Crecer es difícil: 25 grandes películas de enseñanza adolescente (coming of age)

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

¿Qué significa ser adolescente? El concepto depende de la cultura y el periodo histórico. Antes del siglo XX, la “adolescencia” era inexistente, pues la transición de la infancia a la adultez era casi directa, sin escalas. Como lo señala Derek Thompson en Hit Makers, el término apareció en 1900, pero fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial que a los jóvenes les fueron reconocidos sus derechos, otorgados por la reciente ilegalidad del trabajo infantil. Además, debido al modelo económico de producción masiva activado por la guerra, los jóvenes pasaron a conformar un nicho más en la emergente industria del consumo y la generación de tendencias.

El sistema educativo (implementado a inicios de siglo) también influyó en la división del alumnado por guetos: secundaria y preparatoria (middle school y high school). Estos espacios, alejados del hogar y con largos ratos dedicados al ocio, dieron a los “preadultos” la oportunidad de desarrollar dinámicas particulares, basadas en relaciones afectivas e ideologías en construcción. Por tal motivo, la educación es parte central en las narrativas sobre adolescentes de clase media y alta, la cual giraba en torno de la cultura del high school (en sus adaptaciones regionales).

En el cine fue paulatina la aparición de los teenagers. Previo a los años 50, había películas protagonizadas por personajes juveniles –Delinquent Daughters (Albert Herman, 1944) o City Across the River (1949) –, mas no exploraban sus conflictos internos. Fue a mediados de los 50 que Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955) y Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955) ponían a la psique juvenil como el centro narrativo del metraje. Sin embargo, la perspectiva era aleccionadora y correctiva, debido al pánico hacia la violencia juvenil, produciendo mensajes de odio racistas, homofóbicos, misóginos y xenófobos. En otras palabras, el carácter edificante intentaba convertir a los hooligans en boy scouts. Es hasta la llegada del New Hollywood que dicho formato comenzó a relajarse, sin el estigma de la delincuencia, con títulos como The Last Picture Show (Peter Bogdanovich, 1971) o Last Summer (Frank Perry, 1969).

El moralismo de Hollywood no llegó tan fuerte a Europa, donde la visión descarnada sobre los adolescentes comenzó a tener una máxima exposición de sus malestares. La antesala de la primavera del 68 detonó un furor por el anarquismo e historias de protesta, siendo su máxima expresión If… (Lindsay Anderson, 1968). La inconformidad con el mundo adulto y sus absurdas batallas –aunado con las vanguardias cinematográficas del momento–, ocasionaron obras radicales como el díptico Soy curiosa (Vilgot Sjöman, 1967) o A Taste of Honey (Tony Richardson, 1961), donde se tiraba a matar contra las principales instituciones: familia, iglesia, Estado, educación, etc.

Más tarde, las ochenteras obras de John Huges (protagonizadas por el Brat Pack) se convirtieron en la nueva fórmula de la teenocracy. La industria de lo cool (las tendencias son atractivas, lo clásico apesta) encontró su punto álgido, dando a la “rebeldía” un tono despreocupado rentable en la oferta pop. Los días del adolescente revoltoso habían terminado, para dar paso al joven consumista; en otras palabras, las chamarras de cuero dejaron de ser un signo identitario para convertirse en elemento fashionista. Música y moda serían el principal producto de estos títulos, sin los densos discursos en contra de la guerra de Vietnam o a favor del sexo libre, estructura vigente en el mainstream actual. 

Dentro de las producciones teenagers existe un subgénero denominado coming of age, evolución de los literarios bildungsroman o novelas de aprendizaje, cuyas tramas están protagonizadas por  jóvenes de 13 a 21 años. Estos títulos no tienen un fin aleccionador de la audiencia, sino la conformación de arcos dramáticos (journey) que lleven a los héroes adolescentes del punto A al B. Aunque el “descubrimiento” puede ser una enseñanza positiva, la mayoría de las veces constituye una fractura en la ingenuidad juvenil, dejando entrever el frustrante porvenir adulto; lo anterior implica atmósferas pesimistas, con una mirada desencantada de la juventud.

