Los dos papas: flirteo entre maduritos en Roma

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

El cardenal Bergoglio (Jonathan Pryce) –“finalista” en el cónclave de 2005 y el futuro Papa Paco– viaja de Argentina a Roma para solicitar a Benedicto XVI (Anthony Hopkins) la aprobación de su retiro como clérigo. El papa se niega a firmar la petición, porque (spoiler) él también quiere abandonar ese barco en llamas que es la iglesia católica. Durante las siguientes horas, los papas intercambiarán opiniones sobre sus visiones del mundo y unas cuantas confesiones a medias.

Los dos papas (2019) es para la iglesia católica lo que Marie Antoinette (Sofia Coppola, 2006) para la monarquía: una película cool, con villanos del pasado reivindicados. Este es el regreso del director brasileño Fernando Meirelles a los Top 10 de la crítica, quien no alcanzaba una nota alta desde Blindness (2008) –largometraje regular, pero muy recordado por buena parte de los cinéfilos–. El nuevo título en el catálogo de Netflix viene inflado por el prestigio de Anthony McCarten, guionista de La teoría del todo (James Marsh, 2014) y Bohemian Rhapsody (¿?, 2018) –sí, ya se irán imaginando el tratamiento de los temas “delicados”–.

La película arranca con el hilarante cónclave de 2005, el cual anticipa una comedia cínica del corrupto mundillo de las faldas rojas y púrpuras –tomando en cuenta el desparpajo de Paolo Sorrentino en The Young Pope y los “trapos sucios” de un personaje como Ratzinger (con quien te puedes ensañar y nadie dirá nada)–. El inicio de Los dos papas tiene la rapidez de un video musical (de los buenos), pero de pronto se detiene al iniciar la reunión ficticia entre los papas (es ahí cuando comienzan los problemas).

Los encuentros de la película jamás ocurrieron y fueron construidos a partir de discursos y especulaciones; por tal razón, es cuestionable el incoherente resultado final. De acuerdo con Time, recientemente, el ex papa Beny culpó a las ideas liberales (que fomentaban la “cultura sexual permisiva”) como las responsables del abuso sexual dentro de la iglesia católica. Si este es el tipo de mensajes emitidos por Benedicto XVI, ¿qué discursos se tomaron en cuenta para filmar a estos dos religiosos bonachones?

Abundan las “huidas hacia adelante”, con abordajes de las polémicas “por encimita”. ¿En serio creen que los dos jerarcas más importantes se van a reunir para hablar de música, fútbol y las viejas formas cuando el Vatileaks está en su punto más álgido? No se omiten titulares, pero sí su tratamiento a profundidad (apenas se menciona a Paolo Gabriele y a Benedicto XVI se le ve de lo más tranquilo mientras el Vaticano arde). No obstante, esto no acaba aquí; la película se pone mucho más indulgente con estas “santidades”.

Durante las dos horas, ambos confiesan a la audiencia sus pecados: Bergoglio el silencio durante la dictadura argentina y Ratzinger el tema Marcial Maciel (auto-censurado con un pitido, como cuando los niños de Rugrats aprendieron groserías). Después de tremendas revelaciones, se esperaría una condena a los crímenes de estos seres despreciables, pero no, eso jamás sucede. En cambio, tenemos la mona escena final con los papas viendo el Argentina vs. Alemania (lo cual debería revolver las entrañas de cualquier persona, mínimamente, enterada de la culpabilidad de ese par). No hay ningún castigo simbólico –como la soledad de Frank Sheeran en El Irlandés (Martin Scorsese, 2019), por poner un ejemplo cercano–. Involuntariamente, remarcan la impunidad y se celebra el buen porvenir de los vejetes.

Las redenciones “poéticas” son un fastidio moralista en tramas políticas. En la década de La Reina (Stephen Frears, 2007) –con esa ridícula escena del ciervo–, el cine angloparlante encontró la forma de dar la vuelta argumental a tramas que involucran a personajes históricos controvertidos –con resultados tan patéticos como La dama de hierro (Phyllida Lloyd, 2012)–. En Los dos papas se dan más de cinco minutos para convencer al espectador de que el exilio de Bergoglio en Córdoba fue pena “suficiente” para expiar su cercanía con el régimen asesino. Con Ratzinger ni siquiera hacen el intento, simplemente pasan a otro tema –incluso, él da la moraleja final con su línea “un sacerdote no es Dios”–.

Al final, los protagonistas resultan ser “señores” con buenas intenciones en un mundo corrupto, ¿ustedes lo creen? En fin. A nivel cámara la película es muy vistosa. La primera media hora es de lo mejor del año y Meirelles hace entretenido el cónclave, un proceso político tan divertido como ver a una tortuga cruzar la avenida. El trabajo del brasileño es la principal razón por la que este título ha llamado la atención de la alta crítica –por sus pretensiones tan altas, como la recreación de la Capilla Sixtina (mediante tapizado y CGI)–.

El mundo de Bergoglio en Argentina parece otra película dentro del filme; da la oportunidad a Meirelles de trabajar un estilo más personal –que incluye escenas en blanco y negro e histéricas secuencias en barrios pobres–. Los dos papas hubiera sido un trabajo extraordinario, de no ser por el frívolo desarrollo argumental dado a temas tan complejos. Por hacer una película accesible y entretenida, eliminaron toda posibilidad de criticar a los papas reales. Si puedes separar los eventos históricos de la ficción, seguramente pasarás un buen rato con este nuevo producto de la casa Netflix.

NOTA: Para tener una mejor perspectiva de lo que sucedía mientras estos tipos veían su partido de futbol, te recomiendo: Por gracia de Dios (François Ozon, 2019), Spotlight (Tom McCarthy, 2015) y El Club (Pablo Larraín, 2015).

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