmueve, sorprende, etc., de la obra escogida, mencionarla es dejar de lado a muchas otras que se admiran igualmente. Sin embargo, compartir esta lista colectiva es una manera de manifestar la pluralidad que distingue al cine nacional, al cual se le suele encasillar en los géneros más populares y taquilleros: el melodrama, la comedia y la comedia romántica, así como en las temáticas que más han explotado las grandes productoras en los últimos años: la violencia y el narcotráfico.

Lo anterior no es sinónimo de que no existen entregas de tales géneros y temáticas que cuentan con una valiosa propuesta, desde el enfoque en el que aborda una premisa, hasta la forma en la que conjunta el lenguaje cinematográfico. No obstante, con esta recopilación se desea mostrar que un gran abanico es el que mantiene al cine mexicano…aunque quizá no en todos los aspectos, porque al hablar de cine nacional es inevitable no mencionar lo que hace falta para que se mantenga vivo en todos los aspectos: que llegue al público. Los problemas de exhibición no han logrado resolverse en gran medida, y, desafortunadamente, algunas de las películas aquí comentadas no han contado con ventanas afortunadas para ser vistas.

Con motivo de la celebración del Día Nacional del Cine Mexicano, el equipo de Zoom F7 comparte su película favorita nacional, esperando que quien lea estas líneas también externe cuál es su elegida.

Leticia Arredondo, editora Zoom F7

Días de otoño (Roberto Gavaldón, 1963)

“Aquí todo es como en un sueño, cambian los árboles y la luz es dorada, Carlos es como esos días de otoño…”

Una fantasía desdibujó la delgada línea entre la realidad y la ficción en la vida de Luisa, interpretada por la maravillosa Pina Pellicer.  Llegó a la inmensa Ciudad de México buscando una oportunidad, pero su sumisa y retraída actitud le impedían un acercamiento real al mundo de la gran metrópoli.

Luisa sólo buscaba ser amada, “necesito tanto que me quieran”, sentencia en un diálogo. Pero una decepción amorosa rompe su psique, quizá por esta razón: la búsqueda implacable de ser alguien ante los demás, lo cual la orilla a crear una historia ficticia que lleva hasta las últimas consecuencias.

Su estado mental, retratado a veces a través de un espejo y otras a través de las sombras, nos recuerda que su mundo ha sido distorsionado; su fantasía ha saltado a la realidad y su actuar con toques terroríficos de locura muestran su lado más oscuro. La impecable dirección de Roberto Gavaldón y la fotografía del gran Gabriel Figueroa, revelan lentamente la demencia de Luisa y muestran sus inocentes, pero siniestras mentiras.

Fan Valdés (@fan_nekobasu)

La última mirada (Patricia Arriaga-Jordán, 2006)

Un nombre importante en el entretenimiento televisivo infantil de los millennials es Patricia Arriaga-Jordán, responsable de la primera barra Once Niños (Bizbirije, El diván de Valentina). Su debut cinematográfico es una adaptación del cortometraje La nao de China (2004), en el cual versiona al arquetipo literario del lazarillo, mezclando realismo crudo con un “profano” imaginario fantástico inspirado en la cultura asiática.

La última mirada está dotada de hermosas metáforas narrativas y visuales, las cuales envuelven a dos personajes en el precipicio: un pintor al borde de la ceguera y una chica destrozada por la partida de su madre al otro lado. Como si se tratara de Kieślowski, la directora se aventuró a construir seductoras composiciones cromáticas, donde el rojo conforma una narrativa sobre los últimos resplandores de belleza y genuina inocencia en un entorno hostil. 

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Viento negro (Servando González, 1965)

En el árido desierto de Altar, en Sonora, un grupo de trabajadores mexicanos sufre las consecuencias del aislamiento y el trabajo duro al realizar una construcción ferroviaria cuasi “imposible”. Basada en la novela El muro y la trocha de Mario Martin, Viento negro es un drama clásico que nos hacer ver la degradación de los individuos en un ambiente hostil. David Reynoso —quizá en el mejor papel de su trayectoria actoral— interpreta en este largometraje a Manuel Iglesias, un jefe de cuadrilla hosco e iracundo que se enfrenta a sus propios demonios y problemas familiares. 

Lo interesante de este filme es que ofrece diferentes niveles de lectura; sus interpretaciones abarcan desde la lucha del individuo por dominar la naturaleza, hasta el conflicto de un hombre que no puede entablar una relación emocional con su propio hijo. 

Eduardo Carrasco (@drfarabeuf)

Canoa (Felipe Cazals, 1976)

Felipe Cazals se convirtió en uno de los directores nacionales más respetados al realizar tres obras icónicas de la filmografía mexicana: Las Poquianchis, El Apando y Canoa. Esta última muestra un crimen aberrante en contra de un grupo de estudiantes de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), acusados injustamente de ser comunistas por el sacerdote de la comunidad, quien hace que una horda de campesinos iracundos los golpeen hasta ser linchados por el pueblo.

