Los 17 mejores diseños de vestuario de época

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Aunque fue un desastre, la octava temporada de Juego de Tronos tiene una prodigiosa demostración de alta costura para audiovisuales. El último atuendo de Sansa (durante su coronación) resume la transformación del personaje a través de las temporadas. Cada accesorio y bordado constituye una narrativa sobre el porvenir de Winterfell, la herencia simbólica de los Stark y la independencia política del Norte; como consecuencia, la audiencia no fue indiferente y se dedicaron varios hilos de Twitter para analizar los detalles de UN SÓLO VESTIDO.

https://twitter.com/fangirlJeanne/status/1179438917822504960?s=19 

A grandes rasgos, la máxima misión de un buen vestuario es esa: hacer legible en las prendas el carácter de un personaje, ideología, condición social o cualquier otro elemento que complemente la propuesta visual del proyecto. En el cine, la ropa es capaz de cambiar el sentido de una película: los modelos de La La Land (2016), por ejemplo, nos hablan del gusto vintage de Damien Chazelle y el estilo de Nicole Kidman convierte a El sacrificio del ciervo sagrado (Yorgos Lanthimos, 2017) en una secuela espiritual de Ojos bien cerrados (Stanley Kubrick, 1999). Sumamos a eso que el vestuario depende de la cinematografía y la paleta de colores deseada; a partir de esa idea, existen directores (como Krzysztof Kieślowski) que llevan al límite la conjunción de todos los departamentos artísticos para lograr un concepto cromático innovador.

Cuando se trata de una producción histórica, la tarea es más exhaustiva, ya que requiere de investigación y planificación. Por lo tanto, ¿es necesario el rigor histórico? Pensemos en todas las adaptaciones de Cumbres borrascosas y cómo la estética evolucionó desde los atemporales vestidos ampones de 1939 hasta la simpleza rural de Andrea Arnold. Eso se debe a la influencia del presente en la recreación del pasado, convirtiendo al filme en un documento del contexto de la producción para el futuro. A la distancia, somos conscientes de las tendencias ochenteras presentes en el crepé de Juliette Binoche o en los imprecisos 30 de Jacques Rivette.

La documentación sirve de soporte, pero no lo es todo. Alexandra Byrne comenta que, ante la falta de retratos verosímiles, el vestuario de la reina en Elizabeth: la edad de oro (Shekhar Kapur, 2007) fue basada en creaciones de Cristóbal Balenciaga, dando un giro a la saturada representación clásica de la monarca. A diferencia del diseño de vestuario para fantasía o ciencia ficción, la ambientación de época requiere de cierta referencialidad notoria y funcionalidad narrativa, no sólo un despliegue de exuberancia preciosista en decorados. Como dice Piero Tosi, “un guardarropa debe ser tan creíble como las líneas y las expresiones faciales del actor. Si no logran comunicar quién es el personaje y por lo que está pasando, el vestuario e, indirectamente, la película han fallado”.

También, el vestuario determina el curso del tiempo diegético dentro de la ficción. En La Prima Angélica (Carlos Saura, 1974), las retrospectivas al pasado franquista se distinguen mediante cambios en la moda de los personajes y no por cortes en las tomas. Otro ejemplo perfecto es el final de Mine vaganti (Ferzan Özpetek, 2010), donde pasado y presente terminan fusionándose con sólo un elemento diferenciador: la indumentaria. Los directores más osados crean juegos temporales a partir de la ambigüedad de la moda, siendo el caso más reciente Transit (Christian Petzold, 2018). En un intento por crear paralelismos entre la actual crisis migratoria en el Mediterráneo y la ocupación nazi, Petzold viste a los protagonistas como en los años 30, pero en escenarios contemporáneos; el resultado es una Casablanca experimental fuera del formalismo del cine de época.

