Las 10 mejores películas musicales

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

La música es uno de los pilares del cine contemporáneo, básicamente, porque es el hilo emotivo de una trama; las melodías y canciones pueden dar el empujón final al espectador para reaccionar a una escena. Por tal motivo, los musicales tienen ese complicado lugar entre los géneros: exceder la dosis de estímulos puede ocasionar una desconexión con el espectador. Producir una película de este tipo es jugar con una bestia inestable; no obstante, existen directores que han logrado domarla (a quienes enlistamos a continuación).

En el siguiente conteo descartamos los clásicos previos a 1960 (por antigüedad se merecen un respeto) y filmes con música –biopics y largometrajes como Sing Street o Cabaret (donde las canciones son justificadas en historias verosímiles). En otras palabras, sólo están incluidos títulos en los que se rompe el simulacro de “realismo”.

  1. Jesucristo Superestrella (Norman Jewison, 1973)

Filme de apariencia minimalista. Famoso y polémico por su temática (con sólo mencionar a Dios ya tienes a hordas de enfurecidos católicos haciendo publicidad gratuita). Mientras otras películas se quedaron en su tiempo, Jesucristo Superestrella no ha perdido vigencia y su estilo hippie aún es atractivo.

La ópera rock no es tan provocativa como en los 70 (en iglesias se cantan algunas letras durante las liturgias), pero su paupérrima ambientación en medio del desierto israelí la hace exótica y disruptiva.

  1. 8 Mujeres (François Ozon, 2002)

Aunque Pedro Almodóvar ha montado varios números musicales memorables, fue su homólogo francés quien logró hacer uno de los mejores musicales en la historia del cine. Con un soundtrack lleno de baladas francesas clásicas y un insuperable ensamble lleno de estrellas nacionales (Huppert, Deneuve, Ardant, Béart), 8 mujeres es una abigarrada trama con misterio, sensualidad lésbica y un diseño de producción festivo. Uno de los éxitos más notables en la carrera de Ozon.  

  1. Hedwig and the Angry Inch (John Cameron Mitchell, 2001)

Si bien su filmografía es bastante regular, el prestigio de John Cameron Mitchell como director se respalda por esta tremenda ópera prima (un referente máximo en la cultura queer). La personalidad de la protagonista se va construyendo a partir de las canciones, tracks que sacaron lo mejor del rock alternativo noventero.

La adaptación permitió al realizador jugar con diferentes estilos (incluida la animación), creando un embriagador universo etéreo que mezcla lo agresivo del underground con la melancólica historia de Hedwig.

  1. La La Land (Damien Chazelle, 2016)

El falso plano secuencia de Another Day of Sun es una de las mejores introducciones desde Chicago (Rob Marshall, 2002). La fuerza de esta película se encuentra en los intereses de Damien Chazelle, quien desde Whiplash (2014) ha demostrado talento para conjugar montaje visual con melodía.

Aunque La La Land vive gracias a las múltiples referencias a clásicos (prácticamente es una adaptación del número 2 de esta lista), la mirada sombría de la edad dorada de Hollywood cumple con la cuota hipster que el millennial estándar exige. Ya han pasado más de tres años y el largometraje continúa como referente mainstream.

  1. Amor sin barreras (Jerome Robbins y Robert Wise, 1961)

Steven Spielberg está realizando un remake; así de importante es esta producción. La adaptación del musical de Broadway es una reinterpretación de Romeo y Julieta, con el cambio de las disputas familiares por las riñas entre estadounidenses de origen europeo contra dreamers puertorriqueños (vaya actualidad).

Las coreografías presentan el lado B del Nueva York latino, una bomba sonora en la cual el mambo y el jazz se mezclan para mostrar el contexto desangelado y hostil de los migrantes. El único “pero” es  la desabrida pareja formada por Natalie Wood y Richard Beymer, sin embargo, su romance se pierde en el mar festivo creado por Leonard Bernstein.

  1. All That Jazz (Bob Fosse, 1979)

Musicalmente, esta Palma de Oro ha envejecido demasiado; no obstante, su estructura narrativa sobrevive. La película es convencional hasta el último acto, donde el protagonista comienza a agonizar y se desata un festín lírico en la mente del bailarín moribundo. De forma muy práctica, Fosse separó la fantasía musical de la “realidad”, como si se trataran de dos tramas paralelas –fórmula que Rob Marshall empleó en su oscarizada Chicago (2001) y Nine (2009)–. 

Quizás no goza de la popularidad de Cabaret (1972), pero la autoficción (Joe Gideon es alter ego del director)  tiene una carga poética con ecos de la crisis masculina en 8 ½ (Federico Fellini, 1963) e introspectivos diálogos con la muerte (Jessica Lange).

  1. Bailando en la oscuridad (Lars von Trier, 2000)

Si viviera en 1999 y supiera que se aproxima un drama con música de Björk y dirigido por Lars von Trier (quien venía de dirigir la odiable Los Idiotas), sinceramente, me moriría de risa. Dejando de lado sus excentricidades (el supuesto uso de 100 cámaras simultáneas para filmar las coreografías), la película tiene ritmo ágil y trama espeluznante –de una crudeza superada hasta la llegada de los rumanos (Mungiu y contemporáneos)–. Las participaciones de Thom Yorke, Joel Grey (Cabaret) y Catherine Deneuve engalanan esta austera crítica contra la pena de muerte. 

  1. Moulin Rouge! (Baz Luhrmann, 2001)

La salvaje masacre de La Traviata debe su éxito a un alucinante montaje, al que sólo le faltan las luces destellantes de Gaspar Noé para ocasionar un ataque epiléptico al espectador. Los actores están en el mismo rango, entachados a tope para no darse cuenta del oso que estaban haciendo.

Este collage de referentes culturales (tuvieron la osadía de juntar Lady Marmalade y Smells Like Teen Spirit en el mismo mix) aturde con tanto pop y sin embargo es tan entrañable la maldita película. Mouline Rouge! nos dio la dosis de “plástico” y frivolidad que ningún musical nos ha vuelto a ofrecer.

  1. Los paraguas de Cherburgo (Jacques Demy, 1964)

Quizás no exista un musical tan radical como éste: ¡todo está musicalizado! (hasta un “pásame la sal” está entonado). A la distancia parece un poco viejo (como la mayor parte de la nouvelle vague), pero en sus días fue vanguardista.

Demy y Michel Legrand armaron una aberrante ópera baladística, colorida y pesimista al mismo tiempo. En una industria en la cual otra versión de Pigmalión (Mi bella dama, 1964) era la principal apuesta musical, este drama sobre sexo prematrimonial entre dos amantes separados por la Guerra de Argelia daba vida a un género en tendencia por los trabalenguas de Mary Poppins.

  1. El show de terror de Rocky (Jim Sharman, 1979)

Si vas a realizar un musical, es para desmadrar todos los convencionalismos que el cine “serio” no te permite y El Show de terror de Rocky lo logró con creces. El largometraje rebasó los límites del camp y se instaló en el mainstream gracias a su propuesta excéntrica –burlona con todos los tabús y represiones sexuales–.

El director sacrificó presupuesto a cambio de tener libertad creativa y de casting (incluyendo a gran parte del talento de la versión teatral, en lugar de estrellas hollywoodenses). A la distancia, el sexy juego entre cabaret y rock continúa siendo tan fresco como en su momento.

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