Entre sus principales características se encuentra la disfuncional relación entre padres e hijos. Los progenitores sirven de espejo a los adolescentes, como un inevitable patrón a repetir, ocasionando sobradas dosis de apatía y resentimiento contra las generaciones adultas, así como una obsesión por la emancipación. Sin embargo, el contexto funge de limitante para realizar dicho sueño. Ya sea la pobreza, una guerra, violencia o discriminación, siempre existe algún factor mayor que marginaliza a los protagonistas juveniles. Eso hace que las coming of age (la mayoría de las veces) se encuentren del lado correcto de la historia, incluyendo mensajes progresistas sobre la sexualidad, el aborto, familia, alineación parental, racismo y un sinnúmero de tópicos “espinosos”.   

A continuación, te compartimos una lista de grandes obras para adentrarse a este tipo de narrativas. 

  1. Solo contra sí mismo (Mikael Håfström, 2003)

Muy parecida a La guerra del chocolate (Keith Gordon, 1988), pero el arco dramático del protagonista lo lleva a lidiar con más batallas fuera y dentro del instituto, como el abuso ejercido por su padre. Se trata de la adaptación de un popular libro sueco, basado en hechos reales; años más tarde de los eventos narrados, el protagonista –convertido en periodista– se dedicó a exponer los casos de violencia sistematizada dentro del colegio, investigación que ocasionó la clausura del internado. Para la actualidad, estos relatos sobre sociedades autónomas –regidas por élites estudiantiles– son una muestra de cómo el autoritarismo es una fantasía primaria desde la infancia. Sin figura adulta de autoridad, los clasistas colegios se transforman en los escenarios de las primeras grandes injusticias de cualquier persona.     

  1. Quadrophenia (Franc Roddam, 1979)

La adaptación de la ópera rock supuso un espectacular filme que ignoró el formato musical de Tommy (Ken Russell, 1975) y aterrizó en un drama juvenil sobre el fracaso, tan exitoso que impulsó el resurgimiento del movimiento mod. A sus 30 años y recomendado por Alan Parker, Roddam obtuvo carta blanca de los productores y Pete Townshend en las decisiones creativas, incluyendo la elección de un desconocido elenco juvenil. El principal objetivo del realizador fue remarcar la clase trabajadora a la cual pertenece Jimmy (Phil Daniels) y sus tempranos problemas de adulto asalariado. A diferencia de títulos contemporáneos reventados en psicodelia (The Wall, por ejemplo), Roddam se apegó al realismo local de Ken Loach; como consecuencia, su carrera fílmica jamás despegó. No obstante, encontró el éxito en la TV con la franquicia MasterChef; según él, programa pionero en la democratización del gusto por la alta cocina, antes reservado a restaurantes gourmet.

  1. El discípulo (Kirill Serebrennikov, 2016)

Como se mencionaba en la introducción, no todas las coming of age son constructivas. La lectura literal de la Biblia lleva al joven protagonista hacia una deshumanización que justifica crímenes en el nombre de dios. La película de Serebrennikov (activista opositor del gobierno de Vladímir Putin) retrata las diferentes facciones sociales en Rusia al ciego servicio de la inmutabilidad; conceptos básicos, como la evolución, pueden ser anulados en las aulas escolares para no generar controversias. La obra de Marius von Mayenburg (dramaturgo en contra de las políticas anti LGBTI) expone los riesgos del conservadurismo en la educación, ya que la aprobación del fundamentalismo (o su condescendencia) alimenta conductas extremistas desde la adolescencia. El rodaje apenas duró un mes, debido a la producción independiente sin apoyo gubernamental (por obvias razones). El pasado junio, Serebrennikov fue condenado a tres años de prisión en suspenso, por supuesta malversación de fondos público del Ministerio de Cultura ruso.

