Mujeres pioneras en la realización de cine en México (parte 1)

Por: Citlalli Juárez (@citlallijuarez)

Es bien sabido que el cine es una industria dominada mayoritariamente por los hombres; desde los inicios del cine silente hasta el cine contemporáneo. Los nombres de éstos son conocidos en el cine silente mexicano y recordados en un sin fin de textos; sin embargo, poco se conoce de las primeras mujeres cineastas de la época. Nombres como las hermanas Elhers o Adela Sequeyro son poco ubicados aun con el papel decisivo que jugaron en el desarrollo de la industria fílmica. 

Pareciera que estas jóvenes de diferente procedencia y estrato social no comparten nada en común, sin embargo, forman parte de un grupo de pioneras del cine mexicano de la primera mitad del siglo XX. Cada una luchó y creó desde su trinchera, pero con un objetivo en común: romper estereotipos perpetuados por décadas, presentar ideas innovadoras y apoyar el desarrollo de la industria del cine en México. 

Conoce a algunas de las cineastas pioneras del cine mexicano de principios del siglo XX. 

Mimí Derba (1893 – 1953)

Hermina Pérez de León, originaria de la Ciudad de México, nació en la cuna de una familia acaudalada y de costumbres refinadas, cuyo talento artístico fue heredado de su madre, la escritora Jacoba Avedaño. La joven de dulce voz realizó su debut como tiple con una compañía de zarzuela en el Teatro Payret, en la Habana (Cuba), bajo el nombre artístico de Mimí Derba. Pronto se posicionó como una de las más grandes bellezas de México. Pero la belleza no era su único atributo, al gustar de las artes y letras, la mujer “tres partes de Afrodita y una parte de Minerva” publicó varias historias cortas, mismas que fueron compiladas en una antología titulada Realidades (1921), editada por ella misma.

Inspirada por las grandes “divas” italianas como Pina Menichelli, Francesca Bertini o Italia Almirante Manzini, Derba decidió incursionar en el cine. Junto al camarógrafo y realizador Enrique Rosas (y con la financiación de su presunto amante, el general Pablo González), fundó la primera productora de cine mexicana, La Sociedad Cinematográfica Mexicana, Rosas, Derba y Cía, antecedente de la productora Azteca Films, creada en 1917 en el centro de la ciudad, con una oficina ubicada en la esquina de la Av. Juárez y Balderas.

Durante su primer y único año de funcionamiento, Azteca Films produjo cinco largometrajes en los que Mimí Derba estuvo involucrada en la mayoría de sus procesos creativos; desde la producción, desarrollo del argumento y actuación, hasta una osada participación detrás de la cámara. 

En defensa propia inauguró la producción de largometrajes en Azteca Films, después de que se dejó inconclusas las cintas Entre la vida y la muerte y Chapultepec. En esta película, Rosas se desempeñó como fotógrafo, mientras que Derba fue la autora del argumento y actriz protagónica; convirtiéndose en una de las pocas tiples que logró incursionar exitosamente en el cine silente. 

Alma de sacrificio fue la primer película que Derba produjo, además de actuar un papel protagónico. Por su parte, Enrique Rosas estuvo a cargo de la fotografía una vez más, mientras que la música fue adaptada e interpretada por el compositor Miguel Lerdo de Tejada. 

La Tigresa, tercer producción de Azteca Films, fue la única película en la que Mimí abandonó su rol de actriz y se dedicó por completo a la dirigir junto a Rosas; con esto se convirtió en la primer mujer en dirigir un largometraje en México. 

Azteca Films produjo dos cintas más, La soñadora y En la sombra, donde Derba trabajó como actriz y autora del argumento, respectivamente. Aunque tuvo un gran éxito en la exhibición de sus cintas, la productora tuvo que cerrar debido a que todas las ganancias cayeron en manos de los exhibidores y distribuidores, impidiendo el desarrollo de Azteca Films. Después de ello, Derba regresó al teatro y no volvió a trabajar en un filme silente.

Su regreso al cine sucedió en el año 1931 con Santa, primer película mexicana con sonido óptico; un año después, la actriz decidió retirarse del teatro. A partir de entonces una nueva era comenzó para la actriz, esta vez durante la “época de oro” del cine nacional, interpretando papeles de señora de sociedad y dama severa.  