En Hollywood existe una amplia  oferta de escuelas especializadas en la enseñanza del “oficio”, las cuales remontan desde 1920, siendo las más destacadas el California Institute of the Arts (cofundada por Walt Disney), la NYU Tisch School of the Arts, el Savannah College of Art & Design y la Carnegie Mellon University School of Drama. El antecedente directo es el teatro, donde ya se podía ver una conexión entre moda y ficción. Muchos profesionales se refieren a “crear línea” entre actor y relato. Sobre lo anterior, Erin Benach cuenta que, inicialmente, Bradley Cooper vestiría pantalones de cuero en Nace una estrella (2018); tras conocer las canciones, el equipo decidió virar hacia la mezclilla y la sobriedad. En el cine de época (sci-fi y fantasía) es menos probable el cambio de ruta, ya que implicaría revestir a grandes ejércitos o grupos de coristas (pensando en tiempos artesanales sin CGI).

Después de esta introducción, enlistamos los 17 mejores diseños de vestuario de época. No se incluyen películas péplum, de fantasía o ciencia ficción, ya que más tarde publicaremos listas de tales géneros.

17. Una habitación con vistas (James Ivory, 1985)

Vestuario: Jenny Beavan y John Bright

Difícil determinar cuál película de James Ivory tiene el mejor diseño de vestuario, porque la dupla Beavan/Bright recorrió diversos periodos históricos en sus colaboraciones con el cineasta. No obstante, Una habitación con vistas posee una juguetona belleza acorde a las diversas personalidades del ensamble actoral. El par de artistas se caracteriza por no bosquejar la ropa en preproducción. La construcción de los atuendos surge a partir de la elección de prendas en estanterías; de hecho, Bright es fundador de Cosprop, sastrería y almacén de trajes de época (del siglo XV al XX) con más de 50 mil prendas y accesorios en stock. Para los filmes de Ivory, los actores tenían participación activa en el armado de los guardarropas, en función del guion y la aportación escénica de los intérpretes.

En comparación con otras prolijas producciones ambientadas en el mismo periodo, los vestidos eduardianos tienen un relajado porte, simulando cotidianeidad espontánea. La ostentosidad burguesa se reduce al mínimo, para hacerla compatible con la sofisticación contemporánea de la élite del siglo XX. La simplicidad en el oficio de John Bright y Jenny Beavan (la loca mente detrás del universo posapocalíptico de Mad Max: Fury Road) permeó en la industria británica, eliminando la pomposidad aristocrática del género. Así, una blusa con bordado vintage o un traje de tres piezas sin coordinar podrían asemejarse a la ropa casual que cualquier espectador de clase media viste los domingos.

16. Gritos y susurros (Ingmar Bergman, 1972)

Vestuario: Marik Vos-Lundh

El vestuario, la fotografía de Sven Nykvist y el diseño de producción (también armado por la propia Vos-Lundh) conforman una gran sinfonía visual sin precedentes, ya que el contraste del guardarropa monocromático con la encarnada intensidad de los interiores constituye una de las propuestas escénicas más sugestivas en la historia del cine. El concepto de las mujeres vestidas de blanco y la habitación roja surgió (supuestamente) de un sueño de Bergman, tras el fracaso de The Touch (1971); sin embargo, el alto presupuesto (compensado tras el lanzamiento internacional) causó controversia en Suecia. Aunque el guardarropa no alcanza las 1,250 piezas de Fanny y Alexander (1982), existe mayor complejidad en los diferentes estilismos de las hermanas, diseñados en función de sus personalidades (que en suma, integran tres facetas de una misma persona).

El vestuario tiene por objetivo contextualizar: cuando un personaje aparece en escena, su ropa sirve de prólogo a los diálogos. Por tal motivo, las creaciones de Marik Vos-Lundh (inspiradas en ningún periodo histórico específico) nos ayudan a entender los oscuros pensamientos de las protagonistas. Como el mismo Bergman lo señaló en entrevistas, Gritos y susurros es su película más técnica, porque gracias a los departamentos artísticos se logró la onírica atmósfera deseada. Debido a la alta saturación de colores, Nykvist empleó filtros en el laboratorio para evitar que la roja iluminación reflejada en los rostros y vestidos afectara la textura de las tomas.