  1. Enseñanza de vida (Lone Scherfig, 2009)

Muchos críticos consideraron sobrada la nominación de este filme al Oscar; sin embargo, la adaptación de Nick Hornby dirigida por Lone Scherfig (exponente del Dogma 95) es una de las mejores obras sobre los dilemas académicos juveniles. ¿Sacrificarías los mejores años de tu vida recluido en una biblioteca? Las memorias de Lynn Barber exploran las “tentaciones” adolescentes de la clase obrera, donde el incierto acceso al sistema universitario lleva a revalorar estilos de vida “placenteros”, personificados por David (Peter Sarsgaard). La condición de género magnifica el dilema sobre la vocación  profesional y los riesgos asumidos son mayores; la “educación” no sólo representa un título en la pared o más conocimientos, sino la oportunidad de acceso a una calidad de vida negada a las mujeres. Según la directora, el guion no daba la suficiente profundidad a la personalidad de Jenny, eso fue aportado por la actriz Carey Mulligan, razón de los premios recibidos.

  1. Rosetta (Jean-Pierre y Luc Dardenne, 1999)

Ganador de la Palma de Oro, el filme da un vistazo a las juventudes invisibles del primer mundo, destinadas a puestos temporales o informales en las calles. Como más tarde se vería en Dos días, una noche (2014), la globalización ha consumido el último residuo de camaradería en los espacios laborales, ocasionando luchas inhumanas por ocupar las pocas plazas libres. El personaje de Émilie Dequenne deja de lado sus escrúpulos para conseguir una oportunidad laboral, traicionando a la única persona que le tendió la mano. Recurriendo a su experiencia documental, el dúo Dardenne sigue a la protagonista con cámara en mano, capturando emotivos fragmentos cotidianos de una “sobreviviente del sistema”. Con apariencia minimalista, este drama social contiene las bases del cine dominante a inicios de siglo, marcado por la urgente necesidad de depurar el lenguaje cinematográfico.

  1. Sing Street (John Carney, 2016)

John Carney se ha ganado la fama de enfant terrible, poco tolerante a la inaccesibilidad de los actores. Curiosamente, su autoficción Sing Street trata sobre un chico intentando sorprender a la aspirante a top model del barrio. Comparada con The Commitments  (Alan Parker, 1991), el filme proyecta la estética de los 80s desde la mirada más plástica, sin recurrir al clásico esnob underground; es decir, la perspectiva de un chico cualquiera deslumbrado por la popular estética de MTV.  La colaboración con el compositor Gary Clark establece un hilo narrativo que busca recrear la fantasía de los videos pop, donde el sueño de ser la U2 de tu generación era posible. La disfuncionalidad familiar del protagonista tiene un elemento encantador: el hermano interpretado por Jack Reynor. Los “hermanos mayores” son una constante en las películas de enseñanza. Como la hermana de Brooklyn (John Crowley, 2015), por ejemplo, el malogrado Brendan da a Conor el empujón que lo expulsa del opresivo nido, con el objetivo de realizar sus sueños y no repetir el patrón de vida mediocre.

  1. Adiós a Lenin (Wolfgang Becker, 2003)

Con apenas una década de distancia, recrear Berlín Oriental se convirtió en un gran reto para la producción. El largometraje es controvertido desde todos los flancos, ya sea por mostrar una mirada desenfadada sobre la RDA o su mirada gentil hacia el capitalismo. Becker y Bernd Lichtenberg (guionista) querían retratar esa diversidad de perspectivas; según el realizador, “la película es un funeral simbólico” a quienes añoran su juventud en el lado comunista, pero no pueden expresarlo por respeto a las víctimas del régimen. La premisa lleva al protagonista a ir contracorriente, evitando que la cultura de su infancia (incluyendo a su madre) desaparezca por completo. En una entrevista para IndieWire, Becker menciona que los últimos adolescentes de Alemania del Este (ahora adultos) tienen una “memoria positiva”, extrañando el viejo mundo no politizado y basado en las relaciones personales. La trama toca fibras sensibles de una generación marcada por la unificación, la cual vio desaparecer una parte importante de la identidad colectiva, simbólicamente representada por los padres de Alex (Daniel Brühl). Como dato curioso, el guion de Lichtenberg fue rechazado en 1992 por el mismo productor de 2003, ya que no lo consideraba el momento adecuado para el tema. 