Durante este periodo fue dirigida y compartió cuadro con grandes representantes de la época como Emilio “El Indio” Fernández, Dolores del Río y Pedro Armendáriz en Flor Silvestre (1943); Fernando de Fuentes, María Félix y Fernando Soler en La mujer sin alma (1944); y Pedro Infante y Jorge Negrete en Dos hombres de cuidado (1952).  

Adriana y Dolores Ehlers (1894 – 1972 / 1896 – 1983)

El origen humilde de las hermanas Elhers no les impidió desarrollarse como operadoras de cámara, directoras, documentalistas, vendedoras de equipo de cine, laboratoristas y productoras, además de pertenecer a las primeras mujeres en liderar departamentos gubernamentales. Después de la muerte de su padre, fotógrafo de oficio, su madre trabajó de partera para mantenerlas. Vivieron la mayor parte de su vida en Veracruz, donde apoyaron fervientemente a Carranza y Madero durante la Revolución. 

Obligadas a abandonar la escuela debido a problemas económicos, Dolores comenzó a trabajar haciendo dulces, mientras que Adriana trabajó en un estudio fotográfico en el revelado y retoque de negativos. Tiempo después, siguiendo la profesión de su padre y con el conocimiento adquirido, las hermanas abrieron un estudio fotográfico en el patio de su misma casa. El estudio comenzó a ganar popularidad y sus retratos artísticos fueron elogiados por muchos.

En 1915, durante una visita de Venustiano Carranza a Veracruz, Adriana y Dolores fueron convocadas para tomar el retrato del político. El resultado de las fotos complació tanto a Carranza que en agradecimiento les otorgó una beca para estudiar fotografía en los estudios Champlain, en Boston. Desde entonces, sumaron diversos estudios en el arte y la cinematografía.  

Después de su estancia en los estudios Champlain, obtuvieron una nueva beca para estudiar cinematografía, misma que les permitió trabajar en el Museo Médico del Ejército de los Estados Unidos. Durante la Primera Guerra Mundial, el Museo Médico se dedicaba a la realización de múltiples cintas para instruir a los soldados en temas referentes a la salud; aquí las hermanas aprendieron a grabar, desarrollar, procesar y titular las películas. Por último, aún apoyadas por el gobierno mexicano, Dolores y Adriana concluyeron sus estudios cinematográficos con una estadía en Universal Pictures en Jacksonville, Nueva Jersey. 

Las hermanas regresaron a México en 1919, año en que fueron nombradas jefas de departamentos gubernamentales. Adriana se desempeñó en el Departamento de Censura Cinematográfica, creado con la intención de eliminar las imágenes degradantes sobre los mexicanos que se proyectaban internacionalmente, además de regular el material que podría ser considerado ofensivo para la moral pública. Por su parte, Dolores se hizo cargo del Departamento Cinematográfico, cuyo objetivo era presentar una imagen admirable y próspera de México y sus ciudadanos a través de distintas producciones visuales. Fue así que las hermanas produjeron y realizaron múltiples largometrajes que celebraban la cultura y forma de vida en México; hicieron documentales de la zona arqueológica de Teotihuacán y las cuevas de Cacahuamilpa, el sistema de agua potable en la Ciudad de México, la industria petrolera, el Museo de Arqueología, entre otros.

Sin embargo, las Elhers también eran mujeres visionarias y de negocios, pues obtuvieron el permiso de la firma Nicholas Power (importante marca de proyectores de cine que era competencia directa de la empresa de Thomas Alva Edison) para la distribución de su equipo en México. Su negocio de venta de equipo de cine y refacciones recibió el nombre “Casa Elhers”. 

Después de la muerte de Carranza, las hermanas fueron destituidas de sus cargos burocráticos y se dedicaron a la venta de proyectores. A pesar de sufrir duras críticas por trabajar en una industria dominada por hombres y por ser autosuficientes, las hermanas Elhers tuvieron una gran participación en los eventos cinematográficos de su época, además de ser reconocidas entre las personas que fundaron el Sindicato Cinematográfico. 

Cándida Beltrán Rendón (1898 – 1984)

Cándida Beltrán fue la primer mujer mexicana en realizar un largometraje con argumento, además de ser la última de las cinco únicas directoras del cine silente mexicano. Nieta del héroe de la batalla contra la intervención francesa, José Rendón Peniche, Cándida tuvo que asumir las duras tareas del hogar desde muy temprana edad y hacerse cargo de sus ocho hermanos después de la muerte de sus padres. 

