Sólo nos queda bailar: danza, amor y otras bellezas

 Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Merab (Levan Gelbakhiani) es bailarín de danza tradicional y compite por un lugar en la Compañía Principal, algo que lo ayudaría a mejorar la precaria situación económica de su familia. Al mismo tiempo, conoce a Irakli (Bachi Valishvili), el nuevo corista sustituto y rival talentoso en la academia. No obstante, la envidia se irá convirtiendo en un amor secreto, mal visto por la conservadora sociedad georgiana.

En comparación con otras disciplinas artísticas, la sexualidad tiene mayor presencia en la danza, ya sea por la expresión corporal o el contacto físico. Debido a eso, los roles ejecutados por los bailarines han cambiado a lo largo de la historia, de acuerdo con la idiosincrasia dominante del momento. Sólo nos queda bailar (2019) explora ese y otros temas relacionados con la experiencia del joven artista desafiando a los estándares de masculinidad en el baile. La película arranca con el protagonista siendo reprendido por su profesor, quien le exige “ser duro como un clavo”, ya que sus movimientos son “suaves” y “femeninos”.

Como se menciona en el filme, los bailes tradicionales se vieron transformados por la influencia soviética. Originalmente, las rutinas de los kintouri y los adjarianos eran más suaves, pero fueron asexuados durante los últimos 50 años. La danza masculinizada es sólo un síntoma de la desfasada intolerancia en Georgia (y otros países vecinos), sociedades negadas a evolucionar con el resto del mundo. La referencia histórica que inspiró al director fue el ataque contra manifestantes LGBT en Tbilisi (donde se ambienta el drama), perpetrado por jerarcas religiosos en 2013. A partir de ese contexto, Levan Akin construye un soberbio drama de autodescubrimiento sentimental y artístico.

Sin dar spoilers, el final abofetea en la cara a los grupos conservadores de Georgia. Interpretando una bellísima coreografía, Merab representa a un poeta quebrantando las normas, sin importarle perder su puesto en la compañía. Sin embargo, el bailarín no está solo en su protesta: el director agrega el detalle de los músicos, quienes siguen tocando en contra de la voluntad de otros. La colaboración de Lisabi Fridell (directora de fotografía) es vibrante, haciendo lucir cada paso y gesto como sublimes expresiones de resistencia (talento demostrado, anteriormente, en Something Must Break).

La misma segregación en la danza la vimos el año pasado en Girl (Lukas Dhont, 2018) y en ambas propuestas se remarca la presencia de discriminación en sectores donde la creíamos extinta. Como lo hacía Lukas Dhont, Levan Akin opta por la perspectiva optimista, a pesar de la gravedad del conflicto. Con arriesgado giro de tuerca narrativo, un integrante de la tradicional familia de Merab le demuestra su apoyo al enterarse de su homosexualidad, regalándonos una conmovedora escena de reconciliación. Estas narrativas libres de tremendismos y violencia gráfica (sin un protagonista gay golpeado o muerto) dan carpetazo a la controversia y se enfocan en la trama como un filme romántico más, algo liberador y edificante para las siguientes generaciones.

En diálogos se menciona la historia de “Zaza” (otro bailarín golpeado por ser gay y recluido en un monasterio) como contexto de la homofobia represiva latente (clara alusión a Chechenia y la criminalización de la homosexualidad). La producción también enfrentó riesgos: en los créditos, el coreógrafo folclórico figura como “anónimo” (según el director, por el peligro de perder su trabajo) y en las locaciones se contó con personal de seguridad, debido a las amenazas de muerte recibidas. Lo anterior sólo es muestra del odio generalizado y las posibles repercusiones positivas del éxito de la película.

En Sólo nos queda bailar, no sólo se aborda la relación amorosa entre los protagonistas, Mereb también descubre las posibilidades de una vida fuera del clóset (quizás, en el extranjero). El “chico del autobús” es tan relevante como Irakli, ya que lo introduce al “ambiente” nocturno, suceso determinante en su posterior revelación contra el sistema. La película tiene metáforas visuales hermosas para representar esas ideas: casi en el desenlace, vemos al protagonista salir de la boda de su hermano en un magnífico plano secuencia, simulando la expulsión de Merab de la familia tradicional (imágenes muy sutiles en un montaje aparentemente convencional).

Para concluir, la mirada sobre el amor y el desamor está a la altura de otros clásicos tempranos como La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013), Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017) o Retrato de una dama en llamas (Céline Sciamma, 2019), intensos melodramas en los que el primer amor trastoca todos los rincones del ser. La química entre los actores noveles (Gelbakhiani y Valishvili) es perfecta, recreando de forma verosímil la masculinidad impostada para ocultar sus verdaderas personalidades. En resumen, Levan Akin realiza un trabajo conmovedor y emotivo como pocos; título imprescindible para entender que (en demasiados lugares del mundo) la lucha por los derechos LGBT aún no ha terminado. 

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