  1. A nuestros amores (Maurice Pialat, 1983)

¿Recuerdan cuando Pialat lanzó un insulto contra el público que lo abucheaba por ganar la Palma de Oro? Pues A nuestros amores tiene esa misma personalidad: un filme burdo que escupe en los “buenos modales”. Desde la moral del momento, Gerald Peary (Chicago Tribune) calificó a la protagonista como “una zorra de corazón frío”, pero Suzanne (Sandrine Bonnaire) no es la típica “lolita” hollywoodense, pues su despertar sexual tiene un trasfondo de inconsciente rebelión contra la tediosa rigidez familiar. El insatisfecho padre (interpretado por el propio Pialat) ve reflejados sus distantes recuerdos de juventud en la floreciente adolescencia de la hija; primero rencoroso (envidiando su lozanía y libre albedrío sin consecuencias), más tarde se muestra comprensivo con la chica, porque él comparte el mismo desapego afectivo. Así como JeanPierre Léaud en La madre y la ramera (Jean Eustache, 1973), Bonnaire representa el cinismo y la crueldad sentimental de la burguesía francesa, viviendo en un permanente nihilismo lleno de arranques espontáneos… hoy desea algo, mañana ya no.

  1. Turn Me On, Goddammit (Jannicke Systad Jacobsen, 2011)

Por allá del 2012, esta película logró colarse en el mercado estadounidense. ¿La razón? El inusual humor que incluía gags sexuales a lo Porky’s, desde una perspectiva femenina. El despertar erótico de Alma es visto por su madre y el pueblo entero como un vicio, lo cual ocasiona acoso escolar, calumnias, apodos y la exclusión social. Si bien se trata de una situación trágica, apropiada para un drama realista, el filme intenta relajar los prejuicios contra la sexualidad femenina. La película reflexiona  sobre cómo la vida rural puede magnificar un evento sin importancia hasta convertirlo en slut-shaming medieval, marcando a la chica con una invisible letra escarlata. Visualmente, la atmósfera es notable por llevar el estado adormilado de Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999) a otro nivel; Jannicke Systad Jacobsen tiene experiencia como documentalista y a eso se debe dicho aspecto bucólico/naturalista, aparentando una perpetua hora mágica.

  1. Mundo fantasma (Terry Zwigoff, 2001)

Mundo fantasma se encuentra en la línea tragicómica de Todd Solondz, sobre vidas oscuras y patéticas; es decir, “el pan nuestro” del indie en aquellos años. Basada en el comic de Daniel Clowes, la adaptación se encargó de dar historia concreta a las inexpresivas Enid y Rebecca. Para ello, se incluyó al personaje de Steve Buscemi, inspirado en la personalidad de Zwigoff; el objetivo era incluir los gustos vintage del realizador (alejado del pop), atmósfera que fue determinante en el toque cool y esnob del drama. Todas esas exigencias del director produjeron un Frankestein fílmico, donde las amigas egresadas del high school se comportan como jóvenes señoras con aire de yuppie. Es difícil identificarse con sus estilos de vida, mas no sucede lo mismo a nivel emocional: la proactividad de Rebecca y la crisis post-graduación de Enid (sumida en la indecisión)  marcaron un punto de ruptura en las representaciones juveniles del naciente siglo XXI, donde la dinámica social obliga a los adolescentes a adquirir responsabilidades adultas –como comprar una casa– con mayor rapidez.

  1. Nuestro día vendrá (Romain Gavras, 2010)

El hijo de Costa-Gavras dirige el cine que se espera del hijo de Costa-Gavras. Nuestro día vendrá es una extensión tremendista del videoclip para Born de M.I.A. –retirado entonces de YouTube, por su incitación al odio–, el cual lo lanzó a la fama por la vistosa matanza de pelirrojos. Inspirado por la ópera prima de su vecino (Mathieu Kassovitz), Gavras filmó la road movie de dos outsiders buscando su pertenencia a algo o alguien, mientras recorren desolados paisajes de Dunquerque. La principal característica del filme es su vaguedad; aparenta irreverencia y acidez, pero la mayoría de los discursos están vacios de misantropía. Como el mismo realizador lo explica, jamás los personajes se autoidentifican “pelirrojos”;  son los espectadores (en sus cabezas) quienes aportan el elemento racial. Actualmente, las nociones de anarquía e insurrección son plásticas, despojadas de su sentido reaccionario; debido a eso, los personajes sienten furia, mas no encuentran el lugar para desahogarla, ya que sus luchas son gratuitas y esquizofrénicas… como las de cualquier persona en este mundo.  