Con tan sólo 16 años de edad escribió una historia dramática que tituló El secreto de la Abuela. A sus 30 años, Cándida decidió llevar a la pantalla grande aquella historia de sus años de adolescencia, con el objetivo de ser la directora y actriz protagónica de la cinta. 

La historia narra la vida de Chiquita, una niña pobre y huérfana que se gana la vida vendiendo periódicos para apoyar a su abuela ciega. La vida de Chiquita cambia cuando entabla una amistad con un hombre maduro y acaudalado, quien le ofrece adoptarla. Sin embargo, la historia adquiere un giro dramático cuando la abuela le confiesa que aquél hombre que pretende cuidarla es en realidad su abuelo biológico.  

A diferencia de Mimí Derba, quien tenía amplia experiencia en el teatro por su pasado en la zarzuela, y las hermanas Elhers, quienes eran famosas por sus estudios y talento filmográfico, Cándida no poseía ninguna experiencia en la industria del cine. Sin embargo, bajo el peor de los augurios, Beltrán produjo el filme con su propio dinero, además de involucrarse por completo en el guion y la escenografía.

Beltrán recibió la ayuda del director y fotógrafo Jorge Stahl, y algunos miembros de la compañía teatral española Gregorio Martínez Sierra. El dramaturgo Martínez Sierra le dio consejos para perfeccionar el guión de la cinta. La filmación concluyó en 1928 y a pesar de que una mujer a cargo de una producción no era común, Cándida logró proyectar su ópera prima en septiembre de ese mismo año. Una primera proyección limitada se realizó en el Cine Olimpia en la Ciudad de México; dos meses después una segunda proyección pública y cartelera tuvo lugar en el Cine Regis. 

A pesar de las críticas que favorecían la actuación de Cándida y elogiaban la fotografía de Stahl, Beltrán jamás regresó al cine. Se especula que los problemas que enfrentó durante el rodaje y las dificultades económicas influyeron en su retiro de la industria del cine. En una entrevista de 1919 mencionó que había escrito más historias y guiones, pero desafortunadamente no hay rastros de ellas. Después de su incursión en el cine, Beltrán se convirtió en compositora de canciones populares como Mestiza Yucateca, Este amor, Madre mía, entre otras. 

Adela Sequeyro (1901 – 1992)

La actriz y crítica de cine es reconocida como la primer mujer mexicana en dirigir una película sonora. Fue conocida principalmente por sus papeles en películas silentes, melodramas y sus críticas. En 1920 compartió cuadro con Ricardo Mutio, un conocido actor de la compañía Virginia Fábregas. Dos años después, “Perlita” (apodo con el que era conocida) protagonizó la cinta El hijo de la loca, trabajo por el que fue elogiada enormemente y le abrió el camino a por lo menos cinco papeles protagónicos más. Durante este fructífero periodo de trabajo, Adela aprendió los secretos de la filmación y se interesó en ella. 

A través de su trabajo de crítica para periódicos como El Demócrata, El Universal Ilustrado, El Universal Taurino y Revista de Revistas, Sequeyro pudo codearse con grandes personalidades de la escena cultural en México. Fue así que comenzó una amistad con el dibujante y pintor Ernesto “El Chango” García Cabral, con quien trabajó en Atavismo y Un drama en la aristocracia; con Adolfo Best Mugard, muralista, pintor vanguardista y director de la cinta La mancha de sangre; con el pintor, dibujante y diseñador de set, Matías Santoyo; y con el poeta Arqueles Vela, uno de los fundadores del Estridentismo.  

En 1935, con la financiación del Banco de Crédito Popular y con el apoyo de unos cuantos técnicos de cine, Adela creó Éxito, la primer cooperativa de cine, donde produjo la película Más allá de la Muerte, misma que fracasó en taquilla y dejó en bancarrota a la cooperativa. 

Dos años después, con la ayuda de su esposo Mario Tenorio, Adela fundó la cooperativa Carola, con la cual produjo La mujer de nadie (1937), cinta que ganó la aceptación del público, además de posicionarla como la primera mujer mexicana en dirigir una película sonora. La crítica describió a la cinta como innovadora, una pieza que no sólo era protagonizada por Sequeyro, también contaba con su visión directoral, un trabajo exclusivamente reservado para los caballeros en esa época. Con este filme, Sequeyro logró proyectar la capacidad de amar de una mujer, además de sumergir al público en un universo erótico apenas explorado, a través de un lenguaje fílmico moderno. 