15. El conformista (Bernardo Bertolucci, 1970)

Vestuario: Gitt Magrini

El diseño de vestuario de El conformista representó una reinvención de la estética del cine negro; actualizó la imagen de la femme fatale y la convirtió en una silueta andrógina con fluidez sexual. La aportación más llamativa de Magrini (quien trabajó en el look cosmopolita de El Eclipse) fue vestir a Dominique Sanda con pantalones (evocando a una Marlene Dietrich moderna), elemento que se repetiría con Maria Schneider en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972). En contraste, Stefania Sandrelli representa a la femineidad en su máxima expresión. Además de los icónicos modelos en la famosa escena de baile, los accesorios también remarcan la diferencia entre ambas estrellas: mientras Sanda porta exóticos turbantes y una cabeza de zorro, el aspecto de Sandrelli sólo se completa con básicos sombreros y pieles lisas. El estilo de la vestuarista fue disruptivo y convirtió al pasado fascista en una extensión del sofisticado cine policiaco de Jean-Pierre Melville.

Mucha de la influencia de este filme (en el venidero cine de los 70) se debe a su estética melancólica por el uso de beige, gris y demás colores sombríos. Aunque la recreación histórica es arbitraria (excesivamente contemporánea), la referencias al noir clásico hacen que el espectador sienta verosímil aquel opresivo mundo burgués. Los prolijos trajes y la ajustada silueta de Trintignant nos hablan de la confusa personalidad del personaje, algo complicado de denotar en roles masculinos y que sólo veríamos –con tal claridad– dos años después en El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972). El ojo artístico de Magrini fue más allá del oficio, pues logró convertir a las prendas en una extensión de la perturbada mente de los personajes de Bertolucci, convirtiéndose en otra capa narrativa para leer a detalle.

Vestuario: Jo Sang-gyeong

14. La doncella (Park Chan-wook, 2016)

La vestuarista Jo Sang-gyeong (y también diseñadora de hanboks de alta costura) tiene una importante carrera en el cine coreano; no obstante, las colaboraciones con Park Chan-wook destacan entre su filmografía. Diseñar el guardarropa de La doncella (romance histórico fuera de la zona de confort del director) implicaba una asiatización del drama victoriano de Sarah Waters, coherente con la atmósfera oscura y erótica del realizador. Para ello, el dúo construyó una estética basada en la cultura del S&M, donde los guantes y corsés son el principal detonante de la experiencia fetichista alrededor de las telas y su contacto con la piel.

El vestuario conforma varias capas sociales (determinadas por el uso de hanboks, kimonos o moda inglesa) y giros de personalidad en los protagonistas (como la transición de Lady Hideko, del recato eduardiano a la extroversión), haciendo del vestuario un elemento más complejo. Del conjunto de diseños, destacan dos piezas: el vestido de escote Berthay de las fotos promocionales y el kimono verde, debido a su incorporación contrastante en el entorno opresivo de la primera parte de la película. Según la diseñadora, el vestuario histórico requiere una mayor destreza del director, ya que la composición de los atuendos puede modificar un storyboard en su totalidad. 

13. Lola Montes (Max Ophüls, 1955)

Vestuario: Georges Annenkov y Marcel Escoffier

Los productores de Gamma esperaban continuar el éxito de sus “grandes putains” (películas de género sobre cortesanas licenciosas), con una superproducción en cinemascope. Sin embargo, la elección de Ophüls no dio los resultados esperados, porque las excentricidades del realizador y llenar la pantalla panorámica con decenas de extras en opulentos disfraces elevaron los costos. El realizador prescindió del guion de Jacques Laurent, pero rescató el final del circo y lo convirtió en el centro narrativo de la película, transformando la picaresca vida de Lola Montes en una densa sátira sobre la fama fácil y la farándula. Según palabras de Ophüls: “el público espera un pastel de crema, pero recibieron un golpe en el estómago”.

Yury “Georges” Annenkov (artista ruso multidisciplinario) fue el encargado de desarrollar la mayoría del concepto circense, excepto los vestidos de Martine Carol (enemistada con el vestuarista). Los atuendos de la actriz fueron confeccionados por Marcel Escoffier, basado en las fotos y pinturas de la bailarina del siglo XIX. El guardarropa de la protagonista está provisto de una rica gama de telas, que conforman un hermoso espectáculo de vestidos satinados y aterciopelados. Las contribuciones de Annenkov en la producción dieron a la metaficción una atmósfera onírica y sugestiva, donde el show acrobático simula un purgatorio, con Lola Montes reducida  a una bestia domada y en cautiverio.