  1. Malena (Giuseppe Tornatore, 2000)

La idea surgió una década antes (propuesta por Luciano Vincenzoni), pero fue hasta conocer a Monica Bellucci –durante la filmación de un comercial para Dolce & Gabanna– que Tornatore decidió dirigirla, convirtiendo a la misteriosa personalidad de la actriz el centro del relato. El impacto del filme (además de la participación directa de Harvey Weinstein en la producción) se debió a cómo el realizador abordó la cosificación de la chica siciliana desde la perspectiva del chico, remarcando la actitud depredadora del pueblo. Al ser testigo de tantas vejaciones, el despertar sexual del joven (con todos los patrones machistas de la cultura patriarcal) es interrumpido por una deconstrucción de sus emociones, matando cualquier frustración egocéntrica por no cumplir su fantasía. Malena es un homenaje a todo el cine europeo sobre infancias interrumpidas por la Segunda Guerra Mundial, musicalizada con una de mejores bandas sonoras compuestas por Ennio Morricone.

  1. La bella y la bestia (Nils Malmros, 1983)

A diferencia de sus demás películas sobre la adolescencia, en La bella y la bestia se asoman los temores de un hombre cercano a la crisis de los cuarenta. Durante la filmación de El árbol del conocimiento (1981), Nils Malmros sintió atracción hacia la adolescente Line Arlien-Søborg, sentimiento que lo inspiró en la escritura del guion. El largometraje es inquietante por los terrenos sexuales que toca entre líneas, haciendo de la relación familiar un desahogo al deseo sexual no correspondido del autor (NOTA: sí, lo sé, se lee muy creepy… y lo es). La lectura rápida arroja una tensión incestuosa, pero el filme intenta establecer un carácter inverso al complejo paterno, donde el padre (alter ego de Malmros) comienza a tomar conciencia sobre la “sensualidad” de Mette (Arlien-Søborg), reaccionando celosamente al noviazgo de su hija. En 2013, debido al estreno de la autoficción Sorrow and Joy, la actriz rompió su amistad con Malmros, pues el filme sugería un “coqueteo” mutuo entre director e intérprete. “Quiero, y no puedo, hablar más sobre la narrativa que dicta en sus películas”, afirmó entonces Arlien-Søborg.

  1. El sur (Víctor Erice, 1983)

Obra maestra del cine español sobre la melancolía resultante del desencuentro entre padres e hijos. La chica norteña cree conocer a su padre, pero paulatinamente descubre que no es así: él se encuentra sumido en una profunda tristeza, ocasionada por un secreto amoroso. La verdad de ese misterio jamás lo conocimos en el metraje. El sur es una obra inacabada, porque la producción fue interrumpida por cuestiones económicas. El propio Erice se encargó de editar lo filmado bajo promesa de una secuela ambientada en “el sur”; no obstante, ese corte incompleto fue presentado en Cannes sin su consentimiento. Tras el éxito en el festival, no se dio luz verde a la continuación, incumpliendo el acuerdo inicial. En una entrevista, el realizador afirma que la parte no filmada incluía el viaje de Estrella (Icíar Bollaín), donde conocía a su medio hermano y compartía con él las enseñanzas de su padre. A pesar de la mutilación, lo montado es una carta poética a la ausencia espiritual del padre y cómo esos vacios generan heridas que jamás podrán cerrarse.