A pesar de las pérdidas económicas que había sufrido la cooperativa con sus anteriores producciones, Adela se las arregló para producir una tercer y última película llamada Diablillos de arrabal (1938). Este filme fue diferente a lo que había hecho antes, pues contaba la historia de dos pandillas juveniles rivales que unen fuerzas para defender su vecindario de unos bandidos. La película fue estelarizada principalmente por actores juveniles y fue considerada pionera en retratar la vida de los barrios pobres de la Ciudad de México. Sin embargo, la cinta fue un rotundo fracaso en taquilla, por lo que Sequeyro tuvo que renunciar a los derechos de la película, quedándose prácticamente en la miseria. Carola tuvo que suspender operaciones.

Después del duro golpe que significó Diablillos de arrabal, las únicas oportunidades laborales que se le ofrecieron para continuar en el campo de la realización cinematográfica fueron como asistente de dirección, las cuales rechazó. Sequeyro actuó en un par de películas más y después se dedicó a su trabajo como crítica de cine en 1950. Durante las siguientes décadas su trabajo fue olvidado hasta que la cineasta mexicana Marcela Fernández Violante redescubrió sus trabajos, procurando que recibieran el reconocimiento que merecían. 

Juliet Barrett Rublee (1875 – 1966)

Barret, nacida en Chicago, Estados Unidos, era una ferviente defensora de los derechos de la mujer. En 1914 lideró una marcha a favor del voto femenino, organizada por la Unión Legislativa por el Sufragio Femenino. Así mismo, Juliet defendió los derechos reproductivos de la mujer, desafiando los pensamientos conservadores de su esposo, y en 1921 fue una de las organizadoras del Primer Congreso sobre Control de Natalidad. 

Su incursión en la industria fílmica la realizó en el año 1932 cuando llegó a México con la película Alma mexicana (Flame of Mexico, por su título original). Juliett escribió y dirigió la que se reconoce como la primera cinta estadounidense grabada enteramente en México. En un principio, la idea de Barrett era realizar un filme documental de viaje (que eran bastante comunes y bien aceptados entre los burgueses de aquellos tiempos, ya que ofrecían la posibilidad de visitar lugares lejanos y  “exóticos” a través de la cámara), sin embargo, la idea se convirtió en un melodrama histórico.

Alma Mexicana es una historia de amor y política. La cinta cuenta la vida de Rafael (Donald Reed), un campesino pobre quien con el último aliento de su padre moribundo recibe la tarea de trabajar, estudiar y convertirse en un líder que inspire al pueblo con sabiduría y amor. Tomando ventaja de los inicios del movimiento maderista, Rafael se postula como candidato a diputado local, con ideales nuevos y frescos, compitiendo contra el hacendado Don Gonzalo de Aragón (Francisco Martínez), quien tiene negocios turbios con un empresario estadounidense y además es el padre de Rosita (Alicia Ortiz), su interés amoroso. 

La cinta significó una ventana hacia la relación político-cultural entre México y Estados Unidos durante 1920; un melodrama que incluía temas como las tierras, el petróleo, la educación, la Revolución, el amor, entre otros. Juliet se valió de los elementos que dominaban las películas de Hollywood e inundaban los primeros melodramas mexicanos, para crear una historia que fuera del agrado de ambos públicos. La realizadora también utilizó tomas de paisajes que grabó en un viaje por México junto con el Capitán John Noel, conocido por fotografiar la expedición de George Mallory en el Everest. Además, a pesar de que el cine sonoro se encontraba en sus primeros años, su visión innovadora la llevó a experimentar con el sonido de la película, utilizando música regional mexicana y la inserción de títulos en la película. 

A pesar de que Barrett no dirigió la película, ella misma se describía como la “presentadora” del proyecto, pues se desempeñaba como gerente de producción y negocios, asistente de dirección, asistente de producción y productora, siendo que financió la película con $150,000 de su propia fortuna. 

Debido a que Alma Mexicana se produjo y se editó durante el periodo de la Gran Depresión, los costos de producción se elevaron y finalmente nadie se arriesgó a invertir en ella. Esto dejó sin fondos a Juliett, razón por la que no volvió a realizar una producción.

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