Un filme que no pierde vigencia, tanto por las diferentes circunstancias que como país aún se enfrentan, así como por la propuesta narrativa que lo hace parecer más un documental de lo sucedido que una adaptación de este hecho vergonzoso. Cazals presenta la crudeza de un pueblo asustado por algo que no entiende…¿quizás una alegoría similar la que vivimos ahora? Imperdible película que alimenta al cine mexicano de denuncia, que se aleja de los parajes citadinos y lleva a la cámara a los lugares más marginales del país.

Sebastián Ortiz Casasola (@pillinsebas)

Titixe (Tania Hernández Velasco, 2018)

Aunque mi película mexicana favorita es Güeros (Alonso Ruizpalacios, 2014), creo que es muy mencionada en los conteos; hablaré entonces de mi preferida del 2019: Titixe, un documental de 62 minutos que explora el universo rural desde una mirada íntima. A través de una siembra de frijol en el terreno de su abuelo, quien murió hace varios años, la familia de la cineasta intenta demostrar que la venta del terreno puede evitarse y conservar así no sólo una propiedad, también el legado de Don Vale.

No es sólo un testimonial destacable de lo que significa la vida en el campo, con sus claros y sus oscuros; titixe (o pepena en náhuatl) es también el proceso de escarbar en el pasado y buscar lo que a simple vista no se puede encontrar, significa conectar con los pedacitos de historia que se vinculan con nuestras raíces familiares.

Cuauhtémoc Juárez Pillado (@cuaupillado)

La jaula de oro (Diego Quemada-Díez, 2013)

La migración es un asunto medular en la estructura de la nación mexicana. Ya sea del campo a la ciudad, de estado a estado por algunas horas o hacia Estados Unidos. No sólo somos exportadores de esperanzas y sueños de los nuestros, somos puente y dique para trabar los de otros.

La jaula de oro retrata la odisea de unos niños guatemaltecos que cruzan su frontera para llegar a Estados Unidos. La película representa uno de los mejores ejemplos en el cine nacional de cómo concentrar el peso argumental en una atmósfera incontrolable de un franco viacrucis lleno de penumbras.
No solamente posee una de las mejores adjetivaciones filmadas de la búsqueda del sueño americano, también, en una sola escena, su desmitificación contundente. “Aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”. Indiscutible obra mayor del cine nacional.

Mauricio Hernández (@MauHeRa)

Las niñas bien (Alejandra Márquez Abella, 2018)

El rumor de una crisis económica acecha el cumpleaños de Sofía (Ilse Salas), una mujer rica de la Ciudad de México, quien hará todo lo que esté en sus manos para no perder su vida de lujos. Adaptación del libro homónimo de Guadalupe Loaeza, retrata la también crisis de un joven matrimonio –y de un sector poblacional privilegiado– tras el sexenio del presidente José López Portillo, aquel que prometió “defender el peso como un perro”.

Esta estampa, en principio destellante de las clases altas de la capital del país, pierde poco a poco su glamour mientras nos presenta el declive de su protagonista: la ‘niña bien’, educada para guardar los buenos modales, acostumbrada a las fiestas con menús exquisitos y que, en contraste, sufre la infidelidad y alcoholismo de su esposo. La historia brilla por su intimismo al dejar expuesta la faceta infantil de estos dos personajes, quienes se perciben dejados a su suerte cuando sus empleados renuncian. Destaca la relación de Sofía con su círculo amistoso, el cual, además de juzgar al mexicano de clase media y baja en su otredad, llena a la película de diálogos que revelan lo trivial de sus interacciones. También resaltaa el uso de pequeños símbolos, mediante los que el relato augura la catástrofe –emocional y económica– del matrimonio, cuya grieta es más que evidente alcanzado el final.

Miguel Ángel Sandoval

Sofía se desenvuelve entre casas y autos de lujo, juegos de tenis, fiestas, y buenas costumbres; hasta que pronto, y como consecuencia de la crisis económica de 1982, su mundo cae ante sus ojos y se torna en el panorama de quienes considera “los otros”.

Bajo una trama que se desarrolla de manera certera y honesta, Márquez Abella consolida una propuesta que va más allá de una simple documentación y adaptación de la época. En su lugar, y gracias a elementos tan destacados como la fotografía y la dirección de arte, se plantea de manera crítica el devenir de las clases privilegiadas y la dualidad entre la arrogancia y clasismo, así como la desolación de una vida sin freno. 

Karla León (@klls_luu)

Los ladrones viejos (Everardo González, 2007)

Desde sus primeros documentales, Everardo González ha fijado su mirada en las pequeñas historias surgidas alrededor de la cotidianidad. Relatos cuyos rostros son personajes apartados de la sociedad, conscientes de sus acciones y, por supuesto, de sus consecuencias. Su visión más que antropológica, o dirigida a la denuncia social, es de un cineasta que utiliza esas herramientas para mostrar el mundo desde su perspectiva.