  1. Rushmore (Wes Anderson, 1998)

¿Por qué tanta urgencia de los padres en hacer de sus hijos máquinas multitask? El hambre multidisciplinaria de Max Fischer (Jason Schwartzman) lo lleva a convertirse en “el peor alumno”. Algo está fallando y el chico no lo sabe. En el fondo, todo se trata del fallido esfuerzo por simular superioridad intelectual y económica; Max siente vergüenza de su padre y se niega a abandonar el estatus brindado por la “Academia Rushmore” (aka. el colegio St. John’s, donde el director cursó la preparatoria). Wes Anderson y Owen Wilson armaron el guion a partir de memorias sobre sus vidas estudiantiles y el mal desempeño académico, porque (como el protagonista) la educación no satisfacía sus vocaciones artísticas. La falta de enfoque profesional y ambiciones desproporcionadas se revelan como males generacionales, los cuales llevan a la frustración de grandes mentes. La segunda película de Anderson (sin la hiperestilización posterior) es una tierna película sobre amistad, teatro hiperrealista, crushes imposibles y acuarios gigantes.

  1. Fat Girl (Catherine Breillat, 2001)

Breillat se abrió paso en una industria francesa dominada por hombres. A veces acusada de misoginia interiorizada, sus películas contienen sórdidos momentos que llegan a territorios oscuros de la violencia gráfica. El punto más alto lo alcanzó con Fat Girl, al adentrarse de forma tragicómica en puntos sensibles del debate feminista sobre el abuso sexual. En una entrevista, Breillat cuenta que, si bien la audiencia se escandalizó con la agresión final, muy pocos vieron a la pérdida de la virginidad de Elena (Roxane Mesquida) como una violación; tal escena suponía una vejación psicológica más inhumana que la corporal, debido a la persuasión bajo falsas promesas románticas. Dicho juego de perspectivas cuestiona los discursos hipócritas en medios de comunicación; preocupados por exhibir actos explícitos, omiten el análisis acerca del problema de fondo: la violencia discursiva. Aunque muchos reconocen a Pauline en la playa (Éric Rohmer, 1983), Fat Girl está basada en la relación de la realizadora con su hermana, la actriz Marie-Hélène Breillat.

  1. El club de los cinco (John Hughes, 1985)

Películas de Hughes sobran, pero en El club de los cinco hay una densidad reflexiva que muy pocas teenagers comerciales poseen. Sí, el grupo se conforma por clichés fílmicos, pero cada uno habla desde posturas inteligentes del malestar adolescente.  Como señaló Roger Ebert, en el mainstream ochentero los jóvenes sólo eran hervideros hormonales (Porky’s) o presas de asesinos (Friday the 13th.); por lo tanto, el depurado guion de Hugues iba en contra de los estándares del momento: sin baile de secundaria, ni persecuciones. Durante la conversación en el segundo piso de la biblioteca se profundiza sobre la sociedad de castas en la cultura high school, la cual promueve la enemistad entre los diferentes grupos. Parecido a un filme bélico, el sábado de castigo supone una tregua entre los chicos, dejando en claro que el distanciamiento escolar no es personal, sino el resultado de prejuicios y miedos al qué dirán. Similar a Baile caliente (Emile Ardolino, 1987), el filme hablaría sobre la sexualidad de forma “seria” (sin chistes soeces), intentando superar tabús como la virginidad (masculina o femenina) y la sexualidad activa sin temor al slot shaming.

  1. Despegando a la vida (Rúnar Rúnarsson, 2015)

Ganadora de la Concha de Oro en San Sebastián, Despegando a la vida es una brutal película de enseñanza. ¿Cuál es el aprendizaje? Que la vida es una mierda, muy poética, pero bastante cruel. El adolescente es alejado de su entorno citadino en Reykjavik para adentrarse en una remota provincia, con extrañas reglas de convivencia (casi primitivas) y sin delicadeza en las formas. La soledad dentro de la “rancia” sociedad trastoca la vida del protagonista; todo se sale de control y la odisea concluye en la destrucción emocional del joven, quien no termina de adaptarse a ese contexto. Muchos arcos dramáticos en la historia del cine tienen el mismo objetivo, pero Rúnarsson logra recrear la devastación de la madurez sin el menor tacto, como era común en siglos anteriores al XX. Según el director, un tema alarmante es la creciente brecha entre la ciudad y las zonas rurales, donde la primera no cede en la urbanización y las segundas envejecerán hasta quedar aisladas.

