Ocho películas sobre adolescentes en contextos difíciles

¡Ah, la adolescencia! Para algunos, la mejor etapa, para otros, el peor momento de sus vidas. Sea cualquiera de las opciones, lo cierto es que esta transición entre la infancia y la adultez está llena de dudas y cambios, repleta de experiencias que nos llevan a establecer nuestra identidad. Si a esto le añadimos un contexto social abrupto que enfatice o complejice todos esos procesos e incertidumbres, la etapa se vuelve más determinante y memorable.

Aquí te comparto una lista de ocho películas en las que sus protagonistas se enfrentan a crecer en un ambiente que les plantea encrucijadas mayores a las de cualquier adolescente.

Monos (Alejandro Landes, 2019)

El largometraje, más colombiano que de cualquier otra nacionalidad de las involucradas en su producción, se centra en las actividades de un grupo paramilitar conformado por jóvenes quienes, entre juegos y relaciones amistosas y amorosas, crecen en las montañas y en la selva mientras cuidan a su rehén, la Doctora. Su director declaró, que quería mostrar esa sensación vertiginosa de estar en un conflicto armado y en un momento tan melodramático como la adolescencia.

La película, estrenada en Sundance, aborda un tema recurrente, pero desde decisiones estéticas que se apoyan mucho en la fotografía de Jasper Wolf para hacerla más sensorial que política. 

Chicuarotes (Gael García Bernal, 2019)

Después de 11 años de su debut como director con Déficit, García Bernal trae la historia de Cagalera y Moloteco, dos adolescentes que, fastidiados de su ambiente hostil y poco prometedor, están dispuestos a ser delincuentes para cambiar la vida que llevan.

El guion de Augusto Mendoza, de hace 16 años, demuestra lo poco que ha cambiado México en cuanto a sus problemáticas sociales. Sin embargo, García Bernal no se acercó a ese tema, ya tan conocido por los mexicanos, de una forma novedosa y hace que su segundo largometraje se sienta un poco atropellado en cuanto al tono o al desarrollo de sus personajes. Esto no le quita que sea un claro ejemplo de hacia dónde te pueden llevar decisiones impulsivas tomadas por el hartazgo que provoca una realidad violenta.

Atlantique (Mati Diop, 2019)

Derivado de su corto documental Mille Soleis, el primer largometraje de Diop lleva al terreno de la ficción los dilemas de los jóvenes senegaleses: mujeres con matrimonios arreglados; los hombres, en incipientes embarcaciones, cruzan el Atlántico en busca del sueño europeo. De nueva cuenta se hacen presentes las pocas oportunidades para la realización profesional de ciertos sectores de la población.

La ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes sigue la historia de Ada, una joven que ve partir a su novio en una de esas pequeñas barcas, mientras ella debe seguir con un casamiento que no desea. Aunque la película fue criticada por la mezcla de temas y géneros, es una historia romántica, social y fantástica a la vez. Diop le apuesta más a las imágenes que a la trama para darle otras resoluciones a los conflictos de los jóvenes en Senegal. 

Ya no estoy aquí (Fernando Frías, 2019)

Esta es la historia de Ulises, líder de los Terkos, un grupo de amigos que son parte de los cholombianos. Obligado por un conflicto entre las bandas de su colonia migra a Nueva York, Estados Unidos. Ahí comienza su verdadero viaje de regreso a casa a través de la nostalgia de dejar el espacio y a los amigos que lo hacen ser quien es. Fernando Frías no realiza una película sobre la violencia en las zonas más precarias de Monterrey, la establece como parte de la cotidianidad de sus personajes. Con la “guerra contra el narco” de telón, se centra en Ulises y de qué manera conforma su identidad, en especial desde la música.

Aunque el director ponga a su protagonista a lidiar con sucesos muy agresivos, también le da oportunidad de ser adolescente, de convivir con sus amigos y con ello darle un respiro a él y al espectador de toda esa realidad que a veces nos desintegra. 

American Honey (Andrea Arnold, 2016)

Star abandona un hogar disfuncional y se aventura a ser parte de una suerte de clan de niños perdidos que venden revistas de puerta en puerta. Sin miedo a dejar nada atrás y sin una promesa, más que la de la libertad por delante, Star es representante de una generación por la que nadie apuesta. Aunque la película no fue tan bien recibida como Fish Tank (2009), Arnold vuelve a enfocarse en mujeres jóvenes que oscilan entre la inocencia y la fortaleza para seguir en pie en un contexto áspero.

El tercer largometraje de la directora británica le apuesta a la fotografía de Robbie Ryan y a su selección musical, no para darle una resolución a lo que plantea en pantalla, sino solo para dar ese recorrido junto a la protagonista. 

Voraz (Julia Ducournau, 2016)

Justine es una joven que, siguiendo los pasos de su familia, está por entrar a estudiar veterinaria, y en ese nuevo paso a la adultez personal y profesional, la protagonista se enfrenta a su propia naturaleza. En esta película, a diferencia de las demás en la lista, el contexto abrumador no viene de lo social, sino de las figuras de las que se vale el cine de horror para encuadrar predicamentos de la realidad. Los comentarios sobre las reacciones de asco y vómito ante lo gráfico de las escenas de canibalismo de la película de Ducournau desviaron la atención de los temas centrales que son la conformación de la individualidad a partir de la continuidad y desapego de lo familiar. 

Hot girls wanted (Jill Bauer Ronna Gradus, 2015)

“No es difícil aprovecharse de una chica de 18 años que tiene sexo frente a una cámara. […] La mayoría de las chicas aceptaban hacer lo que fuera. Si tiene un signo de dólar al frente: anótame” dice Tressa en el documental de Bauer y Gradus. El valor de esta película, presentada en Sundance, no está en el tratamiento audiovisual, sino en la temática: mujeres de entre 18 y 21 años que incursionan en la pornografía amateur.

Las apenas legalmente adultas, aunque a voluntad, pero atraídas por sus aspiraciones a la fama y la autorealización o independencia de sus hogares, se inmiscuyen en un negocio misógino que, en su mayoría, vende como fantasía la idea de sexo no consensuado con mujeres muy jóvenes.  

La jaula de oro (Diego Quemada Diez, 2013)

Tres adolescentes, dos guatemaltecos, Sara y Juan, uno indígena mexicano, Chauk, protagonizan esta road movie, no en un convertible o camioneta amarilla, sino en un tren llamado la Bestia. Sin caer en un tratamiento melodramático de la travesía migrante a los Estados Unidos, el director presenta a los jóvenes con una actitud de mucha entereza ante las vicisitudes de lo que están por vivir. Más allá de enfocarse en las problemáticas que los llevan a irse, puesto que esos parecen ser ya temas obvios, lo importante en la película es el viaje que realizan, que toma relevancia conforme tiene que dejar a sus personajes atrás.

El primer largometraje de Quemada Diez toca muy de cerca la línea del documental, por haberse basado en cientos de relatos de migrantes para conformar esta historia de madurez a lo largo de un trayecto obligado. 

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