12. Mi bella dama (George Cukor, 1964)

Vestuario: Cecil Beaton

Cuando la producción comenzó, Cecil Beaton (fotógrafo y artista de renombre) poseía un estatus superior al de Cukor, lo cual aseguró rencillas entre ambos personajes; de hecho, Cecil fue el primer fichaje, tras el éxito de sus creaciones en Broadway. La relación entre diseñador y realizador (apodados por el staff como “ese par de reinas”) se vio mermada por dos factores: la negación a utilizar genuinas locaciones en Inglaterra (todo fue filmado en los estudios de Warner) y la intromisión del primero en el trabajo del segundo. Mientras trabajaba en el arte del filme, Beaton se dedicó a hacer promoción masiva de su trabajo, vendiendo fotografías de la producción y creando material publicitario de Mi bella dama para las galerías; en resumen, el británico demandaba un protagonismo a la par de Hepburn.

A pesar de su personalidad quisquillosa e insoportable, Beaton supo dar a los productores y audiencia lo que esperaban: un espectáculo pomposo con Audrey Hepburn como principal atractivo (Julie Andrews, intérprete de la puesta en escena de Broadway, fue rechazada por ser “desconocida”). El guardarropa del filme se conformó por más de mil prendas, incluidos los icónicos sobrero y vestido de la carrera de Ascot. El vestuario de Mi bella dama es una explosión de lujo y sofisticación, basada en la hiperestilización de la elegancia europea.

11. La maldición de la flor dorada (Zhang Yimou, 2006)

Vestuario: Yee Chung Man y Jessie Mei Ling Dai

Zhang Yimou siempre se ha esforzado por hacer de su cine un negocio rentable, con presencia en el mercado nacional e internacional. Tras los éxitos comerciales de Héroe (2002) y La casa de las dagas voladoras (2004), el director elevó la apuesta con un proyecto de 46 millones de dólares, donde el principal gancho sería la ostentosa recreación de una corte del siglo X. Para asegurar que la audiencia apreciara la producción, se conformaron dos unidades de filmación: una dedicada a los planos generales y otra encargada, exclusivamente, de los planos de detalle, montados cuidadosamente en el corte final. A pesar de la apariencia moderna de algunos elementos, como los escotes o las pesadas armaduras (en la pelea del emperador con el príncipe), cada decisión del equipo artístico fue antecedida por una rigurosa investigación sobre la dinastía Tang.

La saturación cromática de la producción se debe a una decisión artística de Yimou, que consistió en hacer una analogía entre el palacio y los personajes: con fachadas cubiertas de oro y jade, pero oscuros y podridos  por dentro. Cerca de 40 artesanos trabajaron por dos meses para confeccionar artesanalmente  los atuendos del filme. Para los emperadores se diseñador alrededor de siete trajes compuestos por  seis capas, incluida una de oro real y otros detalles metálicos. Sin embargo, los elementos centrales de las vestimentas fueron los accesorios de manos y cabello portados por Gong Li, los cuales consistían en voluminosos tocados y exóticas extensiones de uñas doradas. Aunque la taquilla global no fue satisfactoria, el vestuario consiguió la nominación al Oscar y se convirtió en el más icónico de la filmografía de Yimou, gracias a lo verosímil de la opulencia.