  1. Trust (Hal Hartley, 1990)

El cine de Hal Hartley es un referente infravalorado en la conformación del actual cine indie sobre adolescentes, el uso de “humor inteligente” y la identintidad woke del futuro millennial. En la “Trilogía de Long Island”, Trust destaca por su crítica a problemas de la “clase media” (casi marginal), sin oportunidades de progreso e insatisfactorias vidas adultas; la crisis del matrimonio como institución, el desempleo, y las familias disfuncionales son algunos tópicos tejidos en la ficción. Los dos protagonistas (ella adolescente, él adulto joven) enfrentan la incertidumbre del porvenir, debido a la desesperada necesidad de no repetir la mediocre vida de sus padres. El mismo Hartley expresa que abordar el aborto de forma casual (como derecho básico) significó un freno para la amplia distribución de la película. También, Trust tiró balas contra el patriarcado, pues los hombres (y sus normas) se representan como un patético rastro del viejo mundo; en polo opuesto, las nuevas generaciones de mujeres tienen soluciones prácticas para el mundo globalizado, siendo el personaje de Adrienne Shelly la síntesis de todo ello.

  1. Buenos días, tristeza (Otto Preminger, 1958)

¿Qué puede ocasionar postergar la inmadurez hasta la edad adulta? En dirección contraria al padre de Primavera tardía (Yasujiro Ozu, 1949), Cécile (Jean Seberg, máximo ícono del star system juvenil de su tiempo) planea vivir una eterna juventud bajo la sombra de su progenitor (David Niven), una versión adulta de la chica. Ante la amenaza de Deborah Kerr, armada con normas e imposiciones, la protagonista saca las garras para defender su anodino estilo de vida. La obra Françoise Sagan aborda la maldad implícita en el comportamiento adulto pueril, sin responsabilidad sobre las consecuencias de dichos actos. En su momento, la adaptación de Otto Preminger no fue recibida con entusiasmo (debido a la ambigua relación padre/hija), pero fue rescatada por sus magistrales recursos estilísticos; por ejemplo, la alternancia cromática en CinemaScope, la cual produce ese atractivo contraste entre la crueldad de los personajes y el esplendor de la Riviera francesa. Como John Patterson (The Guardian) lo señala,  la obra de Preminger “marcó el comienzo de una nueva ola de cine vibrante”, pues los colores son una parte importante en el subtexto psicológico de esta coming of age, antecediendo en Francia a Godard y compañía.

  1. Eighth Grade (Bo Burnham, 2018)

En el middle school (secundaria), como en cualquier entorno adulto, convertirse en outsider introvertido asegura la marginalización en el colegio. Libre de tremendistas métodos de buillyng, el ostracismo sufrido por Kayla es una de las miradas más crudas a la crueldad adolescente y cómo esta puede llevar a un precipicio autodestructivo. El standupero Bo Burnham incluye a la cultura “Be Yourself” de YouTube (y en general, el uso de “pantallas”) como un medio de evasión a la violencia (psicológica y sexual) del entorno. Según el director, visitó vlogs de chicos en octavo grado con pocas vistas, para conocer su lenguaje no verbal, lleno de vulnerabilidad disfrazada de falsa sociabilidad. Eighth Grade no pretende ser optimista, pero sí una tierna aproximación al “tecnológico” mundo centennial, en el cual (después de tantas décadas) la hostilidad adolescente del pasado permanece. 

  1. Harold y Maude (Hal Ashby, 1971)

Comedias oscuras como Un cadáver para sobrevivir (Dan Kwan y Daniel Scheinert, 2016) o Yo, él y Raquel (Alfonso Gomez-Rejon, 2015) tienen ecos de este clásico, donde un tétrico joven siente atracción por la muerte. El actual estereotipo del “bicho raro” tuvo su germen en el guion de Colin Higgins; la rebeldía de Harold no era una lucha histérica por incomprensión (al estilo James Dean), él se reconoce fuera de la norma y vive cómodo con ello, haciendo gala de su fetiche suicida. En  su momento, la película fue retirada de cines durante la semana de estreno, debido al fracaso en taquilla y crítica; problema que se sumó a las intromisiones de Paramount en la producción, las cuales llevaron a Ashby y Bud Cort a defender el corte del director bajo amenaza de sabotear la campaña de promoción. Dijo el productor Charles Mulvehill: “la idea de un chico de 20 años con una mujer de 80 simplemente hizo que la gente quisiera vomitar”. Como menciona el crítico Matt Zoller Seitz en el portal de Criterion, la película llegó tarde al boicot contra el establishment: en los 70s, la contracultura había caducado y los tópicos de amor libre ya no eran tan atractivos para los jóvenes. Sin embargo, el filme ha ganado adeptos a través de las décadas, quienes ven en este tierno romance las claves para nuevas narrativas fuera de lo convencional.     

