Judy: desabrido homenaje a una leyenda

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Sin dinero ni hogar, Judy Garland (Renée Zellweger) viaja a Inglaterra para trabajar y brindarles a sus hijos una vida estable. No obstante, la cantante no puede dar el 100% durante sus presentaciones en Londres. La lejanía de su familia, el alcoholismo y la depresión crónica ocasionan en Judy una crisis emocional que la llevará a la muerte sólo seis meses después. Judy es la adaptación del musical End of the Rainbow (estrenado en 2005) y una posibilidad para Zellweger de obtener su segundo Oscar.

Hubiera sido el evento del año, de no ser por la necesidad de la producción por cumplir con los convencionalismos del biopic y dejar “bien parada” a la imagen de la actriz. El largometraje está repleto de elementos invasivos, los cuales echan a perder la atmósfera melancólica (debido a los residuos bobalicones de  Broadway). El más grande de estos problemas son los innecesarios flashbacks a la infancia de Judy.

Dejando de lado el nulo parecido de la actriz Darci Shaw, los vistazos a la infancia son sólo una justificación moralista a la conducta extrema de la Judy adulta (el “la mula no era arisca” presente en la mayoría de los biopics). Las anécdotas tan conocidas por los cinéfilos sobran en la trama superior sobre los últimos días de Garland. En estos “recuerdos” se desperdicia la oportunidad de cuestionar al viejo star system; sí hay vistazos a la violencia psicológica ejercida por Louis B. Mayer (Richard Cordery), pero es de una forma tan mediocre que a ratos parece documental dramatizado de History Channel.

Judy es demasiado contemporánea y nunca se siente el 68 (fenómeno presente en otras producciones comerciales como Feud); además, se pasa de progre y tiene diálogos pro-LGBT metidos a calzador –aunque se agradece la mención–.Todos los temas “espinosos” son tocados por la superficie y con la trivialidad de una comedia romántica. Esta falta de sentido trágico, resultado del pésimo trabajo de adaptación, ocasiona que la película tenga apariencia cómica, pero con aspiraciones al drama lacrimógeno.

El tono del largometraje es inestable y la música de Gabriel Yared es ejemplo de eso. En momentos duros –la pelea con Deans o la despedida de sus hijos– una musiquilla empalagosa se mete a medio conflicto, haciendo bastante inverosímil el drama. Estos esfuerzos por esquivar el pesimismo (y hacer una producto más accesible) dan como resultado un filme frío y sin fuerza emotiva, similar a Mi semana con Marilyn (Simon Curtis, 2011), Walk the line (James Mangold, 2005) o tantos más.  

Sin embargo, no todo es vulgar en esta cinta. Judy Garland es un personaje bastante parodiable y Zellweger logra una versión entrañable de la actriz, tan bien matizada que sobrepasa al escueto guion. No sólo ella destaca, también varios secundarios: (la estrella emergente) Jessie Buckley y Andy Nyman, cuyos personajes permiten vislumbrar a Garland como diva y leyenda viviente.

Es meritorio el protagonismo de los números musicales; el vigor de Zellweger en el escenario se contagia, incluso si jamás has escuchado una canción de Garland. La producción se arriesga a dejar canciones completas, bajo peligro de aburrir a la audiencia (tomando en cuenta que no son un Live Aid). Con bajo presupuesto, hacen de las presentaciones en el Talk of the Town un tremendo espectáculo, con Zellweger como único recurso (en parte, gracias a la experiencia de Rupert Goold en el teatro).

La película no es aleccionadora ni nos presenta a un artista en el fango para regodearse en su miseria. En cambio, se recurre a la ficción para crear una imagen bonachona de Judy, sin llegar a distorsionar gravemente la historia (como sucedió con Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody). Las licencias tomadas –la imagen positiva de Mickey Deans, por ejemplo– libran a la trama de sensacionalismos de tabloide y dan mayor relevancia a la frustración y vacío emocional de Garland.

Judy es otro biopic del montón pero con una media hora final que hace valer la pena el visionado. Siendo tan conocida la agonía de la estrella, una película sobre los últimos días de Garland daba para una obra con intensidad narrativa más alta, tipo Last Days (Gus Van Sant, 2005) o Control (Anton Corbijn, 2007). No obstante, el filme funciona como entretenimiento y es una buena oportunidad para recordar a la artista devorada por un despiadado monstruo llamado Hollywood.  

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