10. Anna Karenina (Joe Wright, 2012)

Vestuario: Jacqueline Durran

El ojo artístico de Jacqueline Durran ha marcado a una generación de cinéfilos, principalmente, por sus colaboraciones con Mike Leigh y Joe Wright. Aunque el trabajo en Expiación, Deseo y Pecado (2007) es brutal (llevando a la pantalla ese bochorno erótico de la canícula), en Anna Karenina demostró su potencial en proyectos a gran escala. El vestuario estuvo al servicio del diseño de Sarah Greenwood y el experimento fashionista del director, inspirado en la moda de los años 50 y no en la estética zarista del siglo XIX. Con paredes volando y calles montadas en interiores, la producción pasó de ser “realista” a un atemporal híbrido de farsa sobreactuada. El vestuario desafía la paciencia del espectador, cruzando épocas y violando la memoria histórica: por ejemplo, el vestido rojo del hombro caído tiene debajo un corpiño estampado de los 50, ocasionando un shock visual mayor que el provocado por los converse de María Antonieta (Sofia Coppola, 2006)

Sin compromisos históricos, Durran se enfrentó al reto de hacer verosímil y glamuroso aquel despropósito narrativo. Alejándose de los convencionalismos, el famoso atuendo negro del baile es una reinterpretación de Balenciaga y Dior (tan determinantes en el oficio); también, incorporó un efecto de “desaliño” en el escote, para hacer lucir las joyas  prestadas por la firma Chanel. El filme representa a la frivolidad fílmica en su máxima expresión y (a pesar de todo) funciona a la perfección. Joe Wright jugó con fuego y salió bien librado… hasta su descalabre llamado Pan (2015), una insoportable muestra de irresponsable naif, en el que también colaboró Durran.

9. El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)

Vestuario: Milena Canonero

Las paletas de colores pasteles son parte fundamental en el universo hipster construido por los jóvenes herederos de la dinastía Coppola, mas Milena Canonero es piedra fundamental en la conformación de dicho estilo. Con una filmografía gruesa, que incluye a los grandes clásicos de Kubrick, la tercera incursión de la diseñadora en el universo Wes Anderson supuso la participación de grandes firmas: el abrigo de cuero de Joplin, basado en los mensajeros del ejército, fue manufacturado por Prada (más el diseño de las maletas de utilería) y Fendi aportó la gabardina de piel gris de Edward Norton (como también todos los detalles de piel en el hotel). Sobre eso, menciona Canonero en una entrevista: “hoy en día, las películas necesitan el generoso aporte de las grandes firmas de la moda para ayudarnos con nuestros presupuestos de vestuario”, lo cual es una muestra de la cercana relación colaborativa entre la industria de la moda y el cine.

El sello de Canonero es reconocible  debido al cercano trabajo que siempre establece con los cinematógrafos y diseñadores de producción, logrando dramáticas notas cromáticas en las composiciones visuales. A diferencia de sus trabajos anteriores, la artista se atrevió a jugar con los altos contrastes de las locaciones. Las principales influencias fueron las obras de Gustav Klimt y las fotografías de August Sander, para recrear el periodo entreguerras de la ficticia República de Zubrowka de Europa Oriental. El elemento distintivo es el hermoso diseño de los trajes púrpuras y malva del staff; sin embargo, encontrar al proveedor de tela no fue fácil. Al final, descubrieron una compañía alemana que tiñó el material para confeccionar los uniformes. Como dato curioso, los anillos en los puños de Dafoe fueron diseñados por Waris Ahluwalia, actor y joyero recurrente en las películas de Wes Anderson.

8. La reina Margot (Patrice Chéreau, 1994)

Vestuario: Moidele Bickel

La masacre de San Bartolomé de Chéreau es al cine francés lo que el desembarco de Normandía de Spielberg para Hollywood y gran parte de su brutalidad estética se debe a la labor de Moidele Bickel, quien agregó grandes dosis de sangre y sensualidad a la libre reinterpretación histórica. Lo más polémico del vestuario es la cínica inexactitud temporal. La diseñadora decidió basarse en el arte barroco y no en el renacimiento francés; por tal motivo, la influencia de las pinturas de Zurbarán, Gericault y Georges de la Tour tuvieron una influencia muy marcada en la elección de la paleta de colores y el uso de sedas sólidas y estampados de “damasco” sin demasiados adornos. ¿La razón? Contribuir a la atmósfera oscura del filme y relajar los sobrecargados atuendos, en beneficio de la actuación. Bickel menciona que la ropa elegante significaría que “no podría ver al actor, y lo que más interesa es el trabajo del intérprete”.