  1. Suburbios de Beverly Hills (Tamara Jenkins, 1998)

Si buscas títulos sobre familias disfuncionales, Tamara Jenkins tiene una de las mejores obras al respecto. Debajo del humor ácido y un par de escenas musicales memorables, Suburbios de Beverly Hills es una comedia personal llena de melancolía, donde la directora descarga las memorias de su adolescencia y la difícil relación con su irresponsable padre. En una entrevista para Vulture, Jenkins recuerda que los críticos de entonces consideraban desproporcionada la crisis familiar en la ficción; sin embargo, el personaje de Alan Arkin es una versión adorable de la realidad, pues el padre de la realizadora sí abandonó a sus hijos por la novia rica.  Más tarde, esta realidad ficcionada continuaría en La  familia Savage (2007). Como lo menciona la autora, dicha metaficción es más “cruda” que lo autobiográfico, porque el explorar las alternativas narrativas hace que los recuerdos tomen una profundidad nostálgica. La atemporal irreverencia contenida de Suburbios de Beverly Hills recurre a la cínica condescendencia para relajar la marginalidad de unos parias sociales sin techo seguro, personas invisibles transitando por toda “América”. 

  1. Wildlife (Paul Dano, 2018)

Incendios de Richard Ford ya es una obra monumental, pero la adaptación de Paul Dano y Zoe Kazan trasladó el drama a un escenario nostálgico, lleno de imágenes austeras que retratan el deslucido american way of life, compartiendo universo pesimista con el colosal Sam Mendes de Revolutionary Road (2008). La trama es pasiva y controlada, pero oculta resentimientos dolorosos, resultantes del desencuentro tras la partida del patriarca (eje central de la familia tradicional). La película nos transporta a esos tristes momentos de la infancia, cuando la capa de misterio que envuelve a nuestros padres se rompe y revela a personas frágiles, patéticas y crueles. La perspectiva del joven protagonista nos brinda el retrato de una Penélope contemporánea (interpretada con maestría por Carey Mulligan), abriendo una puerta de escape a la solitaria vida en los confines de Estados Unidos. Wildlife se conforma de fragmentos sobre vidas insatisfechas, atrapadas en el paisaje infértil de la América profunda. 

  1. El graduado (Mike Nichols, 1967)

¿Sabían que Robert Redford pudo interpretar a Ben Braddock? Si nos ponemos estrictos, El graduado es más un drama young adult que coming of age; sin embargo, la historia y estilo del filme determinaron las posteriores películas sobre la apatía juvenil. El filme definió en Hollywood una nueva forma de ver a los adolescentes –alejada de la virilidad explosiva de James Dean o Marlon Brando–, para dar paso a la vulnerable hesitación de Dustin Hoffman, alimentada por el ansioso deseo por hacer del futuro algo “diferente” al proyecto de vida planeado por sus padres. De forma espontanea, The Sound of Silence daba un nuevo significado al uso de soundtrack, ya que no se trataba sólo de vender una canción sino de estilizar el hastío decadente de Braddock.

La película fue adelantada para su tiempo, más cercana a nuestros días de ensimismamiento narcisista que a la víspera del 68. De acuerdo con Mike Nichols, cuando hicieron algunos screenings en colegios, la pregunta recurrente de los universitarios era: “¿cómo es que no se trata de Vietnam?”, porque no podían ver en la trama  “la postura” sobre el conflicto. La adolescencia tardía del protagonista está rodeada de experimentos visuales que hoy son un requisito indispensable para este subgénero; una  versión pop de Hipólito y Fedra, mito griego referenciado por el propio el director en varias entrevistas.  

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