En este caso, su segundo largometraje, es el recuerdo de los buenos tiempos que vivieron cuatro famosos ladrones ahora encerrados de por vida. Durante el documental, las vivencias del Carrizos y sus compañeros no son vistas desde el ángulo del victimismo ni mucho menos: es un retrato del crimen manejado a través de códigos de honor, antes de convertirse en lo que ahora conocemos. Un documental para añorar los tiempos donde se robaba con agilidad, donde sí merecía llamarse una profesión.

Diana Mendoza (@DimeDianaLau)

Magueyes (Rubén Gámez, 1962)

Tras un cine industrial que ya daba muestras de su agonía, llega un cortometraje de casi nueve minutos en el cual sus personajes son una planta más que nacional. A partir de un montaje que remite al de Sergei Eisenstein, Magueyes, del poco reconocido, pero más que influyente, Rubén Gámez, crea una batalla entre ejércitos de agaves armados con sus propias espinas y pencas. Con la música de Dimitri Shostakovich y la fotografía de Gámez, se les da personalidad a los combatientes nacidos de la tierra; e incluso al enfrentamiento mismo, pasando de la preparación del combate, al avistamiento de los caídos, hasta llegar al renacimiento.

El cortometraje de Gámez, así como su poca y destacada filmografía, demostraba que la crisis por la que pasaba el cine mexicano, posterior a su edad dorada, definitivamente no era creativa, sino por una falta de renovación al interior de esos círculos dirigentes de la cinematografía en México.

“Creo que el cine mexicano debe tener una experiencia propia como la tiene su pintura (…) ¿Cuáles son las barreras para hacer buen cine? No existen esas barreras, son mentiras, considero que el que realmente quiere hacer buen cine lo puede hacer”- Rubén Gámez

Denise Roldán (@den_rol_)

Párpados Azules (Ernesto Contreras, 2007)

La primera vez que vi Párpados Azules fue quizá en 2010, en la programación nocturna de los domingos del Canal 22. En ese tiempo era estudiante universitario y mi interés por el cine mexicano era cada vez más creciente. La ópera prima de Ernesto Contreras, escrita por su hermano Carlos Contreras, penetró en mi vida de una forma tan contundente que a través de los años sigue removiendo emociones distintas cada vez que la veo.

Aunque pareciera de esas películas en las que “no pasa nada”, con un argumento que transcurre sin complicaciones, sin dramas, ni puntos climáticos intensos, la psicología de sus personajes, sus universos y acciones son de tal complejidad que la vuelven una entrega íntima y altamente humana. Cecilia Suárez encarna a Marina, y Enrique Arreola a Víctor, dos personajes solitarios, silenciosos y anclados al pasado que se (re)encuentran para resignificar la idea de amor y melancolía. Sin duda una de las parejas con más sinergia de todo el cine mexicano.

Eduardo Reyes (@EduardoReyesSer)

María Candelaria (Emilio Fernández, 1944)

El cine mexicano siempre estuvo presente en mi vida pero era casi invisible; nunca le presté la atención necesaria. Sin embargo, la primera vez que me sentí auténticamente abrumada por una cinta mexicana fue con María Candelaria. La fotografía de Gabriel Figueroa fue la principal razón por la que le presté atención, pero poco a poco las actuaciones de Dolores del Río y Pedro Armendáriz me cautivaron, sin mencionar la triste historia de una mujer inocente, condenada y la malicia humana.

María Candelaria me ayudó a abrir los ojos al cine de un México del pasado, pero Vuelven (Issa López, 2017) me demostró que se puede hacer una crítica social y hablar sobre la violencia actual del país de una forma diferente a la acostumbrada en el cine nacional; que las realidades son difíciles y crueles, pero que aun en los momentos más oscuros debemos recordar que los “tigres no tienen miedo”.

Citlalli Juárez (@CitlalliJuaarez)

A.T.M. ¡A toda máquina! (Ismael Rodríguez, 1951)

Una humorística, sarcástica, amigable, aventurera y machista (en momentos), se hace visible en este trabajo del destacado director mexicano, quien fusiona al heredero de generaciones, Pedro Infante, y el roba sonrisas, Luis Aguilar, quienes muestran la amistad del mexicano en su forma más natural y distintiva. 

Como espectadores contemporáneos nos damos cuenta de que las costumbres e ideologías que exhibe la película no han cambiado en gran medida; en efecto, los gustos en la cultura y lenguaje sí. La película cuenta con una trama sencilla, sin huecos y sin exageraciones; Ismael maneja y aprovecha la peculiaridad actoral de ambos monstruos de la Época de Oro del Cine Mexicano y entrega varios de los momentos clásicos más representativos de la filmografía mexicana. 

Parece que va a llover… 

Así enamorada…

Besáme mucho… 

¡Una aventura icónica y nostálgica! 

Sebastián López (@sebs_lopez)

 

 

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