Con bajo presupuesto, las soluciones del equipo creativo en el diseño de más de 800 piezas de vestuario fueron ingeniosas. Como se menciona en una entrevista para Los Ángeles Times, las túnicas de los jerarcas religiosos están diseñadas a partir de “telas baratas” (algodón satinado y lino) impresas con diseños exuberantes” y las coronas fueron sustituidas por tiaras de pedrería cableada. Carente de la investigación rigurosa de Hollywood, los modelos de Bickel cumplen su misión con el espectador, al convertir un simple hecho histórico en una opulenta experiencia que raya en la fantasía.

7. The Grandmaster (Wong Kar-Wai, 2013)

Vestuario: William Chang y Lui Fung-San

Muchos diseñadores de vestuario consideran que el negro es la peor elección de color, debido a la dificultad para capturar las diferentes texturas; arriesgarse se traduce en trabajo extra para el cinematógrafo. En el cine de Wong Kar-Wai, el vestuarista y editor son la misma persona: William Chang, quien se destaca en The Grandmaster por hacer del guardarropa (conformado por piezas oscuras) una extensión coreográfíca más. A pesar del dilema del “negro en pantalla”, la cámara captura la diversidad de telas y tejidos. Menciona el vestuarista: “estaba buscando muchos tonos diferentes de negro para distinguir no sólo las estaciones sino también el estado de ánimo en cada escena”.

La tarea de Chang, también encargado del diseño de producción, fue unificar los sets y vestuarios en beneficio de la atmósfera, cumpliendo con el objetivo principal: recrear la religiosidad y solemnidad en las artes marciales. A diferencia de sus películas anteriores, el vestuario contiene información importante sobre el trasfondo y las emociones en la trama: lutos, personalidades, jerarquías y demás elementos complejos que conforman al filme. La confección artesanal de los vestuarios requirió casi dos años, de los cuatro de realización. Para calibrar la magnitud, se produjeron cerca de 120 vestidos cheongsam de alta costura y entre 7 a 10 piezas de cada outfit de pelea (entre los que destacan los invernales, acolchados y forrados con pieles a mano). En la propuesta artística de Chang hay “patriotismo” y respeto a la imagen de IP Man, en un intento por borrar el distorsionado estereotipo del cine comercial.

6. El hilo fantasma (Paul Thomas Anderson, 2017)

Vestuario: Mark Bridges

El trabajo de Mark Bridges es un elemento que merece un análisis a detalle, en especial el guardarropa y la colección creada para este filme. El gran reto era replicar el oficio de un diseñador de moda (no cualquiera, uno de alta costura) y hacerlo verosímil. El marco contextual planteado por el realizador eran los dorados años 50 de la moda británica, con el drapeado de seda y el encaje como marcas distintivas. La base referencial fue Hardy Amies, pero la película también exuda guiños a Charles James, Balenciaga, Dior y toda una generación de diseñadores que construyeron el concepto de elegancia femenina. A diferencia de otros filmes acerca de la industria –Coco antes de Chanel (Anne Fontaine, 2009) o Saint Laurent (Bertrand Bonello, 2014)–, la ropa en pantalla es verosímil y no sólo la simple reproducción de una época con disfraces.

Para satisfacer la exigencia actoral de Day-Lewis, se coordinó la incorporación de elementos artesanales reales, como los trajes confeccionados en Savile Row y zapatos de Cleverley. En conjunto, el trabajo de Bridges favorece la cinematografía; cada elección de tela responde a la intención de mezclar los “tonos joya” de la realeza británica (amatista, esmeralda y aguamarina) y simular la atmósfera de decadencia. Según Bridges, se llegó a contar con hasta seis personas trabajando en tren sobre un mismo vestido y (como dato extra) parte de ese grupo de costureras forman parte del equipo creativo de Reynolds Woodcock en la ficción.  

5. Pandillas de Nueva York (Martin Scorsese, 2002)

Vestuario: Sandy Powell

A veces infravalorado, el universo de Pandillas de Nueva York ofrece una de las miradas más salvajes del pasado estadounidense. La participación de Sandy Powell (junto a La Favorita, su mejor logro) le dio aire fresco a algo que pudo ser monótono y sombrío. Obviamente, el elemento estrella es Bill el Carnicero (Daniel Day Lewis), vestido (contradictoriamente) con divertidos patrones en chalecos, levitas y pantalones (según la vestuarista, un Keith Richards del siglo XIX). El ecléctico estilo de Powell pone especial esmero en los atuendos masculinos: por ejemplo, el oscarizado guardarropa de Fiennes en Shakespeare apasionado (John Madden, 1998) era un extraño cruce entre David Bowie y Laurence Olivier. Esa razón atrajo a Scorsese para iniciar la relación laboral de casi dos décadas.

El vestuario de Pandillas de Nueva York se caracteriza por la libre creatividad. Según Powell, la indicación del cineasta para Day-Lewis era referenciar la pulcra apariencia dandy de los años 30. La diseñadora alargó la apariencia del actor con sombreros de copa y zapatos más largos que el resto del reparto, conformando una siniestra silueta esbelta y alta. En el caso de Cameron Diaz, su atuendo es una deconstrucción de las colecciones del diseñador japonés Yohji Yamamoto y el toque bohemio de Leonardo DiCaprio salió de las fotos de Josef Koudelka durante la Primavera de Praga. Por todo eso, la llegada de Powell a la filmografía del neoyorkino significó una evolución de su masculino cine hacia la poética revisión histórica con un halo de fantasía.

4. El gatopardo (Luchino Visconti, 1963)

Vestuario: Piero Tosi

Es difícil determinar cuáles son los mejores diseños de Piero Tosi (leyenda recién fallecida); sin embargo, la tremenda recreación siciliana de los años de Garibaldi es la indiscutible vencedora en términos de majestuosidad. El diseñador sacó adelante el encargo, a pesar de la reducción de presupuesto a medio rodaje, debido a la bancarrota del productor Goffredo Lombardo. En Senso (1954) ya había establecido una pauta sobre su talento, al diseñar todo un guardarropa que convertía en explícito el viaje emocional de Alida Valli, desde el enamoramiento hasta la locura. En El gatopardo, la misión era reflejar en el vestuario el desfase generacional del personaje de Burt Lancaster frente a la juventud que le rodea. Como punto máximo del filme, se destaca el vestido de organza blanca (y una docena de capas de tul) de Claudia Cardinale, irrumpiendo sensualmente el coro de personajes conservadores y coronando uno de los momentos claves en la filmografía del realizador italiano.

Aunque Visconti es conocido por el rigor en sus producciones, muchos textos señalan al diseñador como el verdadero responsable del paranoico realismo viscontiano. Tosi llegó a confeccionar (entre otros detalles) pañuelos y ropa interior mediante métodos tradicionales, sólo para hacer más creíble la experiencia de los actores. Como anécdota, The New York Times señala que, para la batalla de Palermo, las camisas del ejército de Garibaldi tuvieron un largo proceso de envejecimiento que consistía en bañarlas de té, decolorarlas al sol y enterrarlas por varios días.

3. Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood, 1939)

Vestuario: Walter Plunkett

En alguna entrevista, Walter Plunkett llegó a afirmar que sus producciones favoritas eran las históricas, porque los directores ignoraban el tema y poco podían discutir sobre sus elecciones estilísticas. A pesar del talento, Plunketten no fue oscarizado hasta 1952; la principal razón fue que el éxito de Lo que el viento se llevó ocasionó que ningún estudio lo contratara, por considerarlo un diseñador especializado en “grandes producciones”. Llegó al proyecto de David O. Selznick gracias a su amiga Katharine Hepburn, quien audicionaba para el filme de MGM. A pesar de ser contratado sin exclusividad (implicando un bajo salario), Plunketten comenzó la investigación y el armado de más de 500 prendas, mientras trabajaba en otras filmaciones (como Las aventuras de Huckleberry Flynn).

La labor de Plunketten se distingue por la construcción de Scarlett O’hara mediante el vestuario. Un año antes, Warner había estrenado Jezebel (William Wyler, 1938), otro drama sureño donde sólo un vestido “rojo” era el mayor distintivo de la personalidad rebelde de la protagonista. Los icónicos vestidos de Lo que el viento se llevó demostraron que el potencial de la moda en el cine no era la ostentosidad, sino la construcción razonada del personaje mediante prendas y accesorios específicos.

Vestuario: James Acheson

2. Las amistades peligrosas (Stephen Frears, 1988)

Por diferencia de un año, Milos Forman y Stephen Frears estrenaron adaptaciones de Choderlos de Laclos, pero el segundo sepultó al primero tras un impacto apabullante de su versión. ¿La razón? Dejando de lado las tremendas actuaciones, James Acheson (quien venía de triunfar con El último emperador de Bertolucci) realizó una sexy y pastelosa reinvención de la nobleza francesa, con sólo la mitad del presupuesto de Valmont (1989). Incluso, Madonna aprovechó el boom para reutilizar el vestido de Michelle Pfeiffer en su presentación de los MTV Awards de 1990, exaltando la belleza andrógina del filme de Frears. Para armar el vestuario se montó un taller en Londres, donde el diseñador trabajó con telas antiguas (la mayoría victorianas, ante la escases de tejidos del siglo XVIII), con el fin de lograr la textura de las pinturas clásicas que conformaban el muestrario de referencia (armado en sólo tres semanas y media de investigación).

Ante la premura por llegar a la temporada de premios del 88, la mayoría de las prendas fueron tejidas y armadas a la par de la filmación. Según Acheson, el equipo de costureros armaba los vestuarios en la noche y madrugada para, a la mañana siguiente, ser ajustados a los actores en pleno set de filmación. Tal trabajo titánico es aún reconocible tres décadas después, pues la intensidad dramática de Las amistades peligrosas se debe en gran medida al trabajo de Acheson y sus colaboradores. Como ejemplo están los magníficos créditos, donde vemos a Glenn Close y John Malkovich ser ataviados de pies a cabeza por sus sirvientes, una escena que no veríamos con tal precisión hasta la María Antonieta (2006) de Coppola.

1. Doctor Zhivago (David Lean, 1965)

Vestuario: Phyllis Dalton

David Lean es el indiscutible maestro de lo épico, pero ninguna de sus películas se destaca tanto como Doctor Zhivago, donde el vestuario de Phyllis Dalton brilla con luz propia. Difícil tarea fue recrear las diferentes capas sociales y periodos de tiempo que conforman esta adaptación. No obstante, el principal reto de Dalton no fue recrear la fastuosidad de la Rusia zarista y el inicio del Estado soviético, sino lograr el realismo exigido por el director (quien, también, mandó a confeccionar ropa interior de la época para los actores). Según el tributo de los BAFTA de 2012, el trabajo de Dalton para este filme tuvo repercusiones tangibles en la moda, como el uso de cuellos de tortuga, los forros de pelo, el oversize femenino y los manguitos de piel, pues la estilización rusa de Dalton convirtió en rentable hasta la austeridad en Varykino. La misma artista afirma que el mayor reto consistió en lograr la autenticidad de los uniformes militares y vestimentas del pueblo llano (de dos periodos diferentes), porque un vestido burgués es fácil de conseguir.

Similar al caso de Vivien Leigh, Doctor Zhivago proyectó la carrera de Julie Christie como it girl en el star system de los 60s, como consecuencia del trabajo artesanal en el guardarropa de Lara; dicho vestuario iba desde la decadencia zarista (con ese icónico vestido rojo con gargantilla negra), hasta una reinterpretación sofisticada del uniformado comunista. La influencia de Dalton en la industria es significativa, ya que dio un revés atractivo al cine de época en varias ocasiones: con Lawrence de Arabia (1962) –ocasionando un furor occidental por la moda árabe–, el Medievo ochentero de La princesa prometida (Rob Reiner, 1987) y las revisiones shakesperianas de Kenneth Branagh, principalmente, gracias a la depuración de los vestidos femeninos y el ajuste en la silueta masculina de Tanto para nada (1993).

¡Compártenos tu TOP de mejores vestuarios de época en la historia del cine!

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